Yo me sentí burlada. Era una sensación que no le gusta a nadie en absoluto.
—¿Te crees que estoy en Gran Hermano, o algo por el estilo? —contesté irritada.
—Ahora mismo, yo diría que estás en La isla de las tentaciones —volvió a reír—. ¿Verdad, Cassy?
Mi hermana estaba en Babia.
—¡Cassidy! —le codeé.
—¡Perdón, estaba pensando! —se sacudió.
—¿Eh?
—¡Avy, cuidado con las ideas de Cassy, que luego te mete en líos! —comentó Lola desde el altavoz.
—¡Oye! —se quejó Cassidy.
—Bueno... —me sequé las lágrimas que aún tenía por la cara—. Dispara.
—Recordando algo —inició Cassidy.
—Vale.
—¿Y? —preguntó Lola.
—Si ato cabos, quizás averigüe algo...
—¡Cassidy, al grano! —exigió Lola.
—Creo que yo tengo la clave.
—¿De qué hablas? —pregunté.
—No sé cómo explicarlo —se sinceró Cassidy.
—Empezando desde el principio, por ejemplo —aclaró Lola desde el teléfono.
—¿Te acuerdas de tu príncipe?
—Sí, claro. Christopher Evan Osborne se llama, ¿y qué? —solté.
—¿Qué? —Lola se sorprendió—. ¿En serio?
—¡Lola! —la regañé.
—¡No, en serio! —describirla sorprendida era quedarse corta—. ¿También es el niño que compartió el libro contigo?
—¿Puedo seguir? —pidió permiso Cassidy.
—Sí, perdona, Cassy, pero vamos, que estoy flipando, que lo sepáis —Lola paró.
—Sí, ya... —Cassidy sonrió a medias—. Ahora va a crecer un poquito más ese flipe que dices que tienes.
—¡Sigue! —le exigí a mi hermana.
—Tú estabas con él, sentada a la mesa y con el libro entre las manos —Cassidy hizo el gesto de abrir un libro—. Yo estaba en el mostrador, coqueteando con el hijo de la recepcionista; pero tampoco te quitaba ojo a ti.
—Lógico si eres la mayor, Cassidy —comentó Lola—. Continúa.
—Recuerdo a una señora muy guapa. Era de piel oscura.
Yo alcé la ceja. No sabía por dónde quería ir mi hermana.
—No te sigo —solté.
—Habló en un francés muy europeo. Me costó entenderla, aunque eso es lo de menos.
—Tú no has sido mucho de idiomas, Cassy —ironizé—. ¿A dónde quieres ir a parar?
—Es que después de lo que has dicho, tiene aún más sentido.
—Cassidy, no divagues —le advertí.
—Pretendo ordenar mis ideas, Avery. Espera un poco.
Yo me crucé de brazos. Lola, al otro lado del altavoz, intentó ayudar.
—Cuando estabais en la biblioteca, llegó una señora de piel oscura, a la que viste porque estabas en la recepción, vigilando a tu hermana —resumió Lola.
Yo me eché la mano a la frente y suspiré.
—Pidió que le entregaran a su hijo, y tú te quedaste sola.
Mi cara se volvió cerúlea. No podía creer lo que intentaba decir Cassidy. ¿Estaba hablando de Ivette Fontaine, la madre de Chris?
—La madre del chico, okay —Lola cayó después—. ¿Era la madre de Christopher?
Cassidy afirmó en silencio, pero prosiguió:
—La mujer de la biblioteca dijo el nombre de la señora. Me pareció curioso que hablara en francés, y se quedó como eco en mi cabeza.
—¿Ivette Fontaine?
—¡Justo ese nombre dijo! —Cassidy me volvió a tomar de las manos—. El chaval acudió —se tomó un respiro—. “¿Eres el hijo de Ivette?” le pregunté, y afirmó con la cabeza.
—Esa es la pregunta que hizo tu sobrina a Evan, cuando le conoció; cuando yo aún no sabía nada —comenté en un hilo de voz.
—Cassy, tú tomando el rol de vuestro padre, ¿quién me quiere robar a mi hija, eh? —se intentó burlar Lola, pero no sonó como pretendía.
—Eso no es lo que quiero decir —Cassidy me miraba a los ojos.
—Vale —acepté.
—Cuando mamá nos fue a buscar a las dos, yo te comenté el nombre de pasada...
—Y me pareció un nombre tan bonito, me gustó tanto que años más tarde se lo puse a mi bebé —terminé la frase de Cassidy con lo que yo ya sabía, y que hizo que todo encajara.
—Avy, guapa, si eso no es destino, no sé lo que es —acabó Lola por rematar la faena.
—A ver —retomó Cassidy el cauce de la conversación—. Que yo solo oí un nombre y lo repliqué. Fuiste tú quien se enamoró del nombre para ponérselo a tu hija.
—¿Pero tú sabes, acaso, lo que eso significa, Cassidy? —replicó Lola.
—¡Ilumíname, Dolores! —le contestó Cassidy.
—¡No me llames así!
—¡Has empezado tú!
—¡Chicas! —las frené.
—Si es el destino, te estaba dando la clave para que supieras que ese niño era con quien serías feliz para siempre —Lola se había vuelto loca.
—¿Tú crees que esto es un cuento de hadas? —le recriminé.
—Del siglo XXI, pero sí, es un cuento de hadas.
—¡Mira, ya! —Cassidy se palmeó los muslos y se levantó del sofá—. ¡Es una puta locura!
Lola se jactó.
—¿Pero no te alegras por Avery, o qué?
—¡Claro que me alegro por ella, soy su hermana! —Cassidy daba zancadas como podía en mi pequeño salón—. ¡Pero esto es la vida real, Lola!
—Has de admitir que parece que haya algo de magia en todo esto —comentó Lola con un poco de dulzura.
—Admitiré que es una preciosa coincidencia de tirabuzones marrones y con unos ojos preciosos.
Las tres nos echamos a reír. La pequeña revelación de Cassidy fue un soplo de aire fresco, y su punto de vista me abrió los ojos más allá de mi ego de supuesta persona perspicaz.
Nos despedimos de Lola y colgué la llamada. Cassidy me dio un fuerte achuchón “Castro”, como hacía nuestra abuela cuando éramos pequeñas, y se fue.
Me quedé sola. Pero ya no estaba triste. Estaba expectante.
Volví a coger el móvil y busqué en la plataforma de música esa canción. La reproduje en el móvil y, tras los acordes iniciales, la voz de la gaditana Merche inundó el salón.