Thrice

Capítulo 63: Volvamos a Madrid

Con la opción de una posible prima para Chris, Ivette se encontraba algo contrariada:

—¿Por eso se me da bien?

—¿Cómo dices, cariño? —me desconcertaba su cambio de tema.

—¿Porque soy familia de Tiana?

Chris y yo nos miramos atónitos. ¡Cómo había hilado! Afirmamos piadosos con cariño y reímos.

Recordé por un momento, cuando recorrí el duty free de Pekín con la niña, y se me antojó una bola de nieve del lugar.

—Me queda una cosa por comprar —dije.

—Si papá y Tiana son primos, yo quiero que me firme una muñeca —comentó Ivette sin darle mucha importancia.

—Vayámonos por el pasillo trasero y no habrá tanta gente. Ya son las seis de la tarde y la gente suele salir del parque por el paseo principal —indicó Chris.

Por el pasillo trasero de las tiendas, vislumbré el objeto al que aspiraba: una bola de nieve. Escogí una con la pareja central de ratones, y a Chris le gustó tanto que también se compró una.

Fuimos a la habitación, recogimos todo y nos dirigimos al aeropuerto. Allí nos acomodamos en el jet de Chris y pusimos rumbo a Madrid.

Ivette estaba feliz con su varita luminosa, jugando a que cambiaba el interior de las bolas de nieve.

—¿Te cuento una anécdota? —pregunté a Chris mientras miraba a Ivette.

—¿Mm? —al parecer, estaba distraído—. Vale.

—Aunque puede que tú no lo llames así —reí.

—Okay, dime.

—Mi hermana Cassidy estuvo presente cuando, aquel día en la biblioteca, te fue a buscar tu madre.

—Bueno, era una ludoteca también. Es lógico que estuvierais las dos; yo soy hijo único —Chris se encogió de hombros.

—Ella oyó un nombre, y observó cómo, después, tú me dejabas sola con el libro —sonreí ampliamente—. Dijo ese nombre —señalé a nuestra hija.

—Espera —sus ojos se abrieron como platos—. ¿Me estás diciendo que eso tampoco es casualidad?

—Al parecer, los niños se acogen bajo el nombre de quien les llevó al lugar —remarqué.

—Y yo estaba bajo el nombre de mi madre, obvio.

—¡Sí!

Chris se tomó un microsegundo, su mano a la ceja, para mirarme con intensidad.

—Entonces, sí que se llama como su abuela —su sonrisa era de pura felicidad.

Afirmé en silencio.

Ivette, que llevaba tres minutos moviendo la varita de juguete sin decir nada, se levantó, soltó el juguete y nos abrazó como pudo.

—Me gusta tener el nombre de mi abuela, aunque no la conozca.

—Ella también era celíaca, Ivette. Como tú y como yo —rió con ironía Chris.

Ivette se apartó levemente y se tapó la boca con sus manos.

—¡Perdón, papá!

—¿Por?

—Por pensar que tu mamá no te quería tanto, por no hacer galletas arcoíris contigo —Ivette se tapó la cara con sus manos, aunque dejó un pequeño espacio entre sus dedos para poder mirarle.

—Con mi mamá no haría galletas caseras, pero me llevaba a comer pasteles a casa de una amiga suya, experta en maíz. Yo, arroz, no lo comía más que en grano cocinado, no como harina —Chris le quitó importancia.

Ivette miró arriba y dijo:

—Perdón, abuela, por creer que no querías a papá tanto como mamá me quiere a mí.

No me lo podía creer. ¿En serio había dicho eso? ¡Ni un mínimo de filtro, que tiene la niña, oye!

Chris se echó a reír y a llorar, a la vez que se abalanzó sobre Ivette.

—Gracias —susurró al oído de la niña.

Ivette, al principio, me miró desconcertada, pero correspondió al abrazo y prefirió no decir nada. Supongo que para no meter la pata.

—Papá, ¿está Erika?

—¿Eh? No, ¿por qué?

—Quiero contarle nuestro descubrimiento.

¿Por qué será que me imagino de qué va a hablar? ¿La actriz del parque temático?

—Ivette, ¿qué descubrimiento dices? —preguntó Chris.

—Que eres primo de Tiana, claro —Ivette corroboró mis sospechas.

Esta vez sí que me di una palmada en la frente, de verdad. Pero Chris, por su parte, se echó a reír, a carcajada limpia. Casi se cae al suelo, de culo.

—Mejor lo vamos a dejar hasta que “Tiana” quiera hablar conmigo, ¿te parece bien? —dijo Chris cuando recuperó el aliento.

Ivette infló los mofletes y frunció el ceño, pero volvió a su asiento y su varita de hada.

Chris me miró, como quien busca un cómplice, y me dijo al oído:

—Si su compañero le da mi tarjeta, antes que nada, habrá que esperar a que ella quiera contactar conmigo, ¿verdad?

—Teniendo en cuenta que llevas solo, a excepción de José, desde el verano del 2019... espero que no te hagas ilusiones —le advertí.

—Soy una persona que no da un paso sin haberse asegurado el anterior, Avery.

Pensé en los actos que había hecho antes de saber que Ivette era su hija: Comprar cosas para la niña. Comportarse así conmigo en Pekín, en Shanghái. Cómo me dejaba actuar frente a Macarena, tanto en Seúl como en Madrid.

—Muy seguro que estabas tú, me parece a mí, de que me tenías en el bote —reí.

—Te juro que no —respondió.

—Pues conmigo te has comportado, más bien, de manera impulsiva.

Se sorprendió de mi comentario.

—Seguro que no ha sido para tanto —comentó sin darle importancia.

—¿Las cosas de Ivette, antes de conocerla?

—Prevención.

—Vale —sonreí con suficiencia—. ¿Me dejaste poner una cláusula en el contrato sin saber qué es lo que iba a poner? —repliqué.

Se quedó un poco callado.

—¿Cómo ibas a aceptar el contrato si eso? —le noté sonrojarse por el tono de voz.

—Pero te podía haber puesto cualquier cosa... ¡Te podría haber pedido el Nilo!

—Tururú, ¿tú te crees que soy el genio de la lámpara? —¡Me noqueó con mis propias referencias al cine!

Me senté encima de él. Quería comérmelo entero.

—Christopher Evan Osborne —reí con mucha picardía—, eres pura contradicción.




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