Llegamos a París sin problema. Apenas fueron dos horas, pero con Ivette y sus comentarios, el viaje pareció durar media hora.
—Hay dos parques —empezó a sugerir Chris—. ¿Queréis ver los dos, o solo uno?
Ivette y yo nos miramos. Al encogernos de hombros, supimos entre nosotras que nos daba igual.
—¿Dónde vamos a dormir? —acerté a preguntar.
—Dejadmelo a mí —Chris puso su cara más orgullosa y pícara.
Mientras él hacía varias llamadas, Ivette se acercó a mi maleta y la abrió. Lo hizo con cuidado, pero el hecho de que Chris pudiera ver el interior me dio bastante pudor. No me gustó que mi hija me expusiera de esa manera. La niña agarró el paquete que había metido y cerró la maleta. Creo que Chris, al final, no miró.
—Mamá, ¿me haces lo que lleva Asha? —Ivette me tendió el pequeño paquete.
Abrí el envoltorio. Era su estuche de pinzitas, horquillas de colores y gomitas del pelo. ¿Ese personaje no llevaba trenzas?
—Trenzas no te voy a hacer —le advertí.
—Esto solo —dijo, separando el pelo desde la sien izquierda hacia atrás.
Me pareció bien. Separé mechones y los retorcí para sujetarlos con pinzas de mariposas.
—Como hoy es sábado, los fuegos artificiales son a las diez de la noche —nos informó Chris. Miró un momento a Ivette—. ¡Ok, ya sé qué película es!
Ivette nos iluminó con su sonrisa. Chris no me dejó pagar mi entrada siquiera. Esperamos veinte minutos para pasar el torniquete y ya estábamos en el parque del ratón.
Ivette quiso el disfraz de hada madrina. No pudo esperar para ponerse el vestido morado con rosas dibujadas en la falda. También se lo compró Chris. Es lo que tiene que tu padre sea un CEO.
Mientras Ivette corría alrededor nuestra —si no se separara más de dos metros, estaría bien— yo quise saber cosas de él.
—¿Te acuerdas por qué te acercaste a mí con trece años? —le sonreí, curiosa.
—Quería leer el libro que estabas leyendo.
Me enderecé y resoplé. Me esperaba algo más.
—¿Solo eso? —miré a la niña.
—¿Qué esperabas? —Chris se paró y me miró con dulzura—. ¡Es el motivo por el que me acerqué!
Eso último denotaba que no lo había dicho todo. Esperé expectante a que prosiguiera.
—Tú lo estabas acaparando, y fue tu manera de exigir tu turno lo que me impulsó a quedarme a leerlo contigo —Chris alzó las cejas—. Ya desde entonces me pareciste una chica muy dura, por la forma de hacerlo; y brillante por cómo te expresaste.
—Y como no te dije mi nombre, me empezaste a llamar diamante —corroboré con vehemencia.
—¿No te gusta que te compare con el mineral más duro conocido por el hombre?
—Me considero más como una pieza de mármol, que se usa para esculturas, pero que pese a usarse para ornamentación, es débil frente a otras piedras calizas y a la acidez del tiempo —soné más autoexigente que descriptiva.
Chris me tomó la mandíbula y me besó dulcemente:
—Los diamantes también son frágiles, pero solo frente a otros diamantes —Chris me volvió a besar—. Y tú para mí eres un diamante. Las tres veces lo fuiste.
Ivette se acercó y nos tomó la mano. Quería ir a la atracción de asientos giratorios: las tazas.
Según esperábamos la cola, Chris no se había quedado satisfecho:
—Avery, no me has dicho la razón por la que me llamabas príncipe —Chris rió.
Ivette alternó su vista entre nosotros y se rió a nuestra costa.
—Ibas muy arreglado, para estar en ese lugar y hablar tan pulcro el español. Parecías al menos de la nobleza.
Abrió mucho los ojos y se quedó cortado.
—¿Parecí pedante? —hizo una curiosa pregunta.
—No, todo lo contrario. Resolutivo —lo recordaba perfectamente.
—Pues yo, a mí mismo, me recuerdo como alguien que no quería acercarse a nadie, pero tu respuesta me bajó de los altares en los que yo me creía.
—No os estoy entendiendo muy bien —nos devolvió Ivette a la actualidad.
—Papá y mamá se conocieron cuando tenían trece años —intentó resolver Chris.
—Eso lo sé, papá —Ivette estaba tan atenta a las tazas giratorias que ni le miró.
—¿Qué palabras no has entendido? —acorté la cosa.
Nos tenía cogidos de la mano, a ambos, y, sin embargo, aún le quedaba espacio para señalarlos con el dedo índice, según lo enumeraba:
—Pulco, nobeza —me señaló a mí—. Pedonte —señaló a Chris—. Resolutivo —volvió a señalarme—. Y la frase entera de papá que dijo después.
Poco a poco fuimos explicándole nuestro encuentro y nuestros distintos puntos de vista. Justo para que por fin nos tocara el torno de entrar a la atracción.
Nos sentamos en la misma taza. Se supone que habría que usar el volante central para dar vueltas de rotación, pero si no lo haces, acabas girando también. Aun así, los tres tomamos parte con el volante.
La sensación de familia —esa misma que me reclama al ver el tercer asiento vacío en la mesa— estaba plenamente llena.
Ivette disfrutaba, reía y chillaba. Chris se veía feliz. Yo estaba pletórica. Éramos una familia, llena y feliz.
Salimos de la atracción algo mareados. Debimos de haber dado las vueltas más en un sentido que en el otro.
—¿Queréis montar sobre elefantes voladores, o preferís jugar en el laberinto? —preguntó Chris al recuperar el equilibrio.
Ivette y yo nos miramos, divertidas, y respondimos al unísono:
—¡Alicia! —Y ambas señalamos al laberinto.