En la zona de vuelos privados de Barajas es difícil acceder, casi solo los pases VIP tienen acceso; eso y los trabajadores, claro. Pero resulta que Tony era uno de esos VIPs por su trabajo y podía pasarse siempre que quisiera, así que mi madre podía venir a buscarnos si Ivette volaba conmigo, y este había sido el caso.
A Evan no le esperaría nadie, ¿cierto?
—¡Otelo mío! —una voz de terciopelo que ya conocía me llamó la atención: Macarena.
Qué insoportable es esa mujer, sobre todo cuando acude si no se le invitó. ¿Qué hacía en España pudiendo quedarse en la embajada que hay en Corea?
La vi acudir cariñosa al encuentro de Evan, que desviaba cualquier afecto como podía.
Cassidy vino a darme una palmada en el brazo a modo de saludo.
—Sis, me podías haber avisado de que traerías compañía.
—¿Perdón? —no entendía de qué me hablaba.
Me giré y vi cómo se acercaban a mí el resto de la tripulación.
—Tía Cassy, te los presento —entonó alegre Ivette—. La chica se llama Erika —la señaló—. El señor se llama Pablo, y él —mostró por último a Louie—. ¡Es Louie!
Cassidy se enfundó su versión protocolaria y, con cortesía, saludó a cada uno de la tripulación. Vislumbró por detrás de mí a Evan y, al volver a mirarme, me lo dijo; me lo volvió a llamar tras seis años de descanso:
—Ya veo que veryAvery ha vuelto...
La chisté:
—¡Ni se te ocurra decir nada!
Mi madre nos miraba y sonreía. Creo que lo echaba de menos.
—Tu jefe está bueno —la delicadeza en Cassidy era volátil.
Erika y Louie rieron. Pablo solo sonreía.
—Encantados de conocerles —y se fueron por donde vinieron.
—¡Cassy, caray! —le palmeé el brazo con fuerza—. ¡Eso no se dice, aunque lo pienses!
—¡Menos mal que sé que no es tu tipo! —Tony, tan escueto y auténtico como siempre.
—¿Evan está bueno? —rompió Ivette—. ¿Antes estaba malo?
Yo puse media sonrisa en mi cara. Ivette sabía desconcertar a la gente.
—¡Quiero presentarme! —Cassidy sorprendió con su ocurrencia.
—¿Qué? —miré a Tony, miré a mi madre y a mi hija—. ¡Ni se te ocurra!
—Tarde —informó Tony cuando Cassidy echó a andar.
—Cassy, vuelve, no dejes a Avy en un compromiso —la llamó nuestra madre en vano.
Tuve que ir detrás y presentarles yo. No quería que mi hermana me dejara en ridículo con alguna de sus ocurrencias.
—Evan, disculpa, te presento a Cassidy Barnaby Murphy, mi hermana —mis prisas me delataban, y se empeoró cuando vislumbré a Macarena acercarse—. Nos veremos en el próximo viaje.
Evan sonrió amablemente y su boca mutó en esa media sonrisa canalla que me encanta, y ante la que Cassidy exclamó:
—¡Esa sonrisa la he visto antes!
La sujeté y, con mis manos en su espalda, la empecé a empujar.
—¡No digas tonterías, a mi jefe no le conoces!
—¡Oh, venga ya, Avy! —Cassidy parecía una niña pequeña—. Eres otra, que hasta te dejaste de alisar el pelo, pero no puedo conocer al hombre que te cambió; eres cruel.
—Eso fue cosa de Ivette, Evan no tiene nada que ver —desmentí lo que yo sabía que era real.
—Jo... —lloró.
Llegamos de vuelta con su marido, Ivette y mamá, para que al final nos fuéramos a casa.
Tras terminar la tarde y con las visitas yéndose a sus casas, Ivette se acercó a mí antes de acostarse:
—Le has mentido a la tía Cassy. Te gusta Evan.
—Yo no he dicho que no me guste Evan, pillina —le hice cosquillas—. Solo he dicho que me he dejado el pelo rizado porque tú me lo has pedido.
—Ese día no fui yo sola quien te lo pidió, mamá. Evan también lo hizo —Ivette se cruzó de brazos y me miró muy seria.
Decidí darle la vuelta al tema:
—¿Acaso prefieres que me vuelva a alisar el pelo otra vez?
Ivette movió la cabeza, negando en rotundo.
Fuimos a dormir. Había sido un fin de semana largo, pero a pesar del tiempo, me pesaba más la intensidad.
Me había decidido, y después resignado con Christopher, para aclarar mi corazón hacia algo que creí que estaba naciendo con Evan… y me boicoteé yo misma.
¿Y si hablaba con alguna de mis confidentes? Quizás mi madre me podía poner un toque de raciocinio distinto al hiriente de Cassidy o al cabal de Isabel; desde luego, nada que ver con el de Lola, que se cree que la ficción tiene más cordura que muchas realidades.
Cerré los ojos un momento. Estaba cansada. Deseaba de verdad que todo esto hubiera sido un sueño.
Me levanté descansada. Era la habitación con otra decoración. Miré la mesilla de noche y vi mi bolso en ella. Lo cogí y busqué con necesidad en él. Saqué un círculo de papel estucado con un estampado que me resultaba conocido pero sin ubicarlo en concreto. Y miré el móvil. Era de hace tiempo. Revisé los mensajes y, cuando me disponía a abrir el último sin leer… me desperté.
¿Era un sueño? ¡No fastidies!
Miré el reloj y vi que eran las siete de la mañana. Podía llevar a Ivette tranquilamente a clase.
Le di un besito en la frente a Ivette, con la esperanza de que despertara.
La niña se despertó y me sonrió:
—Hola, rosa.
—Buenos días, cariño —le di un achuchón—. ¿Me has llamado rosa?
—El cuento de Morado plastilina; he soñado contigo y eras una figura de plastilina de color rosa —comentó mientras se levantaba de la cama.
—Eso significa que entendiste el cuento —le di un pantalón y una camiseta a juego.
—¿Eso es bueno?
—Sí, claro —le di un par de calcetines.
—Pues me da miedo —admitió.
—¿Y eso por qué? —me senté al lado suyo.
—La figura azul, mamá —me miró con tristeza—. La figura azul era Evan.