Thrice

Capítulo 48: ¿Destino o casualidad?

Empecé a preocupar a Ivette:

—¡Mamá, mamá! —me llamaba Ivette—. ¡Es tu turno!

—¡Perdón, me distraje! —me disculpé.

Tiré los dados: tarjeta azul y a buscar el dibujo en el panel. Ivette se levantó y fue a ver qué estaban haciendo Evan e Isabel.

—De esa foto me acuerdo de que Pablo la llamó kazoku —comentó Ivette.

Isabel rápidamente buscó la traducción de la palabra y su opinión fue:

—Desde luego, en esa foto se define kazoku —Isabel estaba muy contenta para que fuera algo malo.

Ivette volvió al tablero del felino con David y conmigo.

—David, tenemos que irnos, que mamá Lola quiere que hayas cenado antes de que ella llame a la hora de cenas del hospital —Isabel extendió la mano hacia David y palmeó con los dedos como si le faltaran las castañuelas.

El chico, obediente, se acercó a Evan y le preguntó:

—¿Kazoku es algo malo?

El adulto rió, se agachó para ponerse a su altura y le dijo:

—Por mi parte, no, para nada —desde su posición, Evan miró a Isabel—. Pero, ya que mamá Izzy sabe lo que significa, creo que deberías preguntarle a ella.

Evan se enderezó y se acercó al tablero del felino. Se sentó a la mesa donde aún jugábamos Ivette y yo. Yo me levanté a despedir a Isabel y David.

Isabel le mostró el móvil a su hijo, abierto el traductor para que el niño leyera.

—¡Me gusta esa palabra, mamá! —abrazó a Isabel y no pude ver el móvil.

—¿De qué idioma es?

—Es japonés, cariño —acabé escuchando en la voz de mi amiga.

Cerré la puerta. Cada vez que decidía dar un paso, me abrumaba la información hasta no saber cómo asimilarla.

Yo aún sin entender el motivo de que Evan dejara de llamarme Barnaby. Que es de agradecer, después de pedírselo en los momentos en los que debía ya hacerlo y era incapaz... y de repente lo hace sin más, sin esa carga que se lo impedía.

Haciendo memoria, supongo que era porque esa otra Avery fue la primera que le hizo sentir especial. Por eso se negaba a llamarme simplemente Avery. Intenté recordar y no me venía a la mente.

—¡Avery! ¿Sigues jugando? —me llamaba Evan desde el salón-comedor.

—¡Voy! —y allí me dirigí.

Aunque aún debía comprender el motivo de que yo soñara con un posavasos nuevo como el que Evan guarda viejo en su cartera. Supongo que habremos estado en el mismo local y él se lo quedó de recuerdo. Pero Evan es muy austero para guardar objetos que le evocan recuerdos. Ese posavasos... ¿podría ser un recuerdo de la otra Avery? ¿Por qué ya no la nombraba?

Me acordé de la frase de Macarena: "Puede que no seas la misma Avery, pero eso no quiere decir que no seas su sustituta." Y aun así, debería de sentir celos, pero no era así. ¿Por qué?

Me iba a explotar la cabeza. Necesitaba descansar. Ya se estaba haciendo tarde; miré el reloj: las ocho y media de la noche. Evan debía irse.

—Evan, ¿has visto mis plastilinas? —Ivette, tan oportuna.

—No, ¿debería? —Evan se alegró de que Ivette me despertara del trance.

La niña le trajo los botes y le enseñó las figuras que había hecho por la mañana. ¡No fastidies!

—Cariño —empecé a decir—, algo a medias no creo que sea para poder enseñarlo.

—No me importa ver cómo progresa mi... —abrió mucho los ojos, sorprendido de sí mismo—. Sí, vale —se empezó a atropellar con las palabras—, es tarde, me tengo que ir.

Quedó forzado, y mucho, incluso para él. Su... ¿su qué? ¡Maldita sea!

Se sentía traicionado por sí mismo. Era esa sensación la que transmitía, pero no conseguí captar el motivo.

Le acompañé a la puerta. Se despidió con un tierno beso a Ivette y a mí me besó con el ansia de querer decir algo que no acababa de salir.

Según cerraba la puerta, le oí susurrar:

—おやすみなさい、家族の皆さん.

¡Otra vez kazoku!

—Mamá, la palabra coincidencia... ¿tiene algún contrario? —Ivette me devolvió a la realidad.

—¿Qué?

—¿La palabra coincidencia tiene algún contrario?

—¡Buena pregunta, Ivette! —me llevé la mano a la barbilla—. Déjame pensarlo.

—Teniendo en cuenta que casualidad es algo que ocurre de manera fortuita —la miré de soslayo—, supongo que sería algo que ocurre de manera programada... ¿Destino, quizás?

—Esa palabra es más bonita, mamá. Me gusta más.

—¿Ah, sí? —la llevé hacia la cocina.

—Suena a nombre de cuento, como si hubiera princesas, unicornios, árboles que hablan, dragones y gnomos.

—Es verdad que en los cuentos se dice que el beso de amor verdadero te lo da el príncipe o princesa a quien estás destinado —resumí—. Pero son solo cuentos, Ivette. Por eso mismo mamá te cuenta otros cuentos distintos.

—¿No crees que eres una princesa? —me agarró la camisa con tristeza en su rostro—. ¿O una reina, para que yo sea la princesa?

—¡Ah, esa idea me gusta más! —exclamé—. ¿Qué quieres cenar?

Abrió el armario y cogió el tarro de las galletas caseras. Sacó cinco y pidió:

—Esto y un vaso de leche, por favor —me sonreía.

—¡Son muchas, cariño! —le fruncí el ceño.

—Póngame dos vasos de leche, señorita —bromeó.

Ya sabía a dónde iba a parar. Suele hacerlo cuando no tiene hambre a esas horas. Le puse los dos vasos de leche, separados. Y se cogió uno para ella y otro para mí; con su vaso puso dos galletas y al pie del mío puso tres.

—Esto ya me gusta más —volví a expresar lo mismo.

Cenamos las galletas con leche y nos fuimos a dormir. Había sido un día bonito, pero caótico.




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