Erika plantó con enfado el tazón de desayuno delante de mí. El de Ivette lo puso más tranquila.
Ivette lo notó y me agarró fuerte del brazo. Yo le di unos toquecitos a la niña en señal de que no pasaba nada.
Pero Erika no podía con el silencio incómodo y explotó:
—¿No te podías estar calladita?
—¿Es por Pablo? —intuí.
—¿Quién si no? —Erika frotaba un vaso con insistencia.
—Solo le aconsejé que se sincerara antes de arrepentirse —olé mi resumen.
—¿Arrepentirse?, ¿arrepentirse de qué? —esa pregunta parecía más un ataque.
Miré a Ivette.
—Supongo que de darse cuenta de que desperdició el tiempo al no ser sincero —me encogí de hombros. No podía hacerlo de otra manera sin hacer daño a Ivette, involuntariamente nombrando a su padre.
—¿Y yo, qué?
Es verdad, el consejo que le di a Pablo no era extensible a Erika. Pero la chica tenía razón: yo no soy quién para dar consejos.
—Si quieres, yo te escucho —se ofreció Ivette.
—¿Y tú, qué vas a saber? —le replicó Erika. Se nota que le gustan poco los niños.
—Yo he dicho escuchar —Ivette pestañeó, el truco de las Murphy.
—¿Sin consejos?
—¡Sin conejos!
Erika sonrió a Ivette, contestó “eso también” y le contó su historia a mi hija. Solo espero que tuviera el tacto suficiente para entender que se lo decía a una niña de cinco años.
Me fui al cubículo, me puse el uniforme y después fui a la cabina.
—Chicos —les llamé la atención al entrar—, ¿me podéis decir por qué todavía no hemos despegado de Estambul?
—Están cargando especias, un pedido especial del jefe —comentó Pablo sin decir nada.
Mi cerebro a veces es muy rápido y otras muy lento. Pregunté:
—¿Tamarindo?
—Y dátiles —informó Louie.
Me revolvió recuerdos de momentos con Evan y en los que Ivette había soltado alguna perlita. Pero no pensé que los recordara tan vívidos como para tenerlos en cuenta.
—¿Sabéis si queda mucho?
Se encogieron de hombros a la vez. Y yo no me atrevía a preguntarle directamente a Evan.
Entonces me acordé de Christopher. Le envié un mensaje:
Supongo que estarás ocupado y por eso no quieres hablar conmigo, pero he pensado que deberíamos hablar en persona lo antes posible. ¿Te parecería bien el viernes en el teatro Albéniz?
Me fui a sentar en mi puesto, me puse los auriculares y miré por la ventana esperando a que el bullicio que había afuera frenara un poco.
A pesar de la música chill out que tenía en mis oídos, escuché a Evan exclamar:
—¡Guau, qué pronto!
Yo puse atención sin querer.
—¿Tú crees que ya se habrá dado cuenta? —cuestionaba José.
—No debemos suponer nada hasta los resultados de la prueba —oí a Evan chasquear los dedos—. Pero de todas formas, creo que no sabe nada.
Cambié la playlist y me puse pop rítmico con el volumen alto. Estaba cansada de darle al coco.
Pronto noté que el bullicio externo se alejaba del avión. Íbamos a despegar. Me quité los auriculares y los guardé. Estaba dispuesta a ser la auxiliar de vuelo más profesional posible durante el tramo que nos quedaba hasta Madrid.
Senté a Ivette y le puse su cinturón de seguridad. Indiqué a todos los pasajeros que se sentaran en un asiento. Yo me senté en mi asiento de auxiliar de vuelo, y Erika se sentó cerca de mí porque era el asiento de pasajero más cercano a la cabina. Es ahí donde estaban sus personas más allegadas.
—Que Ivette me haya escuchado me ha ayudado a comprender lo que me pasa —intentó sincerarse Erika.
Yo levanté la vista. Su cara austera marcaba que intentaba sincerarse conmigo, como supuse que había hecho con Ivette en la cocina.
—No me lo digas si no quieres —yo ya no tenía ánimos de ayudar a nadie por voluntad propia. Con hacer mi trabajo me bastaba.
—Yo nunca vi a Pablo como un padre. Y pese a que me gustan las mujeres, estoy enamorada de él.
—¿Por qué me cuentas todo esto ahora? —pregunté de mala gana.
Me sentía cansada, sobre todo por lo que llevaba encima desde el viernes. Con la protección innecesaria de Evan, que conectara tan rápido con la niña... Visto desde la perspectiva en la que me hallaba, era perturbador. Y Erika lo comentó en Japón.
—Yo era feliz antes de saber lo de Pablo. Con mis chicas de una noche y sin pretender ser más que eso —relató Erika.
—Lo siento. Yo ni siquiera soy capaz de decirle al padre de Ivette que tiene una hija, y voy dando consejos sobre relaciones a los demás —me sinceré yo.
—Consejos vendo, que para mí no tengo —Erika mentando el refranero. Bravo.
—¿Sabes que admitió que llevaba enamorado de mí desde entonces? —sonreí de soslayo—. ¿Te lo puedes creer?
—¡Oh, claro, ya entiendo! —Erika se palmeó el muslo—. Por eso se decidió Pablo. Ahora todo tiene sentido en mi historia.
—Si te puede servir a ti... —le entregué una mirada sincera y miré por la ventanilla la pista desaparecer bajo el avión poco a poco.
—Me pareció oír desde mi cubículo que te extrañó que Evan sepa el nombre del padre de Ivette.
Levanté una ceja y la miré.
—¿Y?
—¿Se lo has dicho a alguien?
—No —repasé mentalmente a todos y no recordaba a ningún compañero al que se lo haya dicho—. A ninguno.
Erika frunció el ceño, miró su móvil, se asomó a la ventanilla de su asiento, de nuevo miró su móvil en la mano y, tras ese ritual silencioso de dudas, me dijo:
—Quizás la pista siguiente te la dé el móvil.