Thrice

Capítulo 57: No es ningún cuento

Pensé en lo que esta canción era para mí: la rendición hecha canción. Me parecía cruda y embriagadora a la vez.

Me mecía al son de la música. Merche y Álex Casademunt hacían una bonita pareja. Miré el móvil y me acordé de José. Chris dijo que el secretario ya lo sabía. Me propuse llamarle por teléfono.

—Buenos días, José —empecé cordialmente.

—¡Avery! —seguramente no se lo esperaba—. ¿Pasa algo? —se le oía muy forzado.

—¿Estás con Chris, verdad?

—¿Quieres que le diga algo de tu parte?

No parecía muy forzado a disimular. Quizás estaban cada uno en su oficina.

—Solo quería hablar contigo, José.

—Vale, dime.

—¿Cuándo se dio él cuenta de que yo era ambas Averys?

Hubo un momento de silencio, y contestó:

—Cuando llegasteis borrachos de la fiesta en casa del señor Gracia —como si yo supiera de quién hablaba—. Del embajador.

—¿He cambiado tanto en seis años? —pensé en voz alta.

—No lo sé. Yo ese día le dejé en casa, aunque luego prefirió salir solo y es cuando te conoció —me respondió.

—¡Perdón, José, lo pensé en voz alta! —¿Desde cuándo divago tanto? ¡Ni que fuera Cassidy!—. ¿Por qué no me has dicho nada?

—A ver, guapa, porque no me corresponde a mí decirlo, ¿no crees?

—Al menos, dime si insististe para que me lo dijera antes —supliqué.

—Por mí te lo tendría que haber dicho este lunes.

—¿El lunes?

—Sí, el lunes —oí a Chris llamarle—. Mira, me está pidiendo los documentos de una empresa y resulta que hay dos con el mismo nombre. Te tengo que dejar.

José me colgó.

Al menos, José corroboraba lo dicho por Chris, lo que daba la razón a Cassidy.

Me entraron unas tremendas ganas de abrazar y besar a Chris. Tanto, que volví a reproducir la canción que rescaté del olvido.

Fui a recoger a Ivette al colegio. Quería contárselo.

—Mamá, ¿también hay celos cuando eres como yo? —empezaba fuerte la cosa hoy.

—Pues creo que sí, aunque yo lo llamaría envidia a tu edad.

Ivette siguió caminando de mi mano, mientras se tocaba la ceja como hacía su padre.

—Víctor le ha dicho a David que tiene envidia de no poder estar conmigo en clase.

Me sorprendió. Ese niño es realmente irritante.

—¿Por qué iba a querer ir David a tu clase?

—Pues eso es lo que le he dicho a Víctor —Ivette resopló—, que David es más listo que él, y que eso sería castigarle.

¡Oh, no!

—¿Te acuerdas de lo que dijo David? —me paré y la miré con cara amable, pues este tema es más accesible si lo tuviera que hablar con una niña de doce años—. ¿Qué hace David si le gusta una chica?

—Intentar que le mire.

—Llama su atención, muy bien —me agaché un poco—. Pues parece que Víctor quiere llamar tu atención. Y algo me dice que David también.

Proseguimos nuestra marcha, con el silencio como compañía, hasta llegar al coche. Cuando la enganché a la silla de coche, es cuando rompió a hablar.

—¿Ahora me toca a mí llamar la atención?

—¿La atención, Ivette? —creo que lo entendió mal.

—¿Llamo la atención de David?

Ella nunca dudó.

Yo me reí, negué en silencio, y cambié de tema.

—¿Te acuerdas del cuento de la princesa viajera? —empecé a entonar.

—La princesa que solo quería al príncipe que solamente vio una vez.

—Como sé que eres muy lista y guapa, te lo diré con una pregunta.

—¡Vale!

—¿Sabías que ese príncipe está hecho de plastilina azul?

Ivette levantó las cejas y abrió la boca. Su expresión de sorpresa fue creciendo, hasta que se tapó la boca con las manos, sin haberla cerrado antes.

—¡Ihhh! —empezó a patalear de alegría, y yo aún no había arrancado el coche.

—¿Qué pasa? —me giré sin tocar la llave del contacto—. ¿Y esa alegría, de repente?

—Tú eres la princesa viajera.

Afirmé. Eso era fácil.

—¿Sabías a dónde fui anoche?

—Tía Lola dijo que ibas a buscar a papá.

—¿Sabías que ya le conocemos?

—¡Sí, lo sabía! —si no estuviera atada a la silla del coche, Ivette hubiera dado saltos de alegría—. ¡Mi papá es Evan! ¡Qué guay!

—¿Te cuento algo más?

—¡Vale! —Ivette se puso expectante, y eso me encanta.

—¿Por qué la princesa viajera quiso viajar?

—Porque un duendecillo le enseñó lo grande que era el mundo —se sabía mis cuentos de memoria.

—Pues ese duendecillo era el príncipe, que se quitó la corona para no asustar a la princesa.

Paró su entusiasmo por un momento, tiempo que me dejó a mí para arrancar el coche. Pero tardó poco en darse cuenta.

—¿Me contaste tres cuentos y era solo uno?

—¿Cómo dices? —me descolocó.

—La princesita recibió la visita de un duendecillo que le enseñó lo grande que era el mundo. Cuando es mayor y viaja por el mundo que le enseñó el duende, muchos príncipes quieren que ella se quede en sus reinos, pero solo aceptó el regalo de un príncipe, que no volvió a ver. —Tomó aire y prosiguió—. Y la plastilina rosa y la azul se quitan un trocito para juntas hacer un poquito de plastilina morada...

La vi dudar un poco a través del espejo retrovisor del coche, rascándose la ceja.

—¿Tú eras la princesa viajera, y Evan era el príncipe generoso que se disfraza de duende?

—¡Sí!

Apartó la vista, miró por la ventana de su asiento en el coche, y, como si hubiera tenido una revelación, añadió:

—Tú molas más que una princesa de cuento. No me cuentes historias con otras personas, si te pasan a ti.

Mostraba una sonrisa, pero, pese a decirme aquello, no me miró.

Mi hija me había dado una lección de sinceridad. No podía más que darle a ella también un “Touché”.




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