Thrice

Capítulo 62: Sentirse una princesa más

Al salir, nos dirigimos a la plaza Discovery. Desde allí, Ivette vio a un trabajador del parque disfrazado de pícaro aventurero.

—¡Eugene, Eugene! —Ivette corrió hacia el actor y nos pidió una foto con él.

Chris la hizo, pero el actor que interpretaba al personaje hizo un gesto al fotógrafo profesional que había con él y le comentó, en un pulcro francés parisino, que tomara la foto con la familia al completo por si luego queríamos comprarla.

Vimos que el momento fan de Ivette nos había llevado al pie del escenario al aire libre, y por no andar lo pisado, seguimos adelante.

Justo al dejar el escenario a nuestra izquierda, pudimos ver un pozo, como el de Blancanieves o el hada de la que se disfrazó ayer Ivette. Le hicimos una foto simulando que pedía un deseo tirando una moneda al pozo.

Tras el pozo de una princesa, tocaba ver el castillo de otra. Entramos por una pasarela que parecía un escenario medieval por sí solo.

Un charco verde del que salía humo o vapor seco, con una rana bajo el agua, nos daba la bienvenida para subir y ver las famosas vidrieras. Pudimos ver los tapices, que no eran ya tan conocidos, terminando de narrar la película.

Al salir del local —o museo, no sabría claramente cómo llamarlo— vimos al final un carrusel de caballitos. De camino, vimos la estatua de una espada clavada en la piedra.

Pero el hambre empezaba a causar estragos, y vimos el restaurante de Cenicienta a la derecha. Menú sencillo para compartir, muy rico.

Tras el carrusel de caballos rubios, nos topamos de frente con las tazas giratorias de ayer.

—Si vamos a la izquierda, haremos de nuevo el recorrido de ayer —Chris señalaba en esa dirección—. ¿Vamos a la derecha?

—¿Qué hay por ahí? —pregunté mientras sacaba el mapa para mirarlo—. El pabellón de las princesas y “el mundo es un pañuelo”.

—¿Cómo? —Chris rió.

—Bueno, a ver, la expresión española se traduce al inglés con el nombre de esa atracción —me encogí de hombros. Yo hablaba inglés en casa desde siempre, pero había tantos acentos distintos que preferí hablar en español diariamente, acabando por contagiar a mi familia. El hecho de que mi madre sea medio sevillana ayudaba.

Chris me tomó el mapa y lo leyó:

—¡El mundo es pequeño! —dobló el mapa—. ¿De dónde te has sacado el pañuelo? —ironizó.

—Obviamente, del español. Es la expresión que se dice cuando te encuentras a la misma persona varias veces, en distintas situaciones y distintos contextos; y aun así te la vuelves a cruzar.

—It’s a small world! —anotó Chris.

—¡El mundo es un pañuelo! —le respondí sonriendo.

—¡Bendito pañuelo! —me iba a besar, pero cayó en la niña y acabó abrazándome por los hombros, para besarme en la mejilla.

—Mamá, papá, ¿tardaremos mucho en ver a las princesas?

—Mi amigo Jean Francis me comentó que solo hay una, que suele haber más de una hora de cola y que te dan la foto firmada por la princesa con la que salgas —mucha información dio Chris.

—¿Quieres alguna princesa en especial? —le pregunté a Ivette.

—Me gusta Asha. Rapunzel y Tiana, algo menos —informó.

—Pues vayamos a ver princesas —Chris extendió el brazo en esa dirección.

Llegamos al pequeño pabellón de princesas y la decoración era exquisita. Vidrieras de los castillos y cristaleras independientes de los objetos clave de cada película nos acompañaban en la cola de espera.

Tardamos más o menos el tiempo que había predicho el amigo de Chris, y al llegar, vimos cómo se turnaban con el relevo: se iba la princesa del cabello largo, para llegar la princesa de las ranas. Así que nosotros fuimos los primeros en hacernos la foto con Tiana.

El equipo al cargo instó en hacer una foto con la niña primero, y después una con la familia entera.

La postal quedó muy bonita; pero ni la actriz ni Chris se veían cómodos del todo.

Al salir, vimos que ya eran las cinco y media de la tarde y se acercaba la hora de irnos. Pero la cara de los otros adultos de la foto me hizo preguntar:

—¿Conoces a la actriz que hace de Tiana?

—¿Tú dirías que se parece a mí? —estaba extrañado.

—¿Eso crees? —me paré.

—Ella tiene la piel más oscura que papá, pero tiene la sonrisa parecida —respondió Ivette por todos.

—Mi padre se desvinculó de su familia cuando decidió montar una firma de saneamiento empresarial —sonrió con pesar—, porque al parecer, eran familia de predicadores y cantantes de góspel.

—¿Podría ser familia tuya? —pregunté.

Chris se encogió de hombros.

—Pues si lo es —dudó un momento—, la habrán expulsado de la familia, como hicieron con mi padre en su día.

—Me sabe mal que nos vayamos así, sin siquiera preguntar —comenté.

—Pero están obligados por contrato a mantener su papel o pueden ser sancionados —puntualizó Chris.

—¿Y darle un papelito como hiciste con tía Lola? —Ivette dio en el clavo.

Chris le dio un beso y las gracias a la niña, y se acercó a uno de los trabajadores que había a la salida del pabellón.

—Excusez-moi, —carraspeó un poquito— je viens de quitter le pavillon des princesses avec ma famille, —nos señaló a la niña y a mí— et Tiana m’a semblé si familière que je soupçonne qu’il s’agit de ma cousine, que je n’ai pas vue depuis toute petite. —Chris puso su más humilde sonrisa y le tendió una tarjeta al chico— Pourriez-vous lui donner ma carte pour qu’elle puisse me contacter?

El chaval, de no más de veinte años, nos sonrió con amabilidad y se guardó la tarjeta en un bolsillo.

Ya era hora de irnos, pero ese viaje había sido una grata sorpresa. Sobre todo por Chris.




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