Llamé a mi madre. Debería ir a buscar a Ivette a clase, y por la noche volvería a por la niña.
“OK”, me contestó. ¿Mi madre está usando el inglés para expresarse? ¡Nah! Tiene a Manuel y a Lola en casa, y mi amiga ha respondido por ella, seguro.
—Le he dicho a mi madre que se quede con Ivette —era para informarle, pero parecía que le estaba pidiendo permiso. Qué retrógrado.
—Mejor —me volvió a besar, parecía un poco más ansioso que antes.
Mi cuerpo le respondió llevando mis manos a su nuca, y tampoco quería dejar de hacerlo.
—Disculpad, pero dais vergüenza ajena —ese terciopelo urticante otra vez. Macarena.
—¿Perdón? —a Evan se le escuchó molesto.
Macarena me miró con asco, me hizo un barrido con su vista inquisidora y acabó soltando:
—Azafatucha de tres al cuarto, ¿no te da vergüenza vestir como una niña friki, fan de Hello Kitty?
Mi puño cerrado se disparó directo a su cara. Ya al segundo insulto se había cerrado mi mano, pero ya iban más de los permitidos. ¡Y en una sola frase!
—¡Soy auxiliar de vuelo, un trabajo que requiere mucho esfuerzo como para que lo subestimes siendo tan desagradecida! —Ya me desquité dos—. ¡Mi peto y polo no tienen nada que envidiarle a tu vestido roído de hace tres años, que para colmo te hace parecer más vieja! —otros dos ataques desmentidos—. ¡Y me encantan los homenajes múltiples, porque aparte de "Hello Kitty", es "Buscando a Wally" y a la actriz Sagi!
Macarena se llevó la mano a la cara, se tocó la zona del inexistente bigote y vio que tenía sangre.
—¿Me has dado un puñetazo? —se acercaba amenazante a mí.
Evan la frenó, puso un brazo interponiéndose y la advirtió:
—Macarena, asume de una vez que he escogido a Avery. No te arrastres más.
Se la veía enfadada, y mucho, casi ofendida. Pero entrecerró los ojos para luego abrirlos como platos.
—A ninguna de las dos... ¡Y una leche! —Parecía que se iba a ir con algo de dignidad, pero se volvió hacia Evan—. Ya veremos si sigue siendo tan brava cuando descubra tu enorme mentira, Evan Osborne.
Y se fue por donde había venido.
Su amenaza hacia Evan me resultó más un aviso hacia mi persona, aunque no sabía cómo tomármelo.
Louie llegó y nos llevó a Barajas. Fue un poco reacio a montar en el jet. Alegó que para ir a Vigo no hacía falta que hubiera dos pilotos.
Al subir al avión, José nos abordó.
—¿No viene Louie?
Miré a través de la puerta. Sobre el suelo del hangar estaba Louie apoyado en el coche, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos.
Otra vez mi mente iba más deprisa que otras veces.
—Pedírselo no está de más —sugerí.
José me miró con gratitud, supongo que por entenderle. Miró a Evan, para pedirle permiso sin decir nada. Evan afirmó y José bajó las escaleras para pedirle al chófer que viniera con nosotros.
Louie gesticuló algo parecido a una imitación, demasiado amanerado, incluso para él, y se tocó el hombro como ya había visto hacer a Macarena. No entendí qué pintaba la esnob en esta historia, pero verles en esa escena me corroboró lo que había intuido Ivette la semana anterior.
José le tomó la mano y tiró, en vano. Louie era fuerte aunque su juventud no lo mostrara. José seguía enfrascado en explicarle algo que Louie no quería escuchar.
—¿Qué tiene que ver Macarena en esta historia? —pregunté sin apartar la vista.
—Macarena asume que es el primer amor de José, porque le resultó muy fácil llevarle al catre. Así que cuando se ven, la otra no para de soltarle pullitas —me informó Evan.
—Y anteayer estaba Louie delante, ¿verdad? —adiviné—. Esa mujer es insoportable, del ego tan grande que se calza —me crucé de brazos.
—¿Y ahora hablamos de ellos? —Evan mostraba su sonrisa ladeada de canalla señalándoles—. ¿O de nosotros? —y ahora alternaba señalándonos a él y a mí.
Le di un leve toque en el hombro, señal para que no me hiciera admitir mis celos.
De repente, en un gesto de romanticismo espontáneo, José tomó la cara de Louie y le besó, dejándole callado y sin argumentos.
—Ivette tenía razón —recordé.
—Sí. —Evan estiró el brazo y, con su mano en mi hombro, hizo el ademán para que entráramos más profundo en el avión—. Yo no quiero parecer cotilla, ¿y tú?
¡Tenía razón! ¡Ups!
Nos fuimos a sentar cada uno en su asiento, y debe ser que los dos pensamos que estar tan separados parecería forzado, y nos levantamos a la vez para ir hacia el otro.
Desde luego, a veces le damos demasiadas vueltas a las cosas.
José y Louie entraron y el chófer fue a la cabina para avisar al piloto. José se acercó a nosotros y, con los
Ojos entreabiertos, preguntó:
—¿Qué habéis visto?
Nos había pillado. Yo levanté las manos en rendición:
—Ivette estaba segura de que entre vosotros dos había algo. No sé cómo lo llamaría ella, pero lo intuyó.
—Caray con la niña —exclamó risueño—. Acierta todas, ¿eh?
—¿Cómo que todas? —quise saber.
—A mí me comentó que Pablo miraba triste a Erika, y luego tú: ¡Bum! Vas y les emparejas —comentó José.
Miré a Evan, no pude decir nada. Él gesticuló una cara de divertida comprensión.
—¡No hay nada que no pueda hacer mi chica! —Evan presumió de mí como un adolescente.
Le di un codazo a Evan como queja, que le hizo reír.
—Aún tengo asuntos que resolver —me ensombrecí—. No me llames así todavía.
—Ya te he dicho que Christopher no me preocupa —me dio un leve beso en los labios.
José se fue de allí riéndose.