Thrice

Capítulo 43: Coincidencias

Me habían dado entre todos un buen baño de realidad; sobre todo mi hija. Pero yo había sido egoísta estos seis años, y aunque Ivette haya escogido por mí a quien yo correspondo, he de ser más consciente de lo que acarrean mis actos.

Echamos unas partidas al juego categorías. Ivette y David hicieron grupo y resultaron ser bastante buenos juntos. Se fueron antes de las ocho para llegar a tiempo para cenar cada uno en su casa.

Ivette me pidió una tortilla francesa para cenar y nos fuimos pronto a dormir.

Ya era viernes. Por fin le diría a Christopher que ha tardado tanto en decidirse… que la hija que tiene ha preferido como padre a mi jefe. A quién se lo diga, no se lo cree. Pero que ni por asomo, vaya.

Me miré en el espejo. Físicamente, podía ser la misma de antes, pero mi cara estaba un poco más ajada por la edad. Quizás debería maquillarme como hacía entonces para que no tuviera dudas de que soy yo. Pensé incluso en peinarme mi melena de alguna manera que le recordara a la Avery de entonces.

Y ante las dudas, pensé en Evan, que sí que era la elección correcta. ¿Para qué iba a arreglarme? Me puse un par de horquillas para que no me molestara el pelo y listo. ¿Maquillaje para qué? Si me veía fea, desaliñada o vieja, quizás se desilusionaba antes de seguir con lo que fuera.

El peto vaquero, las deportivas azules y el polo a rayas que parecía llamar a Wally. Incluso así me vi resultona. Llevaba el guapo subido.

Miré el mapa y calculé la ruta al teatro donde iba a quedar con Christopher: tren a Sol, y desde ahí eran cinco minutos andando. ¡Chupado, viva los 90!

Hice la ruta en el tiempo estimado, miré el reloj y me quedaban diez minutos para la cita.

Oteé el bar para buscar a Christopher y no le vi. En cambio, prefería no haber visto a la persona que parecía el mosquito de mi vida amorosa: Macarena. Me mantuve en la puerta como quince segundos y alguien me golpeó levemente el hombro.

—¿Pero qué...? —exclamamos a la vez.

No me lo podía creer. Evan había acudido al mismo lugar.

Con Macarena en la sala, no quise preguntar y decidí salir de allí.

—Avery, disculpa mi... —su vista se posó en Macarena—. ¡No me fastidies!

Yo me giré. ¿Acaso no había quedado con Macarena? ¿Entonces qué hacía Evan allí? ¿Qué hacía Macarena allí?

—Evan, ¿qué haces en el Albéniz? —Curiosa coincidencia.

—Tenía una cita —comentó mientras miraba a Macarena.

—¿Con ella? —Mis celos se pusieron en alerta.

—¿Qué? —Abrió mucho los ojos, como si hubiese dicho que se había puesto el pelo rosa—. ¡No, ni en broma!

—¿Con quién, entonces? —otra vez puse mis manos en la cintura.

Sus ojos volaron, buscaba algo, o alguien, con desesperación.

—¡Con un cliente! —acabó diciendo—. ¡Y antes de entrar ha anunciado que cancelaba el encuentro!

Me extrañó esa casualidad y pregunté:

—¿Para qué entras, entonces?

Otra vez dudando para soltar lo primero que se le ocurrió.

—Te vi y quise saludar.

Llevando ya más de cinco minutos en la puerta plantada, me pareció forzado, por no decir que se notaba que era mentira.

Me di cuenta de que le bajó el volumen al máximo a su smartphone y lo volvió a guardar.

A continuación, recibió una llamada al teléfono de la empresa, era un pequeño teléfono analógico de los primeros que sacaron con pantalla a color, y la cogió.

—¿Qué? —me miró—. No, aún no —puso los ojos en blanco—. José, ¿me llamabas para eso? —chasqueó la lengua—. Podías haber empezado por ahí, ¿no crees? —me volvió a mirar—. Bien, se lo digo y ahora vamos.

—¿Era José? —Como si no lo hubiera escuchado.

—El señor Takahashi está en España, en Vigo.

—Eso es bueno, ¿no? —Me llevé la mano al cabello por inercia y me descoloqué una de las horquillas.

Con sumo cuidado, Evan se acercó a mí y me colocó de nuevo la horquilla. Sus ojos rezumaban comprensión y su leve sonrisa se extendió.

—Y tú, ¿también tenías una cita?

¿Por qué lo estaba diciendo como si fuera una broma? Alcé las cejas y parpadeé nerviosa.

—No te preocupes, ¿hay que ir, verdad?

Evan afirmó sin hablar y su brazo en mis hombros hizo que me girara para salir de allí.

Cogí el smartphone para enviarle el mensaje a Christopher de que no podía acudir a la cita. Y tras enviarlo, Evan se llevó la otra mano al pecho y sonrió con un poco de picardía al mirarme.

Aún no habíamos salido a la calle cuando se paró y me dijo:

—Tengo unas ganas tremendas de hacerlo sin pedir permiso, pero aún no me atrevo siquiera a preguntarte. ¿Puedo?

Parpadeé, sonreí, dudé, y por último pregunté:

—¿Que si puedes hacer el qué?

Evan me tomó de la mandíbula y me acercó a su cara hasta que nos fundimos en un beso. Tierno, intenso y dulce; dulce y ácido a la vez, con sabor... Ese mismo sabor, intensificado por el beso, pero un sabor que me evoca hace seis años y también una bolsita de bolitas rebozadas: el tamarindo.

Qué coincidencia. Christopher y Evan tienen el mismo gusto en sabores.

¿Por qué había dejado de importarme hacer lo correcto con Christopher en cuanto vi a Evan?

Me tomó de la mano y llamó a Louie desde el teléfono de la empresa para que viniera a buscarnos a la calle Atocha para ir al aeropuerto.

En este viaje, yo sí que era ya consciente de lo que sentía por él. Él ya se había lanzado y había expresado lo que sentía.

Y yo, sintiéndome culpable por no sentirme responsable... Soy cruel.




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