Thrice

Capítulo 38: No soy Pepito Grillo, ya no

Me fui al cubículo donde me esperaba una Ivette plácidamente dormida, contrastando con mi mente en ebullición.

Le empecé a dar vueltas al hecho de que Evan se fuera así de estar conmigo. ¿Qué le había molestado? Pensé en lo que había dicho, tan solo me apiadé de él. Y tampoco es que me metiera con la otra Avery, ¿verdad?

Estábamos bien, hasta que la nombré. Odio cuando se contradice, lo odio de verdad. Odio que me altere, odio que sea autoritario con dulzura. ¿Y por qué le quiero también? Por lo mismo.

Me parece enternecedor que hable de su madre con esa languidez en la mirada. Y me vuelve loca ese punto canalla cuando quiere jugar a sonrojarme.

Cansada del dolor de cabeza que me estaba provocando a mí misma, decidí entrar en su cubículo. Evan ya estaba acostado, pero tenía su cartera en la mano.

—No te entiendo, de verdad. ¿Qué ha pasado para que te fueras así? —exigí sin mucha convicción.

Evan alzó las cejas y me invitó a sentarme al borde de su cama. Cuando lo hice, se incorporó.

—¿Te acuerdas de la foto de mis padres?

—Sí —sonreí con pocas ganas.

—Tengo esto, del día que enterré a mi madre —me enseñó un papel doblado, de colores, circular—. Es de la noche que conocí a Avery.

Me miró con intensidad, como si fuera a leer mis pupilas.

Miré el papel. Los dobleces estaban blancos por el paso del tiempo.

—Aun así, lo guardas como un recuerdo doloroso. No te entiendo, Evan, en esto no te entiendo.

—Y he añadido una pieza más de papel a mi colección particular.

Me mostró una hoja blanca, con líneas marrones difusas: el dibujo de Ivette con tinta invisible casera, pidiendo que me cuidara.

—No entiendo la relación —era lo único que salía de mi boca.

—Son parches que he ido cosiendo en mi corazón roto, Avery. Y no me puedo deshacer de ninguno de ellos.

—Pero un... ¿Folleto, posavasos? —lo miré, por un lado, por el otro, nada—. ¿Para qué?

—Para recordarme que cuando crees estar en la miseria más absoluta, alguien brillante como un diamante puede iluminar el pozo en el que sientes que estás, para que puedas salir.

Me sentí dolida. Mucho. Me dolía el corazón saber que esa otra Avery le había curado desde ese punto. A mí también me había dicho algo así, y en francés, además. Pero ese dolor que me oprimía el pecho no me lo había provocado nadie más que él. Y solo él.

Le mantenía la mirada, pero mis ojos se humedecían cada vez más y empezaba a ver borroso a Evan.

—¿Por qué lloras, Avery?

Y me di cuenta de que ya no decía Barnaby tras mi nombre. Eso añadió más confusión a lo que sentía.

—¿Por qué me llamas Avery ahora? —cada vez entendía menos al hombre que tenía frente a mí.

—Porque te quiero —se sorprendió a sí mismo de poder decir aquello—. Te quiero, Avery.

Me levanté de su cama, me saqué las lágrimas como pude.

—Eso ya se lo decías al posavasos, que para eso lo guardas.

Me fui a dormir. A acostarme, más bien, porque lloré toda la noche en silencio para no preocupar a Ivette.

Conseguí dormir por puro cansancio mental. Me levanté, desperté a Ivette. Habíamos aterrizado hacía horas. Reconocí el aeropuerto de Estambul, ya había estado dos veces antes. Debimos aterrizar como a las cinco y media de la madrugada del ya martes. ¿Por qué a las nueve aún seguíamos en tierra?

—¿Por qué tiene celos de sí misma? —oí decir a Evan en plena conversación.

—¡Ya me tenéis harto, todos! —José estaba echando humo por las orejas—. Estoy harto de ser vuestro paño de lágrimas, vuestra conciencia, ¡y de escucharos! —chascó la lengua—. Al menos ella me escucha, pero paso de vuestros líos de identidad.

No sé de quién hablaba, pero les llamé carraspeando para que pararan, porque traía a Ivette conmigo.

Callaron al momento. No querían que yo oyera su conversación. ¡Tarde! No la escuché entera, pero algo pesqué.

—Ivette, ¿te acuerdas de lo que hablamos en Guangzhou?

—Sí —me adelantó y se fue hacia Evan.

—Creo que haré uno solo con los dos, ¿qué te parece?

Ivette se hizo la interesante y forzó muchos gestos para aparentar pensar algo trascendental. Y acabó soltando:

—Muy grande.

José soltó una pedorreta de la risa, y Evan enseñaba los dientes en boca cuadrada, por compromiso. Ambos hombres se miraron y solamente con eso se dijeron todo.

Tenía una sensación de ser el eje de una broma pesada bastante grande. Y cuanto más tiempo pasaba, más grande se hacía la bola de nieve.

—Voy a ver qué hay de desayunar —anuncié secante, y me fui directa a la cocina.

Mientras yo caminaba con decisión, con Ivette tras de mí, les oí decir:

—¿Qué ha pasado anoche? —cuestionó José—. ¿La has cagado?

—¿Por qué iba a hacer algo semejante?

—Se ha levantado rara, como ofendida.

—¿Y por qué ha de ser por mí? —al parecer, Evan es más arrogante de lo que hace creer.

—Estabais hablando ayer a través de las cortinas, os oí —le noté dudar—. Bueno, os oímos.

—¿Qué, quién?

Y ya no pude escuchar más.

Erika estaba tras la encimera, como siempre. Subí a Ivette a uno de los taburetes altos y yo me senté en otro.

—¿Qué hay en el menú para desayunar? —pregunté.

—Cereales con fruta, señora —contestó.

—Erika, estás rara hoy —puntualizó Ivette.

—Es que, al parecer, tu madre quiere arreglar la vida de los demás y no es capaz de arreglar la suya.

Ivette se ofendió, como cada vez que después me quiso proteger. Pero Erika tenía razón.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.