Pablo afirmó con la cabeza. Yo me mordí el labio justo cuando Louie entraba en la cabina.
—Te diré algo que no hace mucho dije —dudé un poco—. Ha sido en la embajada de España en Seúl, además.
—¿Y? —me miró Pablo de soslayo.
—Hay diferencia entre estar enamorado y encaprichado —comencé—. ¿Cuántos rasgos de la otra persona estás dispuesto a aceptar?
—¿Qué tiene que ver eso conmigo? —no entendía por dónde iba.
—¿Incluyes si no se queda a tu lado, o como tú quieres?
—Ya sabes que sí —Pablo estaba seguro de su afirmación.
—¿Sabías que justo cuando decido seguir adelante con mi vida, el padre de Ivette decide sincerarse conmigo y admite que llevaba seis años amándome?
—Eso es precioso, Avery —es verdad, Louie acababa de llegar—. Pero estás en mi sitio, mona.
Me levanté del asiento y le dejé paso para que se sentara. Pablo se levantó y fuimos saliendo de la cabina, dejando a Louie solo.
—Pero tu caso no tiene nada que ver con el mío —me replicó.
—¿Tú crees? —me paré delante de él—. Yo he decidido aclarar las cosas, que haré en cuanto pueda y llegue a Madrid, y apostar por lo que siento ahora mismo —le puse la mano en el pecho—. ¿Quieres dejar las cosas como están y que te arrepientas de decirlo, como me ha pasado a mí, o prefieres decírselo aunque te duela?
—Ahora te entiendo, pero todavía no sé qué hacer.
José levantó la vista de su calculadora y preguntó:
—¿Hacer?
Le guiñé un ojo a Pablo. Su secreto estaba a salvo conmigo.
—Sí, ¿qué hacéis, os podemos ayudar? —sugerí.
Evan y José se miraron. Les resultó gracioso.
—¿Queréis al menos un café con leche? —preguntó Pablo.
¡Qué idea tan maravillosa, no lo hubiera dicho mejor!
—¡Yo me apunto a eso! —José levantó la mano, aún con el bolígrafo en ella.
—¡Yo quiero un cacao! —se adelantó Ivette.
Evan la miró, sonrió, y me miró a mí. Como si hubiese algo inmenso que nos une a los tres. Esa sensación era rara.
—¡A mí me apetece lo mismo que a Ivette! —solicitó Evan.
—Ok, ahora os los traigo —y fui a la cocina, con Pablo.
Di las indicaciones a Erika y, entre ella y yo, preparamos las tazas. Un logo curioso adornaba todas ellas. No había reparado en él: un avión rompiendo un diamante con un arco que rezaba “Vuelos Osborne”. Muy explícito.
Caí en la cuenta de que no había acudido sola. Me giré hacia Pablo, le miré cómplice, para que hablara con Erika.
¿Por qué me sentía como la madre de todos, arreglando sus asuntos amorosos?
Llevé la bandeja con esas tazas tan inquietantes a la zona principal, y les escuché una conversación:
—¡Pero recuerda que yo soy su fan número uno! —expresó Evan con diversión.
—¡Obviamente! —José le rió la gracia con demasiada vehemencia, y parecía una afirmación más sincera que bromista.
Me acordé del momento del regalo del bolsito con el nombre bordado y lo que comentó Evan para sí mismo en voz alta a continuación. Supuse que ya no se consideraba tan desconocido para Ivette.
—¿Tener fans es bueno? —Ivette estaba asomada por encima de sus dibujos—. Porque no sé si tengo más...
—A ver qué le decís a la niña —les advertí, con la frase y con mi presencia.
—Un fan es un abanico —Evan tirando del diccionario no me lo esperaba.
—¿Evan? —José se extrañó.
—A ver, piénsalo —intentó razonar su explicación—. Si un abanico lo convirtieras en una persona, sería algo parecido a un adorador.
—¿Algo que puede entender una niña de cinco años? —exigí.
—¡No, mamá, si lo entiendo! —Ivette dejó sus cosas en la mesita del asiento y se levantó.
Se puso de rodillas en el suelo, estiró los brazos y empezó a inclinarse hacia adelante. Imitó el gesto de un abanico. Alguna película que no recuerdo haberle enseñado.
—Algo así, sí que lo es —José se rindió ante la evidencia de Ivette.
—¿Ves? —Evan sonreía—. Pues un fan es alguien que adoraría de esta manera —extendió el brazo hacia la niña, señalándola—, como quien adoraría a un dios.
Ivette se sonrojó bajo su piel de canela tostada.
Me imaginé la escena: Ivette de pie y Evan Osborne adorándola como un creyente devoto. Y me acordé de una película animada del año 92, donde una princesa, para burlar a quienes la acusaban de ladrona, adoraba a un mono. Y el primate le seguía la corriente.
Lo vi demasiado similar a esa escena. Como si hubiese un paralelismo retorcido y cruel que no sabía ver.
Evan me miró con curiosidad y preguntó:
—¿Te basta con darnos esta ayuda?
¡Que me dejara perpleja era quedarse corta! Y solté algo que no pensaba en absoluto:
—It's none of my business!
La faz de Evan estaba entre dolida y expectante, contrariada también. Ivette aún no sabía inglés como para entender mi frase, pero vio nuestras caras, cogió su cacao y se fue a su asiento. Probablemente para entender, desde la observación, lo que pasaba entre nuestras mentes adultas que se comportaban como mentes adolescentes. Al menos la mía.
—¿Qué te pasa ahora, Avery? —me cuestionó José con ternura.
Fruncí los labios. ¿Cómo lo podía explicar sin exponerme?
—¿Me ayudas con la horquilla otra vez? —indiqué en clave, señalando la zona de cubículos.
José afirmó y me acompañó. Intenté explicar la escena que había venido a mi mente. Y tras reír en silencio, José preguntó:
—No sé qué paralelismo ves, pero al menos es gracioso. Esa película es un clásico de la animación.
—José, el cargo, ¡leche!
Empezó dudando. Debió de caer en mi idea y fue abriendo los ojos lentamente.
—¿Insinúas que tu pasado es el mismo?
—A ver, no insinúo nada —parecía una locura—. Pero un paralelismo retorcido sí que hay. Mi vida parece cada vez más sacada de una novela.