José debió de creer que era gracioso, y enlazó una carcajada con otra.
—¿No te las estás dando muy de protagonista?
—¡Coño, José, no te rías! —llamé a la calma con las manos—. Que mi amiga Lola está empeñada en comparar la vida con cualquier telenovela.
—Ah, ya sé de quién hablas. Creo que sería mejor que le empezaras a hacer más caso a su mujer que a ella.
—Para ti es fácil decirlo, parece que vivas por y para la empresa de Evan —sonó como un golpe bajo, pero no era mi intención.
—Teniendo en cuenta que me sacó de un pozo muy hondo, es lo menos que le debo.
—Yo pensé que erais amigos desde niños —expuse.
—Sí, pero mi historia es más compleja que eso.
—Puedes contármelo si quieres —me senté en la cama y palmeé el sitio de al lado, invitándole.
—Siempre fui amigo de Evan, pero en la época del instituto, él se fue con sus padres a vivir con sus abuelos maternos.
—¿A Francia?
—No, a Estados Unidos —me miró con el gesto de querer seguir con su historia y prosiguió—. Y yo, en Madrid, me junté con malas compañías. Acoso, vandalismo, drogas...
Me puse la mano en la boca. No cuadraba lo que decía con el José que tenía delante.
—Y entre eso y que me sentía fuera de lugar cuando intentaban emparejarme con alguna amiga de alguna de sus novias, pues yo me hundía cada vez más.
—Debe de ser duro... —yo no sabía qué decir.
—Y para los años de universidad, en los que yo era aún un “cabra loca”, Evan vino y me buscó. Él empezó a estudiar empresariales en la universidad y antes de acabar el tercer año de carrera ya tenía su propia empresa —sonrió como pudo—. Yo, por mi parte, también estudié lo mismo, pero en un grado inferior, porque había perdido varios años por el camino. Y aquí estoy: soy el secretario de mi mejor amigo.
Le abracé sinceramente, desde el corazón. Y su respuesta fue corresponder al abrazo y suspirar.
—Me congratula que Evan te tenga a su lado —comentó con vehemencia.
—Qué expresión tan viejuna, José —reí.
Salimos a la sala. Evan le estaba dibujando alguna cosilla a Ivette en sus papeles.
—¿Qué os habéis contado? —husmeó Evan.
—Solo me habló de vuestra amistad, de sus raíces —respondí.
—Algún día tendré que preguntarle a Cassy, Izzy y Lola —tiró Evan.
Me encogí de hombros y repliqué:
—No tengo nada que ocultar.
—¿Seguro? —sacó su mirada pícara de nuevo a pasear.
No sé si se refería al nombre del padre de Ivette, pero ese dato él ya lo sabía.
—¿Entonces por qué me da la sensación de que cuanto más sé de ti, más quiero saber?
—Pues yo creía que era pragmática, aunque contigo soy como un libro abierto —sinceridad ante todo.
Todos sonrieron. Lo que quedó de tarde sobrevolando la zona entre India y Pakistán, para cenar un filete de merluza rebozada como niños pequeños.
La noche cayó antes que nosotros. Pablo se pasó toda la tarde con Erika en la cocina, después recorrió todo el avión hasta la cabina, y le hizo el relevo a Louie.
Observé en José algo en lo que no había caído hasta ahora: la manera en la que cuidaba y se dejaba cuidar por Louie. Ivette lo había detectado antes que nadie.
Me acerqué a José y le sugerí al oído que pasara más tiempo con Louie. Se sonrojó levemente y alegó que solo eran compañeros. Si no podía presionar por ese lado, iría al otro. Me acerqué al piloto y le sugerí lo mismo. Louie contestó con una risa nerviosa que contaba más que callaba.
Acosté a Ivette. Erika pasó de la cocina a los cubículos casi sin saludar ni un mísero buenas noches. Y José y Louie también se fueron a acostar. Cada uno a su cubículo, pero hablando a través de las cortinas. ¿De qué me sonaba a mí eso?
En la zona de la sala, nos quedamos solos, Evan y yo.
—Es raro... —comencé a entonar.
—¿El qué? —Evan se incorporó.
—Que en seis años hayáis establecido una familia tan rica y plena como cualquier otra, sin tener en realidad ningún vínculo de sangre.
—Yo pensé que era Erika la prejuiciosa... —Evan sonreía cómplice.
—No me refiero a eso y lo sabes —me acerqué a él y le acaricié el hombro.
Me abrazó la cintura y su calidez me otorgaba una paz que no creí necesitar. Mi cuerpo reaccionó con un beso en su cabeza. Me salió solo, probablemente porque estábamos solos.
Le oí una leve carcajada. ¿Tenía cosquillas en el cuero cabelludo? Qué mono.
—¿Te he hecho cosquillas? —pregunté traviesa.
—¡No! —seguía conteniéndose la risa.
Le empecé a masajear la cabeza, y él seguía evitando que la risa escapara.
—¡Claro que no! —imité su tono de voz.
Él no se supo controlar y la risa de su voz no era de cosquillas, sino de complicidad.
—Ese gesto cariñoso de besar en el pelo me lo hacía mi madre cuando me notaba triste.
—Una madre hace esas cosas porque las nota —le recordé.
—Pero me faltó cuando más triste estaba, porque era su falta la que provocó mi tristeza.
—Lo siento —me disculpé—. Y que el día de su funeral tuvieras que conocer a quien luego te partió el corazón...
—¿Qué dices? —se apartó de mí, como si hubiese dicho algo que no era—. ¿Por qué dices eso?
—¿No es el día que conociste a esa Avery que no te corresponde?
Su cara mostró un laberinto de emociones que no supe encajar. Me soltó y se fue al cubículo que le correspondía, dejándome con una metafórica interrogación gigante sobre la cabeza.