Thrice

Capítulo 64: No es el momento

Un beso intenso, lleno de diversión. Pero fue interrumpido:

—Aterrizaje exitoso en la zona privada del aeropuerto Madrid - Suárez - Barajas —anunció Pablo por la megafonía del avión.

—¿Ya hemos aparcado el avión? —¡Ivette, mierda!

Me bajé de Chris. ¡Qué madre más irresponsable debí de parecer, al dejarme llevar de esa manera!

Salimos del avión privado bastante sonrojados. Al parecer, a Chris también se le olvidó que teníamos a nuestra hija delante. ¡Gracias por la interrupción tan oportuna, Pablo!

Chris nos llevó a casa él mismo. Al parecer, le había dado la semana libre a Louie, para ver, junto a Erika, a la familia de José que aún le quedaba. Uniendo lazos; sí, señor.

Dejamos primero a Pablo, que, al parecer, vive en el pueblo de Barajas. Después, nos quiso acompañar hasta la misma puerta de casa, a Ivette y a mí.

Nos despedimos. Incluso Ivette había llevado la maleta a mi habitación. Iba a cerrar la puerta del todo.

—Avery.

Abrí la puerta, y Chris me tomó de la cara y me besó de manera gentil e intensa a la vez.

—Si es niña, se llamará Nora, como la otra abuela —nos sorprendió Ivette desde mi espalda.

Yo me giré lentamente. Chris ladeó la cabeza para mirar a la niña. Estábamos blancos, sorprendidos, atónitos, y sobre todo... ¡pillados!

—¿Ivette?

—Si yo ya me llamo como una de las abuelas, mi hermana se llamará Nora, como la otra abuela, ¿no?

¿En serio?

—Me estaba despidiendo de papá, Ivette. ¿Y tu pijama?

Ojalá se le olvidara, pero sabía que iba a recordar esta escena y lo que creyó entender.

Chris, ágil en respuestas cuando no tiene la cabeza hecha un lío, buscó una solución intermedia:

—¿Quieres que te ayude yo, hija?

Ella no se esperaba que Chris la llamara hija, y dibujó una sonrisa de sorpresa en su cara que valía oro.

—¿Te vas a quedar a dormir, papá?

—No, pero puedo quedarme hasta que te duermas tú. ¿Quieres eso?

Afirmó, ilusionada, ante la propuesta de Chris. Yo me quedé un poco chafada. Ese beso en la puerta me había encendido bastante.

Le observé con Ivette, y no quise más. Parecía como si estos cinco años que yo le había robado de la vida de su hija no hubieran existido. Nadie hubiera dicho, al verles así, que hacía poco más de un mes que siquiera sabían que existían como padre e hija.

El caso es que, esos cinco años, parece que Chris no los tuviera en cuenta. Y al verlos tan compenetrados, me pinzaba el corazón.

Ivette se durmió en brazos de Chris, y por fin pude besarle cuando se puso en pie.

—¿Te tienes que ir? —rogué.

—Sí —me plantó otro beso, fugaz—. Mañana, a primera hora, tengo una reunión con una empresa alemana de saneamiento de empresas con la que competía, por si surge la oportunidad de hermanamiento. Burocracia, desapacible, pero necesaria.

Torcí la boca. Quería que se quedara.

—Podrías salir desde aquí, jo —puse un puchero, juguetona.

—No sería prudente, y más con la fama de los alemanes y su puntualidad —me besó fugazmente, bajo la puerta—. Por cierto, ¿qué significa eso que ha dicho Ivette sobre Nora?

—¿Que nombró a mi madre? —sonreí por vergüenza—. Tengo una vaga idea de que se ha pensado que estábamos “creando” un bebé.

Chris puso los ojos como platos, y después de reír levemente, me abrazó.

—La idea me gusta, pero creo que aún nos queda un poco para llegar a eso.

¡Espera! ¿Qué está diciendo este ahora?

—Cada cosa a su tiempo, Chris. Que eso es algo impulsivo, y tú eres precavido, ¿recuerdas? —ironicé.

—Por eso te quiero —me dijo desde mi hombro.

—Y yo a ti —al fin conseguí decirlo yo también.

Chris se fue a su casa y yo me fui a la cama.

La rutina del lunes nos hacía reiniciar la semana con ritmo, y haber pasado tiempo con Chris nos daba energía renovada.

Tras dejar a Ivette en clase, me crucé con Lola, que había dejado a David.

—Mi amiga está radiante —hablaba de mí en tercera persona, graciosísima—. Pasó de ser una telenovela a una novela, pero ahora es un cuento.

—¿De qué hablas? —ya sabía su respuesta.

—Entre lo que me ha dicho Lola y lo que le he dicho yo, hemos llegado a la conclusión de que, en tu caso al menos, estaba escrito que el destino ya os había unido a ti y a él desde un primer momento —se cruzó de brazos, pensativa, mientras caminábamos—. ¿Cómo le llamas entre tantos nombres?

—Me decidí por llamarle Chris. Ya no soy la que le llamaba Christopher. No es solo mi jefe, para llamarle Evan; y C.E.O. me parecía guasa.

Lola rió con un patinazo y preguntó por el último apunte. Le expliqué que eran las siglas de su nombre completo. Siguió riendo.

—¡Ya sé cuál es tu formato! —seguía en su línea—. ¡Telenovela vertical!

Caí en lo que decía: esas publicidades que te interrumpían TikTok cuando pasabas de una historia a otra, como si te narraran una historia.

—Vaya ocurrencia que te ha venido a la mente, ya te vale —me quejé.

—¡Eh, pero ya no dices que no! —me lo recordó.

—Eso no significa que haya cambiado de opinión, Lola. Eres tú la fantasiosa.

—Pero es que lo de C.E.O. es más de lo que puedo abarcar, desde mi punto de vista, Avery.

—Pues aún no he dicho todo —la piqué.

—¿Cómo? ¡Cuenta, cuenta! —pidió.

Le enseñé las fotos que hice con el móvil durante el fin de semana. Se ilusionó por Ivette. Le encantó ver a la niña disfrazada de hada madrina, con la varita y todo. Pero se paró en la foto del pabellón de princesas.

—Parece la versión femenina de Chris.

Entrecerré los ojos para verlo mejor, irónicamente. Tenía razón. La actriz del parque de atracciones era muy parecida a Chris.




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