Pablo me miró desconcertado. El pobre no tenía ni idea de lo que me había dicho. Y, sin embargo, mi cara era un poema épico.
—¿Ocurre algo? —se interesó.
—No tenía ni idea de que la prueba era de ADN, solo eso —me sinceré.
—¿De qué iba a ser la prueba, si no era genética?
—Las pruebas genéticas no tienen por qué ser precisamente pruebas de paternidad —me relajé un poco. Quizás no era lo que yo pensaba.
Pablo, entonces, se dio cuenta de que quizás estaba hablando de más.
—Puede ser, pero si le preguntas a él directamente, podrás aclarar tus dudas —sugirió.
—¿Y que niegue que dudó de mi integridad? —me crucé de brazos—. ¿Que él desmienta que no quiso preguntarme directamente?
Pablo prensó los labios, ladeó levemente la cabeza, me dio la espalda.
—He metido la pata. No sé guardar un secreto si depende de mí —admitió.
—¿Temes que el señor Osborne te despida, acaso?
—No —estaba muy seguro—. Evan Osborne no lo haría por un motivo semejante; tranquila.
—Seré profesional de ahora en adelante —solucioné—. Me he estado comportando como una chiquilla enamoradiza; y en vuelo, soy auxiliar de vuelo.
—¿Y fuera del trabajo? —Pablo intentaba devolverme a la rutina que ya tenía en mi vida—. Porque no hemos ido a París por trabajo, ¿cierto?
Afirmé:
—Pero su falta de confianza no se lo voy a perdonar tan fácilmente.
—Eso es algo que mina una relación, Avery. No pierdas lo que ya tienes.
—¿Por qué no me preguntó directamente?
Pablo, ante esa pregunta, cayó un momento, pero acabó sugiriendo otra opción:
—En cuestión de razones, José te podrá responder mejor —me miró, comprensivo—. Porque respecto a los sentimientos propios, Evan no es que se entienda mucho a sí mismo. ¿Cierto?
Mostré una sonrisa de las dolorosas. Pensé en Ivette y su vínculo con Chris. ¿Cómo iba a romper algo tan hermoso por el dolor de mi rencor?
—Creo que ya sé lo que voy a hacer —dije con complicidad a Pablo, dejándole allí.
Me dispuse a salir del hangar. Ya estaba entrando en la parte de la terminal por la que se accede a las pistas, y me crucé con Chris.
—¡Avery! —su alegría contrastaba con mi malestar—. ¿Por qué viniste al avión?
—¡Oh, trabajo! —aleteé la mano, para que no le diera importancia. No quería hablar con él. Ahora no.
—¿Dónde vas? ¡Te llevo!
Negué.
—Debo ir a ver a Cassidy —comenté—. Mi cuñado me viene a buscar —mentí—. No te preocupes.
Recorrí el aeropuerto hasta la parada del Metro. Al menos, pude conseguirlo. A cincuenta metros o así de la puerta que daba a los torniquetes de la parada, oí a Chris llamarme. Le ignoré con una llamada falsa.
El metro me llevó a la discográfica donde trabaja Cassidy.
La llamé, pero no me contestó. Le mandé un mensaje y ahí sí que me respondió de inmediato. Pude subir a su oficina.
El pasillo que unía la recepción de la planta once con la oficina de Cassidy estaba lleno de cuadros en las paredes, portadas de discos de algún cantante de la compañía. Pude ver, desde una ventana insonorizada de cristal polarizado, a un grupo de tres chicas con el pelo de colores ante un micrófono enorme para las tres.
Al llegar a la oficina, me abrió la puerta una becaria muy guapa, con metal por la cara que parecía más aleatorio que elegido. Emanaba un aura de tristeza y desamparo que oscurecía la estancia.
—Lucía, es mi hermana Avery. Te puedes retirar —le sugirió Cassidy.
Lucía, desde la puerta, nos miró:
—¿Los proyectos de Tony Rosales?
—Te los dejé sobre tu mesa esta mañana. Búscalos y aparta los proyectos realizados, para después organizar los pendientes —Cassidy le dio su aprobación—. Ahora vete, Lucía.
Me gusta ver a mi hermana en su trabajo. Es seria y amable, nada que ver con lo irritante que es y lo graciosa que se cree cuando estamos en familia.
—¿Secretaria? —cuestioné.
—Becaria —respondió—. Con un curioso sentido de la estética bastante punk y la autoestima desubicada.
—Precisa radiografía —observé.
—Has dicho que necesitabas un oído que te escuche.
—Es poco, pero es doloroso.
Me mostró con un movimiento la silla al otro lado de su escritorio. Me senté.
—Tú dirás.
—Chris tomó una muestra de Ivette para hacerse una prueba de ADN —¡a palo seco!
—¿Acaso duda? —se extrañó Cassidy.
—Ya no, obvio. El resultado le salió positivo.
—¿Pero por qué dudaba?
—No lo sé —suspiré y resoplé de rabia.
—Debe de haber algo que falta, Avery.
—Pero... ¿qué?
—Si te sirve de algo, piensa en voz alta —sugirió.
—Lo primero es que me debería haber preguntado, ¿verdad?
—Pues sí.
—Es que si no me pregunta, es porque no se fía de mi sinceridad.
Cassidy se quedó callada y juntó las manos bajo su barbilla. Tras mirar un momento al cielo, a través de la ventana, comentó:
—¿Y si no se dio cuenta?
—No hubiera tomado las muestras para la prueba, siquiera.
—Cierto.
Cassidy se levantó y se acercó al dispensador de agua que hay junto a la puerta, para ofrecerme un vaso de papel con agua.
Sorbí un poco.
—Y me da rabia que cada vez que intento avanzar con él, algo que me ocultaba sale a la luz.
—Es que vuestra relación no es una relación al uso, Avery.
Suspiré por resignación.
—El caso es que si no lo dice el piloto, lo mismo ni me entero.
—¡Caray, con el chismoso! —exclamó Cassidy.
—El pobre Pablo se pensaba que ya lo sabía.
Cassidy soltó una leve sonrisa de su interior.
—Pobre hombre.