Miré mi móvil. Los mensajes de Christopher solo podía leerlos, principalmente porque ya estábamos en modo avión y me esperaban tres horas de incertidumbre hasta aterrizar en la parte privada de Barajas.
Quizás debería haberle pedido a Christopher que nos viniera a buscar a Ivette y a mí al aeropuerto. Sería un buen golpe de efecto. Pero al momento de pensar eso, me venía la cara de Evan a la mente. ¿Por qué?
Volví a perder la mirada por la ventanilla, dándole vueltas a la sugerencia de Erika: que la pista la podría tener en el móvil.
—¡Avery! —me llamaron los pilotos.
Aparecimos Erika y yo por la puerta de la cabina.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—¿Por qué acudís las dos a la vez? —se extrañó Louie.
—¡Perdón! —Erika se apartó.
—¿Y bien?
—Hay un problema con la bodega de carga, ¿te puedes encargar? —sugirió Pablo.
—¿Pero hay bodega de carga en un jet privado como este? —cuestioné.
—Fue diseñado para poder llevar reuniones multitudinarias en el aire. ¡Claro que tiene bodega de carga! —replicó Pablo.
—Vale, ¿y qué quieres que haga? —pregunté.
—¿Puedes ir a ver cuál es el problema?
—¡Ah, sí! —caí en la cuenta de que mi vida personal estaba afectando a mi trabajo—. Perdón, ya voy.
Me dispuse a ir a la bodega. Erika se ofreció a acompañarme, “cuatro ojos ven mejor que dos”, dijo, pero lo rechacé. Preferí que se quedara de mensajera entre yo y la cabina.
Ignoramos la zona de comedor y, antes de abrir la tapa del suelo, mi vista se había pasado por la zona de comedor para no ver a Evan sentado en su asiento. ¡Otra vez distrayéndome, caray!
Al llegar a la bodega de carga, me decepcioné un poquito. Pensé que sería como un salón, pero era como una habitación individual.
Detrás de un par de cajas bien sujetas de paquetes de dátiles y tamarindo, había una persona de espaldas manipulando dos cajas negras.
—¡Alto ahí! —no sabía qué hacer.
Esa persona se enderezó y una mano masculina y negra se quitó la capucha de fino punto azul marino.
—¿Avery, qué haces aquí?
¡La madre que le trajo!
—Mi trabajo, Evan. Evitar que el poco cargamento que lleves no se mueva de su sitio —abrí los ojos en señal de obviedad, zigzagueando levemente la cabeza.
Se giró hacia sus cajas negras, y debe ser que cayó en que estaban abiertas, antes del hecho de que estaban desatadas; porque se volteó y las cerró.
—¡Evan, que están sueltas! —le recriminé.
Tomó las cuerdas y gomas que sujetaban esas cajas y las amarró a los ganchos laterales como pudo.
—No sé si estará bien amarrado...
—Espero que Pablo diga que sí —me acerqué a la escalera y arriba vi la cara de Erika—. ¿Sigue el aviso?
Erika afirmó para mandar el recado y se fue de la puerta.
—No sabía que el avión tenía ese tipo de avisos —Evan se giró un momento para observar esas cajas negras—. No tenía ni idea.
—¿Te compras el Rolls-Royce de los jets privados y no sabes qué prestaciones tiene? —poner las manos en la cintura me salió solo—. ¡Pareces un nuevo rico, más que un empresario con experiencia!
—En tener un jet privado sí soy nuevo —se excusó—. La memoria me lo pedía.
—¿La memoria? —mi cara era un mapa—. Mira, ¿sabes qué te digo? No lo quiero saber, ahora no.
Erika apareció por la boquilla de la escalera y negó sin decir más.
—¿Aún no? —pregunté al aire, porque Erika se había vuelto a subir.
—Espera, que te ayudo —se ofreció Evan.
Volvimos los dos al pie de las dos cajas negras. Miré las indicaciones del panel. Parecían instrucciones para tontos, pero así no había nada que pensar. Con un botón para que se tensen las ligas y listo.
—No sé qué ibas a hacer con esas cajas —así colocadas, me acordé de haberlas visto antes—. Pero si puedes hacerlo sin descolgarlas —las subieron a bordo él y José—, mejor.
Evan aceptó con un leve movimiento de cabeza y yo subí las escaleras buscando a Erika.
—Ya está bien —me comentó Erika de camino, casi chocando conmigo.
—Hay un panel de instrucciones abajo, en la bodega —le informé.
Volvimos las dos a la cabina. Le informé a los pilotos de lo que había pasado y de que el jefe aún estaba allí.
—¡Este hombre es tonto! —exclamó Pablo—. ¿Le puedes decir al secretario que ate al jefe a su asiento? —le ordenó a Louie.
El copiloto obedeció y se fue. Parece ser que las cosas funcionan mejor en tono distendido.
Me acerqué a Ivette y le pregunté por lo que estaba haciendo, y en silencio me enseñó un dibujo de círculos que se cruzaban, hacían tangentes y cambiaban colores.
—Son burbujas, cada una de un color.
Evan apareció detrás de mí y me acarició la espalda. Me moví disconforme y apartó la mano.
—Ese método lo inventó un pediatra francés para los niños que tienen complejo de no saber dibujar —informó Evan al ver la hoja de Ivette—. Pero tú dibujas muy bien, Ivette.
—Es que no quiero dibujar —la dulzura de mi hija había desaparecido por completo.
Evan se quedó muy sorprendido y se fue en silencio a su asiento. José fue detrás e hizo lo mismo.
—Ivette, cariño, así no se habla a la gente —intenté ser comprensiva con la niña, pero es que yo tampoco estaba de humor.
—Solo quiero llegar a casa.
—Y yo, cariño, y yo —le di un besito en la frente y volví a mi lugar. Estábamos a punto de aterrizar.