Intenté llamar de nuevo a Evan, pero estaba apagado o fuera de cobertura.
Me sonó el smartphone: Christopher pedía verme cuanto antes. ¡Genial, iros los dos a la porra! ¡Tanto Christopher como Evan!
Miré el contacto en la pantalla. Nunca le pregunté a Christopher por su apellido. Decidí criar a Ivette sin ayuda paterna porque creí erróneamente que el padre solo quería que fuéramos amigos.
¿Y si le llamaba? Solo hablé una vez con él, y fue antes de conocer a Evan Osborne. Lo intenté y me colgó. ¡Shit! Le volví a llamar y me volvió a colgar. Recibí un WhatsApp en el que me pedía quedar en el pub donde nos conocimos.
“¿Cuándo podría ser?” —pregunté. Tardó en responder y apenas escribió: “¿Te acuerdas del pub, acaso?” Para descolocarme.
Con toda la rabia en mis venas, esa actitud me resultaba familiar, pero la descarté.
Decidí no esperarles. Le mandé un mensaje a José y me fui a casa.
Cuando llegué, fui directa al cajón donde guardo los recuerdos de la época de lactancia de Ivette. Dos baberos, tres chupetes. ¿Un panfleto de guarderías? ¡Bah! Un biberón que no llegó a usar, varios paños de cambiador, los dos pañitos de muselina que no usé... ¿Mascarillas? ¡Claro, que Ivette es casi una niña COVID! Ya no me acordaba. Pero nada que me recordara el pub. Muy dispar, mis intenciones, pero tenía la esperanza.
Estaba tan centrada en buscar alguna pista que perdí la noción de mi entorno hasta que mi móvil sonó con el nombre de mi hermana en la pantalla.
—Hey, sis, ¿llamando en horario de trabajo? —me preocupé.
—Bueno, Tony ha acudido a una reunión con una cantante colombiana internacional para hacer una colaboración y va a estar una semana en Miami.
¿Cassidy preocupada? Qué raro...
—Bien, ¿qué duda tienes? —procuré sonar seria, pero ella, celosa, nunca había sido.
—Avery, no te lo tomes a cachondeo.
—Vale, dime, Cassidy.
—Tony ha sugerido algo que no sé si podré hacer.
Oh, vale. Era ese tipo de preocupación.
—¿Y bien, cuál es el dilema? —pretendí parecer segura, pero solamente sé aparentarlo.
—¿Cómo supiste si serías buena madre?
No tenía ni idea de que Cassidy tuviera esas dudas. Siempre la vi tan segura de sus gustos y sus decisiones, que no llegué a pensar el tiempo de maduración que conlleva cada decisión.
—Eso no se sabe, Cassidy. Sencillamente se intenta. Una persona no decide ser padre o madre porque sepa que lo hará bien.
—Pero, ¿y si lo hago mal, o Tony?
Cassidy se había abierto a mí como yo ya había hecho con ella antes.
—Lo único que te puedo decir para tranquilizarte es el consejo que me dio mamá.
—Pensé que mamá me podría servir para los cuidados, no para enfrentarme al dilema —me cortó Cassidy.
—Una madre siempre tendrá la sensación de no haber hecho suficiente, pero tendrá la seguridad de haber entendido bien las necesidades de la personita que deja en el mundo.
Creo que lo he dicho tal cual me lo dijo Nora.
—Eso es muy bonito, Avery, pero con eso solo sé que Tony sería mejor padre que yo madre.
¿Aún no la había tranquilizado?
—Preocuparse por eso es humano, y es el mejor indicio de que serías una madre que se preocuparía por su prole.
—No sé si me has aclarado o sembrado dudas, pero quizás me hayas dado más perspectiva —Cassidy respiró hondo—. Gracias, Avery, de verdad.
—No hay de qué, Cassidy.
Mi hermana colgó primero. Me llenó un sentimiento de realización al respecto, mucho más gratificante que cuando ayudaba a los demás; ya fuera con Lola e Izzy, con Pablo y Erika, o el empujoncito entre José y Louie. Esta vez había ayudado a la persona que más me importaba tras Ivette y Nora: a Cassidy.
Me miré las manos y, tras ellas, todo lo que había sacado. La frustración de no encontrar nada.
Volví a guardar las cosas, y ahí estaba. El posavasos de mi sueño. Se había deslizado desde dentro del panfleto de guarderías.
Lo miré. Estaba como nuevo. El nombre del local: La joya de la corona, con el perfil de un apuesto joven y una corona con tres brillantes blancos que parecían diamantes.
Me dejó helada y sin aliento. Las casualidades se estaban volviendo de plomo; eran más pesadas que un bloque macizo de hormigón.
Me dije a mí misma que averiguaría la dirección del local. Lo busqué en internet y su horario de apertura era a partir del jueves y hasta el domingo, todas las tardes hasta la madrugada.
Ok, pues el jueves vería a Christopher. Le mandé un mensaje de voz por WhatsApp. Estaba cansada de dictarle a la aplicación, y menos con esta persona que había decidido apartar.
A lo largo del día estuve intentando distraerme. Las tareas del hogar ya no me bastaban. El libro que me regaló Tony tampoco conseguía dispersar mi atención.
Y me acordé de Evan. Cuando quería conseguir mirar con perspectiva, se comía tamarindo o algo parecido. ¿Me pasaría también a mí?
Yo tenía dátiles de marca blanca, y gominolas para la afonía, pero tamarindo no.
José dijo que era algo dulce lo suficientemente ácido para distraerte. ¿Piña? Creo que aún me quedaba algo de chips de piña de hace unos días. Lo busqué y los encontré. ¡Por probar que no quede!
Tras el primer mordisco, recibí la contestación de Christopher. Tan oportuno como siempre, ¡cómo no!
“Llevaré el esmoquin de aquella noche, por si me confundes con otro”.
Otro.
Me cortó el aliento. Un esmoquin, el posavasos, esa manera de hablar tan segura y esa timidez cuando le respondes de igual a igual, esa tristeza y languidez al hablar de sus padres... Y que justo el día del entierro de Ivette Fontaine se topara con una mujer con mi nombre de la que se enamoró...
No. Evan y Christopher no podían ser el mismo hombre, ¿verdad?