Thrice

Capítulo 46: ¿Seguro que es una pesadilla?

Después de tres semanas de conocerle, había llegado a enamorarme de Evan. Pero mi intuición me decía que me faltaban piezas. Que no tenían por qué ser cosas malas, pero algo faltaba por saber.

Iba a regresar el dolor de cabeza, y no estaba por la labor. Fui a la pequeña biblioteca que tenía en mi habitación y tomé un libro, regalo de Cassidy, de una compositora compañera de Tony, que tenía pinta de ser comedia romántica. Desconectar, eso me ayudaría.

No tenía ni el primer capítulo terminado y ya me estaba quedando dormida. Marqué, cerré y me acosté hasta el día siguiente.

Me desperté con la imagen del círculo de papel couché de hace varias noches en la mente... ¿Habría soñado lo mismo? Seguramente.

Fui a ver a Ivette y estaba sentada en el suelo. Había sacado los botes de plastilina y estaba formando figuras humanas con los colores del cuento. El color morado le estaba costando hacer una figura más pequeña.

—Ivette, ¿qué haces tan temprano sacando las plastilinas?

—Quiero hacerme a mí, pero no puedo.

—Cariño —me puse de cuclillas y con mi mano cubrí las suyas, estaba temblando—. Deja las plastilinas, desayunemos tranquilas y me cuentas, ¿vale?

Ivette se lavó las manos de la masilla y le puse un buen tazón de cereales de chocolate para centrarse en lo que me quería contar.

—Mamá, tengo miedo de haceros daño.

—¿Y cómo ibas a hacerlo, mi amor?

—En la pesadilla, la mamá rosa y el Evan azul, al darme la mano, se van haciendo más chiquititos y yo me hago morada.

Le di un fuerte achuchón:

—¿Y por eso querías hacernos en forma de figuritas? —le besé en la frente.

—Mi pesadilla era mentira, pero mis plastilinas no me dejan crearlo.

—Pero a mí no me parece una pesadilla...

—¡Os hacíais más pequeñitos por hacerme a mí, morada! —me miraba suplicante—. ¡Eso es malo!

—A ver, es enrevesado, sí, y grotesco. Pero no es malo —le volví a dar un achuchón—. Eso significa que sabes que formas parte de nosotros. Aunque sueñes con Evan porque es lo más parecido a un padre que te he dado.

Ivette se separó un poco de mí y estaba muy convencida:

—No, mamá, era Evan. Era tu jefe.

—Ojalá tu padre fuera Evan. Sería todo mucho más sencillo para ti y para mí.

Ivette miró sus figuras de plastilina a medio hacer y, sin apartar la vista de eso, cuestionó:

—¿Sencillo de enredado, o sencillo de labroso?

Me reí.

—Estás dando los contrarios en el cole, ¡eh! —le di mis manos para que me diera las suyas—. Pues digamos que sería menos laborioso para mí y menos enredado para ti. ¿Esa explicación te vale?

La niña afirmó y se puso de pie de un salto.

—Tengo hambre.

Qué rápido se le había pasado el bajón.

Un bonito sábado haciendo galletas arcoíris para celíacos, y al parque para jugar con su muñeca de 42 cm.

Pensé que si quería invitar un día a Evan a casa, tendría que pedir su número privado. ¿Cómo era posible que no lo tuviera? Si él me había enviado aquel mensaje, yo podría mandarle uno por el teléfono de la empresa, ¿verdad?

Lo envié como conversación de SMS. Así, si quería enviar otro mensaje, podía hacerlo como otra conversación. Estos teléfonos cada vez son más enredados.

“Mañana mismo, si quieres, voy a comer” Me respondió en breve. “Mañana me parece bien” Respondí. No me pidió la dirección.

—Mañana viene Evan a comer —informé a Ivette.

—¿Y van a venir las tías Izzy y Lola con David?

—Sí.

—¡Bien! —Ivette estaba eufórica—. Quería que viera mi habitación, quiero que conozca a David, ¡que no se me quede nada!

—Creo que la primera buena impresión ya te la puedes ahorrar, cariño —le comenté abrumada.

—Pero quiero que David le caiga bien, es mi mejor amigo —pedía Ivette.

—Y es lo que ocurrirá, no te preocupes —le consolé.

Llamé a Lola, que con ellas no tenía problema, o casi. Lola, el fin de semana trabajaba, por lo que invitaría solo a Isabel y a David. Aparte de Evan, obviamente.

Ivette y yo dormimos plácidamente como unos benditos bebés.

La mañana parecía la de un domingo cualquiera, a excepción de los nervios que demostraba la niña. Evan iba a venir a casa. Isabel y David ya habían estado muchas veces.

Ivette estaba eufórica y no había quien “le bajara del burro”.

Mi amiga y su hijo fueron los primeros en llegar porque habían aprovechado que dejaban a Lola en el hospital para trabajar y venían a comer a casa.

Evan llegó un poquito más tarde con una caja enorme negra y otra no tan grande ni tan negra.

La gran caja gris tenía un hermoso perrito de peluche de color blanco con puntitos negros como si fuera un dálmata. La enorme caja negra tenía un gran ramo de rosas y lirios naranjas mezclados y envueltos con un gran lazo, también negro.

Ivette, al ver el ramo, se quedó desconcertada.

Isabel se dio cuenta y la llamó para preguntarle.

—Si yo escogí un ramo, ¿por qué le regala los dos? —Ivette respondió a Isabel con otra pregunta.

Mi mente voló hasta una semana atrás. Las cajas de Guangzhou eran estas flores. Si dejó que la niña escogiera, ¿por qué luego los junta? No tenía sentido ni lógica lo que luego resultó.

Tras la entrega de regalos, sin ser Navidad, Evan extendió la mano hacia Isabel y se presentó:

—Soy C.E. Osborne, pero puedes llamarme Evan.

Isabel extendió también la mano y se la estrechó. Sonreía sin miramientos.

—Llámame Izzy, de Isabel.

Me miró orgullosa de pies a cabeza y me sonrió solo a mí.

Creo que si hubiese sido Cassidy, también me hubiera llamado veryAvery. Genial.




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