Qué implosión de información. Todo cuadraba con maestría milimétrica y, a la vez, era tan contradictorio que abruma.
Pero Ivette, mi hija, es muy oscura para ser tan caucásica... ¡Arg! ¿El color de su piel es lo único que no cuadra? ¿Por qué?
Miré la hora. Debía ir a por la niña al colegio. Compré el pan de camino, y al acudir a por Ivette, me topé con un problema.
—Señora Barnaby, Ivette ha agredido a un compañero.
—¿Ivette? ¿Cómo? —No es propio de ella.
—Al parecer, su hija solo tiene problemas con un compañero: Víctor.
Recordé que ese niño era el que sufrió la reacción alérgica súbita a la leche de las grageas de colores.
La niña me abrazó y su frase me descolocó un poco:
—No quiero tener de novio a un niño que roba comida porque no le gusta lo que le da su abuela.
Yo entendí a mi hija. Miré a la cuidadora severamente y le reprendí:
—¿Dejan ustedes que pasen estas cosas?
—La reprimenda que se habrá llevado Víctor... ya se le ha regañado —la mujer miró a Ivette—. Pero no se puede morder a un compañero por mucho que te moleste.
Me agaché y, mirando a la niña, le recriminé:
—¿Morder, Ivette? ¿En serio? —le puse la mano en la boca—. Eso no se hace, pero es que tú tampoco lo harías. ¿Por qué has hecho eso?
Ivette se encogió un poco, se sonrojó y soltó:
—Me quería dar un beso, pero luego sacó la lengua y estaba tan cerca que me defendí mordiendo.
No me lo podía creer. Creí entender una cosa que no podía estar pasando.
—¿Qué has mordido, Ivette?
—Le mordí la lengua a Víctor, y ha salido sangre. ¡Perdón!
Miré a la profesora. Se tapaba la cara con una mano porque su pose anterior era estar cruzada de brazos. Quise decir algo, pero cada cosa que se me ocurría era más absurda que la anterior.
Lo aclaré lo mejor que pude. Le pedí disculpas al padre del niño y, con Ivette de la mano, fuimos a comer a casa. No habría pizza para comer.
—¿Qué hubieras hecho tú, mamá? —Ivette estaba desconcertada.
—¡No sé, cariño! ¿Apartarme?
—¡Es que estaba muy cerca! —lloraba.
Le abracé y la intenté consolar. Ella estaba compungida y no se entendía a sí misma. Al parecer, cayó en la cuenta de que había reaccionado desmesuradamente cuando le dije que eso no era propio de ella.
¿Que hubiera hecho yo en su lugar? No sé, quizás apartarme, quizás empujarle. Pero morderle, no. Cassidy seguramente le hubiera dado un puñetazo y luego se hubiera limpiado las babas en la ropa del chaval. Eso cuadra con Cassidy.
Le ayudé con la ficha que tenía que hacer y la pizza fue para cenar. Le encanta que tenga cebolla, pero luego en la ensalada campera la deshecha.
Ya más distendida, le hablé de lo que había encontrado en el cajón de cuando era bebé.
—La tía Cassy me contó que al príncipe azul se le puede ver una noche y no volver a verlo jamás —comentó mientras doblaba su trozo de pizza abarquillándolo.
—¿Cuándo hablaste de esas cosas con tu tía?
Se lo pensó un poco. Se rascó un poquito la ceja, como ya había visto hacer a Evan... y me pareció recordar que hacía también Christopher.
—El día que fuiste a la islita que parece una pequeñita España.
Parpadeé. ¿Españita? Caí en la cuenta de la forma de Tenerife.
—¿Antes de mi nuevo trabajo?
Ivette afirmó en silencio mientras masticaba su tercer bocado.
—¿De qué estabais hablando antes?
—Pues de que mi mamá siempre ha sido una princesa viajera —me sonrió con un trozo de pan en la boca.
—¡Ah, ya, mi cuento! —arrugué la nariz en complicidad—. ¿Y yo no opino nada?
Ivette soltó una carcajada. Pero se enderezó, tragó y me miró con madurez:
—Mamá, si ves a papá —desvió la mirada, le costaba mucho no ser directa—, dale las gracias por la forma de mis orejas. Y por mis tirabuzones.
—Lo haré.
La abracé como pude con un solo brazo y, tras recoger los cartones, nos fuimos a dormir.
Le di vueltas a las cosas que dijimos el día anterior y no recuerdo haber dicho nada de las orejas ni de su pelo.
La noche no me sentó bien. Me levanté nerviosa, preparé el desayuno para las dos y le preparé una pera para el recreo. La llevé a clase y yo fui a comprar al supermercado porque la nevera estaba sin hidratos.
Se hizo el mediodía. Fui a por Ivette y comimos una tortilla de patatas que me quedó riquísima.
Miré el móvil y me sorprendí de ver que era jueves. ¿Jueves ya? ¡La cita con Christopher!
¿O era también con Evan?
Me arreglé como hacía hace seis años y llevé a Ivette a casa de Isabel y Lola.
Mi amiga Isabel me sonrió como quien, desde fuera, sabe que yo estoy haciendo lo correcto. Mi amiga Lola me miraba emocionada como quien espera el clímax del beso en la película.
Me desearon suerte, que Ivette no entendió, y tomé el metro más nerviosa que un flan.
Llegué al local. La joya de la corona rodeaba el logo del busto con tiara encima de la puerta. Apenas llevaban abiertos como veinte minutos y solo una figura masculina y tremendamente atractiva estaba sentada en la barra del bar.
La piel oscura de la mano que sujetaba la copa de ginebra me decía que mis dudas se disiparían esta noche.
Me acerqué a él, a su espalda. Esa espalda que ya reconozco de tantos vuelos, y que, al parecer, ha acudido aquí bajo otro nombre.