Ivette tomó su enorme dálmata de peluche y, con Evan de la mano, le invitó a ver su habitación. El pobre David parecía sentirse desplazado y les siguió.
Isabel tiró de mí hacia la cocina y me interrogó:
—¿Es este Adonis de ébano tu jefe?
Yo abrí los ojos, mucho, y confirmé:
—¿Acaso crees que es un actor, o qué?
—Físicamente, vale para ello. Es bien guapo —comentó Isabel.
—Izzy, céntrate, que pareces Lola —le regañé.
—¡Tú no le has visto bien, Avy! —ahora me regañaba ella a mí.
—¡Lola, sal de Izzy! —la cogí por los hombros.
Fue una llamada de atención. Isabel se serenó y ya me comentó:
—Cuando dijiste que era de ojos de marrón claro y piel oscura; u ojos de miel y piel de chocolate, da igual; no dijiste que tenía ese cuerpo de escultura griega.
—¿Pero a ti qué te pasa? —ya me enfadé—. Controla tus hormonas o se lo digo a Lola, ¿entendido?
—¿Te crees que ella no te diría lo mismo? —objetó.
—Lola es la que fantasea, tú me pones los pies en tierra. Izzy, please, hazlo por Ivette.
Isabel ladeó una sonrisa justo cuando Evan y los niños regresaban al salón.
—A ver, seré sincera —con las manos juntas, se puso los índices sobre los labios y prosiguió—. Me has dicho que los hombres te gustan como él, ¿cierto? —esperó a que yo afirmara—. Es decir, que tanto aquel príncipe de trece años como Christopher son de rasgos similares, ¿no? —volvió a esperar mi respuesta afirmativa—. Pues que por físico no sea, en eso tienes mi aprobación —rió.
Isabel observó la complicidad que había entre Ivette y Evan y le gustó, aunque vio un pequeño gesto de celos en David cuando Ivette pidió sentarse entre Evan y yo.
Nos sentamos a comer los cinco a la mesa, y David no quiso sentarse más que al lado mío para observar a Evan y cómo trataba a Ivette.
Mientras Isabel nos observaba bajo un exhaustivo escrutinio a Ivette, Evan y a mí, David fruncía levemente el ceño cuando su mirada se posaba en Evan.
—¿Qué animal es tu favorito, David? —preguntó Evan.
—Me gustan todos —contestó secante el niño.
—Le gustan los gatos y todos los que digan miau —respondió Ivette por él.
—Curioso —Evan le mostraba una amplia sonrisa—. Tengo algo que te puede gustar.
Evan sacó la cartera y la abrió. Las adultas le miramos, y yo vi la parte donde guardaba la foto de sus padres, el posavasos viejo y el dibujo de Ivette. Isabel debió de ver... no sé, ¿el documento de identidad?
Mientras yo asociaba el posavasos en la cartera al círculo de papel que veía en mis sueños, Isabel se emocionaba como quien ha descubierto un secreto por casualidad.
Evan sacó un pequeño conjunto de pegatinas de gatitos y se volvió a guardar la cartera.
—Mi amigo Tôru me dio esto para Ivette —Evan extendió el brazo hacia David—. Pero creo que a ti te gustan más.
David tomaba las pegatinas con recelo mientras Ivette intentaba estirarse para ver qué era.
—¿Qué se dice? —Isabel miraba a David como la madre que era.
—Gracias —respondió David en un hilo de voz.
—Evan, ¿por qué el señor Tôru te dio las pegatinas para mí?
Evan se llevó la mano a la ceja, casi se rascó con el dedo, pero solo lo pasó. Isabel, que le vio, dio un pequeño brinco, pero se calló.
—En Japón, el país de Tôru, los gatos son un signo de providencia a las generaciones futuras. Como si darle un gato a un niño le diera suerte para cuando sea mayor —Evan sonrió con amabilidad.
Con la información otorgada por Evan, a David se le iluminó la cara. No sé si el niño entendió que la prosperidad deseada era para él o si era una señal de que le dejaba ser próspero en el futuro. Eso daba igual, porque el niño dejó de mostrar celos.
Entre risas y chascarrillos aptos para todos los públicos, mis macarrones amarillos fueron todo un éxito entre los comensales. Era un plato que solía hacer solo para mí e Ivette, pero al venir Evan, que también es celíaco, pude hacer el plato para más personas.
Hacer una salsa al pesto casera, con algo más de parmesano y un chorrito de vinagre, fue todo un éxito.
Después de la comida, todos se quedaron un rato más. Yo me quedé con los niños en cierto momento y Evan recibió un codazo amistoso de Isabel.
—¿Me podrías dar una de tus tarjetas? —una petición extraña para mi amiga.
Evan se la dio, aunque su sonrisa delataba que sabía lo que quería buscar Isabel y que no estaría en las tarjetas.
—¿Y bien? —Evan se las dio de listo—. ¿Esperabas algo?
—Creo que ya sabías lo que yo buscaba, ¿cierto? —ironizaba Isabel.
—Puedes preguntarme directamente —sugirió Evan.
Isabel me miró contrariada, aunque no sé por qué.
—¿Sabes el nombre del padre de Ivette? —cuestionó.
—Sí, se llama Christopher —respondió Evan.
Isabel seguramente entrecerró los ojos por su pregunta:
—¿Avery te dijo el nombre? —Isabel hizo una pregunta directa, pero sonó como si no lo fuese.
—Avery no dijo nada al respecto —se le oía seguro de sí mismo.
Caí en la cuenta en ese momento del nombre, pero estaba demasiado expectante ante esa conversación.
—¿Y no sientes nada de celos respecto a Christopher? —esa pregunta me descolocó un poco, pero como yo también me la hacía, esperé la respuesta.
—De Christopher nunca tendría celos. Nunca.
¿Qué he perdido por el camino, que me bajo? ¿Ha dicho que nunca tendría celos de Christopher? ¿Aun siendo el padre de Ivette y sabiendo que aún me mensajeo con él? Y además, ¿desde cuándo me llama solo Avery, y desde cuándo ha dejado de decir mi apellido?