Thrice

Capítulo 54: ¿Desde cuándo?

Dejamos que la canción terminara y nos fundimos en un beso.

—He estado esperando poder traerte durante tanto tiempo... —me miraba a los ojos, buscándose en el reflejo de mis pupilas— que me siento como si por fin pudiera ser feliz.

—¿De qué hablas? —le interrumpí.

—Antes de encontrarte en el pub hace seis años, estaba tan perdido que no quería vivir.

Decir que me sentí compungida era quedarme corta. Ahora que sé su historia, está claro que se sentía muy unido a su madre. Supongo que fue un shock cuando le dije el nombre de, por entonces, mi hija Ivette.

—Es dulce y macabro —solté.

—¿Cómo dices? —Chris alzó una ceja, algo extrañado por mi comentario.

—Sí, claro, piénsalo —me sostuve un momento—. Perdiste a tu madre para acudir después al pub donde nos reencontramos… para engendrar a Ivette.

—La palabra sería satírico, ¿no crees?

—También.

—Pero me gustaría saber una cosa —me besó en la frente con el último acorde de la canción, con el susurro final del te quiero de Álex Casademunt—. ¿Por qué escogiste Ivette como nombre para nuestra hija?

Nuestra. Qué bonita suena esa palabra cuando él la dice desde la espontaneidad.

Me encogí de hombros. Seguro que no tiene nada de mágico. Me parecía más una sutil coincidencia que quedaba como la guinda de un pastel.

—Quizás nunca lo sepamos —acerté al añadir.

—Ahora sí que quiero conocer a tu familia —la miel de sus ojos brillaba como en una cuchara, de la emoción, de su sugerencia.

Yo le abracé de la cintura y apoyé mi cabeza en su pecho, escuchando su corazón. No solamente estaba mi familia, incluyendo a mis amigas; sino que también estaban los chicos del trabajo: José, Pablo, Louie y Erika.

—¡Hay que decirlo en la oficina! —le miré comprometida con la verdad—. Decírselo a José, a Pablo, Louie y Erika. Para que no se sorprendan.

Chris rio con espontaneidad. Al parecer había contado un chiste sin saberlo.

—José lo sabe desde que yo me di cuenta y se lo dije —se llevó un dedo a la ceja, ese tic de pensar las cosas que le caracteriza—. Y Pablo lo habrá dado por sentado. De Louie y Erika, supongo que los otros se lo habrán dicho.

—¿Desde cuándo? —me aparté un poco.

—¿Qué?

—¿Desde cuándo lo sabes? —ya no me sentía cómoda en sus brazos.

—¿De qué hablas? —Chris era incredulidad pura.

—¿Desde cuándo sabes que yo soy también la otra? —me sentí frustrada.

Chris se sorprendió por mi gesto de zafarme de sus brazos. Intentó tomar de nuevo mis manos, pero aparté la mano que me quería coger.

—Mi corazón me decía que siempre fuiste tú...

—¡Chris, coño, responde!

A ambos se nos estaba empezando a humedecer las retinas. Chris se llevó la mano a las cejas, su gesto de concentración; esta vez abarcaba ambos ojos con la misma mano desde el puente de la nariz.

—Creo que fue en Seúl —su voz era casi imperceptible a tres metros, y la música empezaba a martillear con el estribillo de ultra balada.

—¿Me estás diciendo que hice el ridículo con Macarena, incluso allí?

—¿Qué? —extendió los brazos—. ¡No! —tragó saliva—. ¡Yo nunca te haría eso, Avery!

—¡Se burló de mí, Chris! —me aparté de él un poco más—. ¡Me llamó sustituta!

—¡No lo eres! —se intentó acercar a mí—. ¡Siempre has sido mi diamante, Avery!

Ese adjetivo con forma de piedra me acabó colmando la noche:

—¡Deja de llamarme diamante, joder! —me acerqué a la torerita que dejé sobre una silla y que había traído colgada del brazo por el calor que aún regía septiembre—. ¡No soy ni fuerte ni brillante como un diamante! ¡Soy colorida y frágil como el marfil, Chris! —le palmeé por enésima vez la mano que pretendía alcanzarme—. ¡Soy mármol!

Me acerqué a la puerta, y tardé lo que me pareció una eternidad. ¡Qué grande era esa casa!

—¡Me di cuenta en el avión! —Chris me seguía por detrás, seguía mi ritmo de paso, pero no se paró—. ¡Antes de despegar!

Me paré en seco. Recordaba que ambos nos habíamos dejado llevar por lo desinhibidos que estábamos por la embriaguez. Pero no recuerdo haber hecho nada al respecto.

—¿Cómo?

—¿Eh?

—¿Cómo te diste cuenta? —pulí la pregunta.

—Porque sin sentirme ofendido, me pediste disculpas —tomó aire profundamente—. Al igual que hace seis años.

Chris no me vio fruncir el ceño. Yo seguía dándole la espalda porque hice lo que mejor se me daba por genética: calcular.

—Pero podías haberme dicho que te llamabas Christopher mucho antes —giré la cara para mirarle desde el hombro—. Doce días desde que te diste cuenta. Tres semanas desde que firmé el contrato. Un mes desde que te presentaste como el gran C.E.O. Evan Osborne para comprar la empresa en la que yo trabajaba.

No contestó. Se limitó a quedarse plantado en el descansillo del zaguán, mirándome con la frustración de un niño sin argumentos para quejarse, pero con los ojos inundados a punto de rebosar.

Dos pasos más y cerré la puerta. No quise dar un portazo porque estaba más frustrada que enfadada.

Si él se había dado cuenta por mi manera de disculparme, era porque era algo demasiado obvio. Si era tan evidente, ¿por qué no me había dado cuenta antes? ¡Me di cuenta del beso en el pelo, por favor!

Menos mal que aún había transporte público para ir a casa. Cuando llegué, me desvestí como pude y me desmaquillé con agua micelar en el baño. Me puse el camisón de seda azul violáceo que cogí por inercia y me dejé vencer por la gravedad en la cama.

Llorando, me quedé dormida pensando en lo agotador que había sido ese jueves.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.