Llevé a Ivette a su cama. Parece ser que se durmió muy pronto, y fui a mi habitación para ojear ese libro de la compañera de mi cuñado. Pero apenas acababa de empezar el segundo capítulo cuando entra la niña por la puerta de la habitación:
—Mamá —se subió encima—, ¿me parezco a papá?
—¿A qué te refieres? —me pilló de sorpresa.
—No tengo los ojos como tú —se acercó mucho a mi cara—. Mi pelo no es como el tuyo —con cada una de sus manitas tomó un poco de cabello de cada una—. Y tampoco tengo la misma nariz que tú.
—Como ya te conté en el cuento de la plastilina... —esos ojos tan bonitos que tienes son de un color entre el de mamá y el de papá —le tomé los mofletes como pude y reí—. Tus hermosos rizos son más cortos que los de mamá y más largos que los de papá; y el color de tu pelo y de tu piel es más oscuro que mamá y más claro que papá.
—¿Estoy en medio? ¿Como el morado en el cuento? —preguntó esperando mi respuesta afirmativa y prosiguió—. Pero mi barbilla es igual que la tuya...
Ahí me había pillado. Una risa algo forzada salió de mí.
—Hay algunas cosas de mamá que son tan fuertes que no se pueden mezclar con las de papá —lo mejor posible para una niña de cinco años.
—¿Hay cosas de papá en mí que tú no has podido vencer?
Con delicadeza se las fui mostrando según las decía:
—La forma de los ojos —le acaricié la sien para que entendiera a lo que me refería—, con tus cejas. El hoyuelo que te sale al reír —le hundí flojo mi dedo en la mejilla izquierda—, en este moflete, también es suyo.
Ivette sonrió por compromiso y me dio un abrazo y un beso de buenas noches. Que se acercara antes de acostarse para preguntar algo sobre Christopher me pareció raro en ella, pero quizás ahora, en la época de las preguntas, es cuando ella se cuestiona esas cosas. Menos mal que el cuento me sirvió de guía.
La escuché ir a su habitación y abrir el cajón de los estuches de pinturas.
—Ivette, si quieres pintar, espérate a mañana.
Se fue al baño. La luz encendida me mostraba que no había cerrado la puerta. Oí su banqueta arrastrarse para mirarse en el espejo. Y mi curiosidad me hizo levantarme a ver qué hacía.
Me vio acercarme, y estaba comparando el color de sus pinturas con el color de sus ojos y el de su piel. Luego tomó pinturas para comprobar mis colores y las apartó.
Me di cuenta de que la inteligencia artística de Ivette estaba a otro nivel.
Puso el chocolate con el naranja; el color seda con el color canela; y el turquesa aguamarina al lado del verde aceituna. Y comparó con todas las pinturas marrones de sus estuches.
Sacó la conclusión de que Christopher tenía la piel de color cuero, como los ojos, y el color de cabello sería un marrón casi negro.
Recogió todas sus pinturas y las guardó. Lo hizo en silencio, sin comentar nada. Me miró con algo de decepción y se metió en la cama.
—¿Pasa algo? —pregunté.
No me contestó. Se levantó para coger el bolsito bordado con su nombre, el que le regaló Evan a cambio de las galletas celíacas, y lo abrazó con una sonrisa y la frase:
—Es mi azul.
Miré desconcertada el cajón de las pinturas y acabé por irme a dormir. Había algo que se me escapaba, y me daba la sensación de que hasta Ivette se había dado cuenta.
Dormir nos devolvía a una semana nueva. Llevé a Ivette a clase. Se había levantado con aspereza, como si estuviera de mal humor. Estaba aún más arisca que en el momento del dibujo de burbujas de colores.
Tras dejarla, me acerqué a la oficina de Evan. A las diez de la mañana estaban cerrados. Llamé a José por la línea de la empresa y me dijo tajante que estaba acompañando a Evan a la clínica. Hoy era la dichosa prueba para decidir si Ivette y yo entrábamos en su vida.
¿De qué trataría la maldita prueba?
Volví a llamar. Supuse que le haría falta algo de voz familiar. Esta vez a Evan.
—Hey, Evan, ¿va todo bien? —solo supe decir eso. A fin de cuentas, no sé de qué era la prueba.
—¿Que si todo va bien? —estaba exultante—. ¡Todo va genial, me encanta mi vida!
Abrí mucho los ojos. Su felicidad era contagiosa. Caray con las buenas noticias.
—¿Buenas noticias?
—¡Perfectas!
—Evan, debemos ir a la empresa —José estaba con él.
—Estoy en la oficina —informé.
—¡Genial! —Evan desbordaba dicha—. ¿Quieres que tomemos algo juntos? —se tomó un respiro y se corrigió—. Es verdad, tus cabos sueltos —me pareció oír risas de parte de José—. Tienes que hablar con Christopher.
¿A santo de qué viene ahora nombrar a Christopher? No entiendo a este hombre. La prueba le da el resultado que él quería —que quiero suponer que es bueno para que nuestra relación vaya hacia delante—, pero parece que se tome a cachondeo que tenga que hablar con el padre de Ivette.
—¿Acaso tienes prisa de que yo le mande a paseo? —ironicé.
—Eso solo depende de ti, Avery, pero yo estoy contigo en lo que decidas —volvió a dejarme desarmada—. Escojas a Christopher o a Evan.
—¿Estás seguro de cambiar todo de nuevo? —José me pareció incoherente al otro lado de la línea.
—¡Ah, muy bien! —quise picarle un poco—. ¿Y si al final le escojo a él?
—No me importa. Contigo voy con todo.
La llamada se colgó de repente y no pude decirle que yo estaba igual.