Thrice

Capítulo 58: La cara de una princesa

Al buscar aparcamiento cerca de casa, la música me jugó una mala pasada: empezó a sonar esa canción. Apagué la radio, en contra de las ganas de Ivette de escucharla.

—Vamos a salir ya del coche, Ivette.

La niña se enfurruñó por una canción mucho más vieja que ella. ¿Qué le pasaba?

Llegamos a casa sin que quisiera dirigirme la palabra. Lo dejé estar, pero en la cena tampoco dijo nada; ni siquiera a la hora de dormir me pidió un cuento, como hacía siempre. Me preocupé.

—Ivette, ¿tanto querías escuchar esa canción?

—¡No, mamá! —se incorporó en su cama—. ¡La canción me da igual!

—¿Entonces?

—¡Era tu cara, que no paraba!

—¡Lo siento, cariño, perdóname! —la abracé.

—Te ponías contenta, luego tonta, después triste, enfadada... ¿Qué le pasa a esa canción?

—¡Al final sí que era la canción! —le recriminé al final.

Desaparecí de su puerta, tomé mi móvil, puse la canción y la dejamos sonar. Intenté ser lo menos gestual posible mientras ambas escuchábamos a la pareja cantar.

Al terminar, Ivette me tomó las manos, como si fuera una persona adulta, y me dijo:

—¿Quieres dormir esta noche con mi muñeca?

Esa pregunta me descolocó.

—¿Qué haría yo con ella? —sonreí por cortesía.

Ivette salió de su cama, tomó la muñeca de 42 cm y me cogió de la mano. Con esa fuerza que tiene, tiró de mí y me llevó a mi habitación. Ivette hizo un ademán para que me sentara en mi cama y ella se puso a mi lado.

—Yo hoy quiero dormir contigo —dijo.

—¿Por qué?

—Al despertar, quiero que me veas.

—¿Crees que estoy triste? —irónicamente, me hizo gracia.

—Creo que la canción te pone triste.

—Puede —resolví—, pero esa canción es importante —miré mi móvil, pensando en Chris—. Sobre todo a tu padre.

A Ivette le llamó la atención ese comentario y comentó:

—Pues podríamos invitarle a comer otra vez.

—Podríamos invitarle a que pase el fin de semana con nosotras —sonreí en rendición—. ¿Se lo pregunto?

Afirmó, y yo tomé el móvil:

<Siento haberme tomado de esa manera el hecho de que me ocultaras así la información. Ivette me ha pedido que pasemos el fin de semana juntos los tres.>

Inmediatamente me respondió:

<Estaba deseando leerte, y sobre todo veros. Tengo el plan perfecto. Os recojo mañana por la mañana, como a las 9. Besos, os quiero.>

—Papá nos viene a recoger a las nueve de la mañana —le informé.

—¿Dónde vamos mañana?

Me encogí de hombros. Lo cierto es que Chris era muy dulce y protector, pero en cuanto a gustos, solo puedo decir que viste impecable y que si le gusto yo, no me quejaré de su gusto en mujeres. He, he, he.

Dormimos del tirón y nos despertamos a las ocho, como si fuera un día de diario. Pero en vez de ir a clase, íbamos con Chris.

Ivette cogió un pequeño atillo que guardaba en un cajón, con los lápices de colores, y lo metió en la maleta en el último momento. Se puso el vestido denim con flores en el cuello que se quedó de lo que le regaló Evan.

Yo metí en la maleta los shorts denim del fondo de armario, y una camiseta de punto. Me apetecía lucir un poco conjuntada con mi hija, y mi instinto me gritaba que Chris también lo haría.

Apareció a las 9 exactamente. Y nos reunimos con él.

Ivette estaba entusiasmada. Me miró con el gesto de pedir permiso y, tras mi afirmación, llamó “papá” a Chris. Mi pecho se llenó de amor verdadero; si hubiese sido un emoticono, sería el que tiene corazones por ojos.

Louie nos ayudó con la maleta, que no pesaba nada, pero así aprovechó para saludar a Ivette, que le chocó el puño encantada.

Llegamos al hangar y, al montar en el jet, Pablo tomó el relevo. Louie se quedó en el coche. Apareció José, nos saludó, y se fue con él.

—¿Dónde vamos, papá? —preguntó Ivette al despegar.

Yo me supuse que iríamos a Barcelona, Valencia, Sevilla... Algún sitio bonito y cercano.

—Donde los sueños se pueden hacer realidad, y una princesa y un héroe pueden ser hermanos.

¿Dónde era eso? Pues está en el país vecino, Francia. Íbamos a París.

—Muy sutil, nombrando Star Wars —le comenté con cariño.

—Las princesas son muy obvias, y la única que no es huérfana en absoluto se pasa la historia durmiendo —estiró la mano y se la tendió a Ivette con confianza y cariño.

Yo, ante sus razones, no pude más que echarme a reír. No es mentira lo que comenta de ese canon en la franquicia.

—Ivette —me dejé llevar por la situación y la intenté focalizar a la intención del viaje—, ¿con cuál de todas las princesas te sientes identificada?

Calló un momento, se tocó la ceja, como cuando ha de pensar algo, como cuando no sabe cómo decir algo:

—Quiero ser el hada madrina.

Me vino a la mente el personaje de 1950, y lo descarté. Después a Bonham-Carter en el 2015, que es mejor, pero algo no cuadraba.

—¿Hada madrina? —se adelantó Chris a preguntarle.

—La princesa que es hada madrina —su sonrisa se amplió—. ¡Asha!

Chris y yo nos miramos. A mí me llegó la imagen a la mente; tardó un poco en llegar, pero lo hizo. Deseo era esa historia, bella y maltratada, que falló por ambición ajena.

—¿No quieres una más conocida? —entonó Chris.

—¡No! —Ivette se llenó de orgullo, y gesticuló cara de sabihonda—. Su mamá es chocolate y su papá era blanco. Y es española, como yo.

Chris y yo nos echamos a reír. Nuestra hija nos había dado una lección con toda la ternura y la observación del mundo. Y eso es algo que solo tu propia prole puede hacer.




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