Thrice

Capítulo 53: Él es tres en uno

Me aparté un poco de CEO y me acerqué a la barra del bar.

—Disculpa —llamé a la mujer que nos había llamado la atención antes—, ¿te ha comentado la jefa la razón del nombre del local?

La mujer rió, dejó el vaso que estaba secando y se puso a mi altura:

—La ginebra de mi exsuegro patrocina mi local —señaló con el pulgar el logotipo que había entre los dos bloques de estanterías, justo sobre la caja registradora.

Miré a CEO y le saludé desde la barra.

—Pero no entiendo el título del local.

—¡Ah, ya sé por qué lo dices! —se dio la vuelta y tomó una botella de ginebra—. Te pongo una joya de la corona, con dos pajitas, y me dices luego qué tal te parece, ¿vale?

Le vi agitar el vaso y verterlo en una copa. Me lo pasó.

—Esto es el cóctel que da nombre al local.

Olía a melocotón.

—¡Gracias, jefa!

—¡Llámame Virginia!

Le dediqué una sonrisa de agradecimiento, levanté el pulgar y volví junto a CEO. Tengo que buscar otra manera de llamarle que no sea tan rara... ¡Como si le llamara jefe!

—Este cóctel es la marca de la casa, es la joya de la corona —se lo ofrecí para que lo empezara él.

Tras tenerlo en la mano, me tendió la otra para tirar de mí en cuanto se la di.

—Los dos canutos son para compartir. Compartamos —rió.

Me pareció muy bueno, con el sabor del melocotón suave y fresco. Él puso cara de sorpresa y acabó admitiendo que le gustó también.

La gente empezó a llenar el pequeño local de Virginia, y yo ya quería dormir… o quizás solo acostarme.

—Creo que podemos continuar hablando en la calle —le tuve que decir al oído.

Él afirmó y nos acercamos a la barra a pagar las consumiciones. Virginia fue muy agradable, y nos deseó un pronto regreso.

Al salir, le tomé de las manos y le sonreí:

—Aún no me puedo creer que seas el niño del libro también.

—¡Ja! —extendió los brazos para acercarme a él—. Ya me costaba creerme que eras la misma Avery que hace seis años. ¡Qué sorpresa al descubrir que éramos los mismos adolescentes!

Apoyé mi barbilla en su pecho. Le miraba a los ojos mientras él me abrazaba sin soltar mis manos.

—¿Cómo se lo diremos a la niña? —se le ocurrió preguntar.

La carcajada que le respondí llamó la atención de todos alrededor, y él me miró atónito.

—¿Sabes qué? —sin soltar las manos, las alcé y giré sobre mí misma, parecía estar bailando—. Creo que ya lo sabe —entoné.

—Sé que Ivette es muy lista, pero no entiendo cómo lo puede saber —dudó.

—¿Te acuerdas del cuento de la plastilina? —sugerí—. Pues esta semana ha vuelto a sacar el tema, pero ha continuado con mi barbilla, para preguntar por los rasgos que heredó de ti.

—¿Y? —su sonrisa me mostró el hoyuelo que le indiqué a Ivette.

—Le indiqué esto —le acaricié con delicadeza la sien, él cerró los ojos y se meció hacia mi mano—, la forma de tus ojos —bajé la mano lentamente hacia su atractiva mandíbula y estiré el pulgar para abarcar la mejilla entera—. Y también tiene este hoyuelo como tú —se lo tapé con el pulgar—. ¿Por qué no habré reparado antes en él?

Le miré con picardía sin apartar mi mano de su cara.

—¿Sería descortés alegar que me estás poniendo como una moto? —me miró con una mezcla entre súplica y diversión. Me encanta cuando se expresa en su pulcro español con la elegancia inglesa.

Le respondí con un beso al agarrar su faz por completo. Cuando al fin tomamos aliento, le seguí contando:

—Sé que Ivette lo sabe porque me pidió que te diera las gracias por las orejas.

Se echó la mano a la oreja y soltó una carcajada limpia y sincera cuando la dejó caer.

—¡Pero qué lista es, por favor! —estaba muy sorprendido.

—Puedes venir a casa a dormir, si quieres... —me ofrecí.

—¿A dormir? —sacó su sonrisa canalla y le echó picardía—. No sé yo si dormiría al final, la verdad.

—Aunque si esperas encontrar a Ivette al despertar, te diré que está con Lola, Izzy y David.

Me abrazó por detrás y sugirió otra cosa:

—Para estar contigo esta noche —me besó el cuello lentamente, me estaba deshaciendo por momentos— podemos ir a mi casa.

—No está mal. El plan que sugieres me gusta —me di la vuelta y le extendí mis brazos sobre los hombros—. Llamarte CEO me resulta algo absurdo, porque aunque tú eres mi jefe, es como si trabajara en tu empresa… y no en una de tus adquisiciones. ¿Entiendes a lo que me refiero?

—¿Y cómo me llamarás a partir de ahora, entonces? —curioseó.

—Evan en el trabajo y Christopher en privado nos pilla mal. ¿Chris, quizás?

Me sonrió ampliamente y me besó.

—Chris me parece perfecto.

Caminamos por las calles de Madrid hasta su ático en el barrio Salamanca. Un salón amplio me dio la bienvenida desde un altavoz inteligente. Empezó a sonar No sé vivir sin ti de Merche y Casademunt.

—Me siento identificado con esta canción cuando pienso en ti —su gesto mostraba una ternura distinta, de rendimiento a lo inevitable—. Como si hablara por mí en cada estrofa.

—Pero si es de un año anterior a nuestro primer encuentro —me quejé dulcemente.

—La descubrí por casualidad al año siguiente —se acercó a la cadena de música y subió un poco el volumen—. ...y es que te siento inevitable en mi porvenir... —cantó.

Le tomé del cuello y le puse sus manos en mi cintura. Nos mecimos con la canción. Es una letra sutilmente intensa, pero yo también me sentí como si la canción fuera nuestra. Y eso era sublime.




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