No podía creer lo que veían mis ojos. Y no pude más que soltar la única pregunta segura de la noche:
—¿Christopher?
Vi girar levemente su cabeza. Era esa oreja que Ivette heredó, la que ya había acariciado antes.
—¿Sí? —era su voz. La reconocería ya en cualquier parte.
Volví a preguntar por el nombre del dueño de esa voz. El nombre que yo reconocía. El nombre que yo quería que fuera.
—¿Evan?
Él continuó el movimiento de su cuerpo. El tiempo se ralentizó y su cara dibujaba una sonrisa canalla que me volvía loca. Loca por él.
Cuando se halló plantado frente a mí, con su esmoquin gris oscuro de costuras plateadas, suspiró sin perder esa sonrisa tan suya.
—Osborne —me tomó la mano y me la besó, como hace seis años—. Mi nombre completo es Christopher Evan Osborne, mi luminoso diamante.
Algo en él me hipnotizaba esta noche. Pero no debía bajar la guardia, aunque me lo comería entero si no me contuviese.
La manera de decirlo, de entonar la frase, me puso en alerta. Pero no sabía por dónde tirar, así que opté por lo más obvio.
—¿Diamante?
—El más brillante de todos.
Por ahí no iba a sacar nada en claro. Me invitó a sentarme en una de las mesas, en la que le vi por primera vez hace seis años. Me puse a su derecha, le dejé a mi izquierda.
—Entonces... —entoné— tú eres el padre de Ivette y, a la vez, quien ella quiere que sea su padre.
Apenas me oía siquiera mi propio collar. Yo estaba en shock. Miraba al suelo intentando asimilar que mi caótica vida se había simplificado… Y de la manera más bella que se me podía ocurrir. Pero entonces, ¿por qué no era feliz del todo?
Evan me pasó el brazo por encima para abrazarme.
—¿Quién me iba a decir que me enamoraría de la misma mujer dos veces?
—Supongo que no soy la sustituta de la otra Avery, porque nunca fuimos dos. Fui yo sola.
—¿Sustituta? ¿Quién te dijo tamaña estupidez?
—Macarena, en Seúl —yo aún seguía hablando en un hilo de voz.
—Tú nunca fuiste sustituta de nadie. Si acaso eras mi elección final —rió—, y casualmente siempre has sido la única elección.
Desde su abrazo, me estrechó contra él. Pero mis manos aún esperaban algo. Y me besó el cabello. Me besó en la misma zona que recuerdo de un niño de mi edad, con el mismo color de ojos, el mismo color de piel, la misma calidez y el mismo amor.
Mis manos, al fin, reaccionaron. Pero mi voz sonó primero:
—¿Osborne de Londres y Fontaine de Nueva Orleans?
Yo me separé un poco. Le miré a los ojos suplicando que corroborara lo que me había dicho mi instinto desde mis recuerdos.
Él parpadeó y, con un asombro brutal, me respondió con una pregunta:
—¿Montreal, Dublín, Sídney y Sevilla?
—Mi príncipe Christopher Evan Osborne —le llamé con urgencia mientras mis manos le cogían de la cara—. ¿Siempre fuiste uno solo?
El beso apenas le dejó decirme esa última palabra porque mi cuerpo quería fundirse con el suyo. Mis tres amores eran uno solo: El niño que me despertó la curiosidad por el mundo, El hombre que me mostró su lado más íntimo para darme nuestra felicidad, Y el adulto que me reencontró sin buscarme para mostrarme que él era todo eso y más.
Y él siempre me tomó como una mujer segura de mí misma que brilla con luz propia. De ahí que me llame diamante. Ya no me siento dolida por un halago tan claro como hermoso, porque él ya me lo dijo en francés: Soy el diamante que refleja la luz que le guía.
En realidad no me siento así ni por asomo, Pero me siento plena y orgullosa del corazón que tengo, Del corazón que me llena, Y del corazón que hemos tenido juntos también. ¿Por qué no?
Me aparté un poco, para tomar aliento, pero para preguntarle por su última afirmación.
—¿Un solo diamante?
—Cuando tenía trece años —una sonrisa incrédula llenaba su cara mientras me lo contaba— conocí a una pelirroja solitaria que estaba leyendo el libro que yo buscaba. Y según compartimos lectura, me fui enamorando perdidamente de ese diamante fuerte y brillante que ella era para mí.
—¿Ya entonces yo te parecí un diamante? —yo estaba pletórica mientras él afirmaba—. Yo aquel día te empecé a llamar príncipe. ¿No tiene gracia que se llame así el local?
—Bueno, coincidencia o no, yo siempre seré tu príncipe y tú siempre serás mi diamante —me tomó de la cara para darme otro beso más. Más intenso que los anteriores. Más que cualquier beso que me dio antes.
—¡Ejem!
Nos deslizamos levemente ante la llamada de atención. Una mujer grande, algo más mayor que nosotros, de rizos grises, ojos claros y mirada alegre nos miraba con una incomodidad divertida.
—¿Perdón? —preguntamos nosotros al unísono.
—A ver, ahora estáis solos en el local —la mujer juntó las manos como plegaria—, pero si esto sigue in crescendo —nos empezó a señalar en círculo a él y a mí— vais a empezar a incomodar a los demás clientes. Os pido que echéis un poco el freno, ¿de acuerdo?
Me zafé de su abrazo de manera divertida. Es verdad que aquello iba en aumento y nos tendríamos que ir del local si seguíamos así.
Le miré de barrido y no hallé la manera de decidirme por un nombre para llamarle. Mi cara debía decirle todo porque respondió divertido:
—Te lo dije, contigo voy con todo. Llámame como quieras, que contigo voy al fin del mundo.
¿Le daba igual que le llamara Evan como siempre o le llamara Christopher en público? Me acordé de lo que le dije antes de aquel beso espontáneo y le reté:
—Christopher Evan Osborne, ¿y si te llamo CEO? Al fin y al cabo son tus siglas. ¿No?
—Con todo —y mi CEO me cerró la boca con un beso.