Thrice

Capítulo 55: No tientes al destino

Lo cierto es que no quería dormir. Mi cabeza parecía agua para esterilizar chupetes, de lo que me hervía. Pero el cansancio pudo conmigo, al final.

Un extraño viernes. Lola e Izzy llevarían a Ivette a clase, ya que acude al mismo colegio que David.

Me preparé una taza de café con leche, y le eché una cucharadita del cacao soluble de Ivette, aparte del azúcar de siempre.

Con la taza en las manos, me senté en mi sitio de siempre. Miré el asiento de mi hija. Me hacía falta su ternura en este momento. Miré el tercer lugar, ese que nadie usa en la mesa de la cocina, porque cuando vienen visitas, usamos la mesa del salón.

Ese asiento ya tenía nombre. El del hombre que había llenado mi corazón desde hace dieciocho años sin saber que, cuando le volví a ver, era otra vez él.

Involuntariamente, empezó a cristalizarse mi vista y no pude parar de llorar. ¿Si los tres eran el mismo, por qué me dolía tanto no haberme dado cuenta?

Con lo que le habrá costado encontrar un adjetivo para la manera con la que me ve; voy yo y se lo desmiento de una manera tan brutal. Pero yo no soy ningún diamante. No soy dura, solo me defiendo. No soy brillante, solo soy algo suspicaz. Y con él, ni eso.

Porque eso es otra cosa: me enamoré de Evan, independientemente de Christopher. Para que, pensando en él como si fueran dos personas independientes, me distrajera de darme cuenta de que ambos eran el mismo. ¿Tiene sentido? Creo que no. Y que estoy intentando echarle la culpa a él.

Me di la vuelta y apoyé las lumbares en la mesa de la cocina. Llamaría por teléfono. ¿A quién? A todos, por supuesto. Empezaría por Cassidy, Nora... Después, con llamar a Lola o Izzy, la otra lo sabría.

Marqué a Cassidy.

—Hey, sister, ¿puedes hablar?

—Sí, dime —contestó con un poco de vehemencia.

—Estoy mal —rompí a llorar otra vez.

—Avery, ¿quieres que vaya a tu casa, ahora? Estoy a tres minutos.

—Necesito más a alguien que me escuche, pero un abrazo Castro tampoco lo rechazaría.

—Voy para allá.

Cassidy colgó y en cuatro minutos estaba abriendo mi casa con las llaves que le di en caso de emergencia.

—Avery, ¿qué ha pasado? —vino directamente a abrazarme.

—¿Sabes que estoy enamorada de mi jefe?

—Ostias, Avery, ¿él te ha hecho algo?

Negué en su hombro.

—No es eso, exactamente.

—Pero algo te ha hecho —Cassidy se iba enfadando.

—¿Sabes qué? —aspiré un poco el llanto—. También es Christopher.

Cassidy se apartó de mí para mirarme a la cara.

—¡No fastidies! —parpadeó—. ¡Parece una broma!

—Pero es que hay más...

—Espera, ¿es el crío de cuando éramos pequeñas, ese de la biblioteca?

Afirmé con lentitud.

Cassidy me abrazó con alegría, como si fuera algo bueno, pero cayó en la cuenta de que mi semblante no era de felicidad.

—Pero, Avery, eso es bueno, ¿verdad?

Una sonrisa quería aparecer en mi rostro y apenas subí una de las comisuras. Luego recordé ese tiempo que pasó después de que él se diera cuenta… y se esfumó.

—Él se dio cuenta al momento de regresar desde Seúl. Ya sabía que nos encontramos hace seis años.

—Mira, Avery; tú y yo vamos a sentarnos en el sofá y me lo cuentas despacio.

Así hicimos. Fui relatando poco a poco lo que había sido de anoche. Mi hermana, poco a poco, suavizaba la ternura cuando le hablaba de mí y suavizaba su enfado cuando le hablaba de Chris.

—¿Y bien? —me restregué las lágrimas con un pañuelo.

—Quitando el hecho de que, después de esto, parece que le conozco un poco —Cassidy parecía debatir consigo misma—. No me parece tan malo, el hecho de que te lo haya ocultado.

—¿Qué? —no me podía creer lo que estaba oyendo.

—Me explico —se posicionó en el sofá, como si se hubiera sentado torcida o algo así—. Él sabía que te debatías entre Christopher y Evan. Te dejó descubrirlo por ti misma, y eso, Avery, no es malo.

—¡Me podía haber dicho su nombre completo, joder! —mi ira hablaba por mí.

—Ante eso, yo que tú, preguntaría si otros compañeros saben su nombre completo. Quizás no sea tan importante, después de todo.

Cassidy tenía razón. Todas las personas son libres de escoger qué cara le muestran al mundo.

—Quizás me haya pasado un poco —admití con un hilo de voz.

—Solo un poco —me respondió con una sonrisa—. Pero, oye, que si sigues dudando, le puedes preguntar a Lola o a Isabel.

—Las iba a llamar de todas maneras.

Cassidy me gesticuló para que lo hiciera ya, delante de ella. Llamé a Lola.

—¿Lola, puedes hablar?

—Dime, Avy, ¿qué necesitas?

—¿Está Isabel contigo?

Tardó un poco en contestar.

—Avery, ¿qué pasa? —lo notó.

—Hola, Lola, Cassidy al altavoz —soltó mi hermana.

—Ah, vale. Hola, Cassy —dudó y prosiguió—. Isabel está durmiendo, pero si quieres, la despierto.

—No hace falta, está bien así —le dije.

—Pues tú dirás.

—Ante todo, gracias por cuidar de Ivette esta noche —tomé aire para contárselo—. La cita con Christopher salió... —busqué otro adjetivo pero no pude—. Rara.

Cassidy me dio un leve codazo. ¿Acaso no era un adjetivo adecuado?

—Al parecer, Christopher es Evan Osborne, también —Cassidy se adelantó por la izquierda.

—Vale, ¿y?

—¿Lo sabías? —preguntamos al teléfono, Cassidy y yo, a la vez.

—Isabel lo adivinó el sábado, cuando le conoció en tu casa —su vehemencia me abrumaba—. Ya te he dicho que estás viviendo una novela, Avery. Es tu sino.

Y Lola, al otro lado, se echó una buena risotada a mi costa.




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