Desperté el domingo completamente despejada. Había dormido de una tirada; mi camisón seguía intacto, lo que daba fe de ello.
En cambio, me encontré con las manos de Ivette agarrando la mano que yo tenía entrelazada con la de Chris, como si del edredón más cómodo del mundo se tratase.
Me di cuenta de que Ivette, probablemente, se habría despertado por algo, y al volver a la cama, tomó nuestras manos cruzadas y se las puso encima. Y tras eso, se quedó dormida.
Ahora era yo la única despierta de los tres.
Me quedé mirando las facciones perfectas de Chris. Caí en mis recuerdos y me di cuenta de que la sonrisa canalla es la que me enamoró con trece años, y que me llamó la atención el nacimiento de su cabello tras sus sienes, como si sus rizos escribieran letras minúsculas.
Cuando le conocí como Christopher, era un hombre atractivo, pero esa tristeza que quise apaciguar es la misma que transmitía cuando pensaba en el aniversario de la muerte de su madre. Siendo esas fechas, aniversario del mismo fatídico hecho.
Definitivamente, esos detalles se ven mejor en las vidas ajenas que en la propia. Suspiré y sonreí.
Unos ojos miel se abrieron solo para mí.
—Me sentía observado —comentó.
—No sé de qué me hablas —le sonreí con un poquito de picardía.
—Según el sol de la mañana, tus ojos son casi blancos. Es puro musgo.
La dulzura de su frase desarmó la picardía coqueta que pretendía jugar como baza. Pero pronto me recompuse y ataqué con el mismo método.
—A contraluz, tu piel parece un chocolate más puro. Te sienta bien ese sabor —le respondí.
Su gesto indicaba que le debió parecer irónico mi comentario. Rió levemente y dijo:
—Sabiendo que prefieres los sabores fuertes a los dulces, me tomaré eso como un cumplido.
¿Pretendía hacer una broma? ¡Y sin perder la compostura de las manos entrelazadas! ¡Qué crack!
—¡Tengo hambre!
Nuestra vista se cayó entre nosotros y fue a parar a esa cachorra que se cubría adrede con nuestras manos como si fuera el borde de una manta.
—Para ir al restaurante, habrá que vestirse —Chris separó su mano de la mía, besó a Ivette en la frente y se levantó de un salto.
Ivette soltó mi muñeca y ambas salimos de la cama.
Saqué la ropa que había preparado para las dos y le di a mi hija la suya.
—El vestido que te compró papá —comenté.
A la última palabra, Chris se dio la vuelta y nos miró con sorpresa y esperanza. Después miró el vestido de Ivette, que yo había puesto sobre la cama.
—¿Azul? —algo le hizo gracia—. Me gusta la idea.
—Ivette, vamos al baño —ordené.
Nos fuimos a cambiar de ropa en el cuarto de baño. Por mucho que me apeteciera ver el torso esculpido de Chris, mi deber como madre estaba por delante.
Ivette observó la ropa que me iba a poner, me miró y sonrió.
—Vamos casi iguales —rió la niña.
—¿Iguales? —ironicé con la palabra escogida—. Yo no voy a llevar un vestido, ni siquiera es todo azul.
—Es el mismo azul y yo también llevo rayas —me respondió orgullosa.
—Las filas de volantes no se consideran rayas —le corregí con diversión.
Me sacó la lengua y se fue a la habitación.
Yo me vestí con la camiseta de punto y los shorts denim que ya había escogido en casa, y me incorporé a los demás en la habitación.
Chris estaba realmente atractivo con su pantalón vaquero blanco y un polo azul vaquero con los dos botones desabrochados, que dejaban ver parte de lo que ya vi en Shanghái.
Estábamos saliendo de la habitación y caí en la cuenta: realmente íbamos conjuntados. De blanco y vaquero. Y he de decir que estábamos para hacernos una postal.
—Si queréis, podemos empezar por el tren que rodea el parque —sugirió Chris.
—Me parece bien, pero antes habrá que desayunar —puntualicé.
Acudimos al restaurante a desayunar. Nos pusieron unas ricas tortitas americanas con forma de cabeza de ratón. Ivette me pidió cortarlas antes, alegando que no se quería comer a “Mickey”, y lo tuve que desvirtualizar para que la niña se las pudiera comer.
Chris pidió una gran French Toast, que también tenía la misma forma que las tortitas, y aun así, tuvo el descaro de reírse por la forma deforme de su desayuno.
Accedimos al parque por el acceso exclusivo del hotel y nos dirigimos al tren periférico. Fue descansado, y una amena forma de acercarse a las distintas partes del parque. Dimos casi la vuelta entera y nos bajamos en la zona galáctica.
—¡Quiero las bolas del fondo! —señaló el orbitrón.
—¿Probamos otra más cercana antes? —me parecía muy lejana para ir a esa atracción la primera del día.
—¿Realidad aumentada? —sugirió Chris, señalando a la derecha.
Procedimos a entrar. Nos cruzamos con gente encantada, incluso niños. Solo hubo un adolescente que dijo en francés que era el mismo video que el año anterior.
Salimos encantados, incluso Ivette, que no había visto la saga máter, comentó que lo de viajar así parecía más divertido que mi trabajo. ¡Qué inocente!
Continuamos caminando y, aparte de bonitas fachadas, no había ninguna entrada a atracciones a la vista, hasta llegar al capricho de Ivette.
Entramos y eran como naves espaciales de las que veías por los años 70. Se podían manejar con un mando, y eso era un punto a favor, pero no dejaba de ser una atracción para dar vueltas.
Al salir, me fijé en un vallado justo en frente, y nos acercamos. Era un restaurante de comida rápida, pero de grandes dimensiones.
—Continuemos —pedí, señalando una atracción donde enunciaba luchar contra un tal Zurg.
Y ya dentro, nos pusimos a disparar. Irónicamente, Ivette tomó los mandos y fuimos el vagón con mejor puntuación.