En la puerta había un cartel que rezaba: Attraction ouverte de 10h à 12h et de 17h à 20h pour maintenance.
—¿Por qué está la puerta cerrada? —recalcó Ivette.
Chris posó su mano en mi hombro y señaló a nuestra izquierda. Nos dirigimos allí y el laberinto estaba abierto. Ivette se alegró mucho.
—Lo que está cerrado es el castillo de la Reina de Corazones —nos corrigió Chris.
—¿Cómo lo sabías? —pregunté.
—Mi contacto tiene un bono anual. Se lo conoce —contestó Chris.
Ivette corrió hacia delante. Quise llamarla para que no corriera, pero al parecer se cruzó con un par de niños que iban al mismo sitio y se adentraron juntos en el laberinto.
—Estará bien, es un sitio pequeño —intentó tranquilizarme Chris, aunque se le oía más preocupado que yo.
—Sí, ya...
Me apresuré a buscarla, pero ya no la vi. Chris me siguió; él se fue por un lado, yo por otro. La llamamos a voz en grito, y ella respondía riendo, hasta que, siguiendo sus risas, nos encontramos de nuevo.
—¿La encontraste? —preguntó Chris.
Negué con la cabeza.
—¿Y tú?
La respuesta era obviamente negativa.
—Ji, ju, je... —oímos su risa detrás de la estatua de una carta de la baraja francesa.
—¡Ivette! —la descubrimos a la vez.
—Me gusta jugar al escondite con los dos —hipó entre risas.
—Eso lo puedes hacer en casa, pero aquí es un poco peligroso —Chris intentaba no parecer ni preocupado ni autoritario. Le salía medianamente bien, pero yo le notaba muy alterado.
Ivette extendió los brazos hacia su padre para que la aupara, y tras hacerlo, le abrazó fuerte.
—Os quiero mucho —Ivette me miraba desde el hombro de Chris—. Y os quiero juntos, pero no quiero poneros tristes.
Nos desarmó.
—No es tristeza, es preocupación —le aclaré—. Pero eso ahora se arregla comiendo algo rico. ¿Miramos qué cuento hay cerca para comer platos de su película?
Ivette sonrió, afirmó con la cabeza, y con el mapa en las manos, busqué la zona del parque en la que estábamos.
Caminamos según la marcha y acabamos en el restaurante del Rey Sapo. Comimos su especialidad de fish and chips, de las que el londinense quedó encantado. Y proseguimos nuestra ruta.
Ivette se asomó al vuelo de Peter Pan y no le gustó la cara de la gente que salía de la atracción. A continuación, corrió a ver al pirata roquero.
Una hora más tarde, estábamos rumbo a una montaña rusa infravalorada que mostraba la ambientación de la lucha en la Segunda Guerra Mundial y un buscador de reliquias. A Chris y a mí nos gustó más que a Ivette, porque la cuidada ambientación aún no la entendía.
Estuvimos paseando por la zona de Aladino, y nos gustó mucho el mural de la princesa montando en un caballo por el aire. Nos fuimos a cenar pizza en el restaurante de algún coronel y, pasadas las ocho de la tarde, precintaron los alrededores del castillo central del parque con motivo de los fuegos artificiales.
Esperamos al espectáculo de luces y artificios, y fuimos al hotel, al mismísimo hotel que había en la puerta. El día se me había hecho corto hasta la extenuación.
Estábamos llegando a la puerta de la habitación compartida, cuando me lo cuestioné y así se lo hice saber a Chris:
—Why choose Paris for a weekend together, if we could go closer to home?
—With you, anywhere is fine! —su respuesta estaba llena de ilusión, pero sobre todo, de amor.
Lo cierto es que se lo pregunté en inglés para que me dijera lo que Ivette no debiera oír, y eso le hubiera encantado. Pero la niña estaba muy a gusto en los brazos de su padre; tanto, que se había quedado dormida.
—Avec toi, tout va bien! —le comenté mientras le quitaba la llave de la mano para abrir yo.
Me tomó por la nuca, para girarme y plantarme un beso. Aun cargando a Ivette en brazos. Me subió todo: el rubor, el calor y, sobre todo, el ego.
Le hubiera desvestido en ese momento, pero obviamente, no era el momento.
Pasamos a la habitación, con toques morados, violetas, maderas y dorados. Era la única que les quedaba para dos adultos y un niño. Al parecer, había acudido la élite de una escuela londinense privada. De todas formas, la habitación era perfecta.
Ayudé a Ivette a ponerse el pijama en su estado de duermevela, y se quedó en el centro de la gigantesca cama. Tanto Chris como yo nos pusimos nuestro pijama y nos recostamos, cada uno a un lado de la niña.
—Siento no haberte dicho mis sospechas —comenzó a susurrar Chris.
—No te preocupes, Chris. Pretendías que lo descubriera por mí misma —alargué la mano y entrelacé nuestros dedos.
—Supongo que eso también será —rió bajito—, pero siempre fui muy inseguro al proceder, aunque mi instinto siempre me decía que eras tú.
—¿Yo, quién?
—Cuando te presentaste en mi oficina, tras adquirir tu empresa —Chris se giró levemente, mirando al techo de la habitación. Se asomó una sonrisa en su cara al recordarlo—. José, casi le dejó cojo —frunció el ceño con diversión, cerrando los ojos—. “Avery Barnaby, Señor Osborne, mi nombre es Avery Barnaby.” Y de la rabia, al levantarme de la mesa, empujé la mesa hacia arriba, derribándola y tirándola a escasos centímetros de los pies de José.
Me llevé la otra mano a la cara para taparme la boca. La escena cobraba vida en mi mente de manera vívida.
Lo siento, José, pero hubiera sido divertido verlo.