Thrice

Capítulo 70: Cuando abres la puerta

Ivette no estaba cómoda. Se le notaba algo enfadada con la situación. Y es que tener a una histérica aporreando el timbre no es bueno para la salud de una niña de cinco años.

—Mamá, ¿por qué llama a papá esa señora?

La situación surrealista me llevó la vista rodeando la escena, buscando una razón entendible para Ivette.

—Macarena quiere quedarse a papá para ella sola, y a tu padre no le cae nada bien.

—¡Qué egoísta!

Prrrrr —era el timbre del portal. ¿Ahora estaba cerrado, en serio?

—¿Por qué suenan los dos timbres a la vez, mamá?

—Papá está en el portal, y la pesada Macarena está en la puerta.

Prrrrr —volvió a llamar Chris.

—Evan, cielo, ¿quién te llama a estas horas? —su tono meloso me asqueaba—. Solo yo debería ocupar tu tiempo. —¡Y va a peor!

Tomé el portero automático y pregunté. Efectivamente, era Chris.

—Sube —ordené—. Cuando llegue el ascensor a esta planta, abro la puerta de casa. Esperemos que ese shock la descoloque un rato; al menos sé que no se lo espera.

Le oí reír por el auricular.

Calculé el tiempo estimado, mirando por la mirilla. Hice un gesto a Ivette para que se colocara detrás de mí. Macarena justo iba a volver a pulsar el timbre de casa cuando abrí con la cara prístina y el pelo recogido con una cinta elástica como diadema. Justo a la vez que Chris abría la puerta del ascensor.

—¡Oh, Macarena Gracia García! —dije con una actuada hipocresía, digna de un Óscar—. ¡Qué sorpresa que aún no hayas regresado a la embajada!

Ivette se asomó y corrió hacia Chris:

—¡Papá, ya estás aquí!

Chris aupó a Ivette sin esfuerzo, y con la niña en brazos, se hizo el sorprendido con Macarena.

—Macarena, ¿cómo sabías dónde vive Avery?

Nos miraba alternativamente a ambos. Después miró a Ivette y abrió la boca, aunque no dijo nada.

—Te ofrecería un café, pero solo tengo cacao soluble para ofrecerte —por dentro, yo me estaba riendo de su mutismo momentáneo.

—¡No! —rompió su silencio—. ¿Ella vive aquí? —me señaló con descaro.

—¡Yo también vivo aquí! —Ivette marcó territorio.

—Bueno, supongo que le dejarás vivir en tu apartamento porque eres buena persona, Chris —intentó excusarse.

—No, el piso es suyo, no mío —Chris ya no ocultaba su hartazgo, pero ahora se divertía.

—¡El piso es tuyo! —Macarena seguía sin bajarse de su teoría inventada—. ¡Te vi llegar el domingo!

¡Acabaríamos el enredo! ¡Nos vio llegar de París!

—¿Me viste a mí, pero no las viste a ellas?

—Pensé que estabas ayudando a alguna vecina —¡qué excusa tan burda y vaga!—. Como siempre eres tan amable...

Macarena intentó acercarse de nuevo a Chris de manera seductora, aun con Ivette en brazos.

—Macarena es muy pesada, no me cae bien —Ivette le apartó la mano con un movimiento de su pie—. ¡Deja tranquilo a mi papá, pesada!

—Evan no es tu padre, guapa.

¡Se está ganando una hostia con todas mis fuerzas!

—Macarena, Ivette es mi hija, y eso no tiene discusión ninguna —Chris se mostró mucho más autoritario que en la empresa.

Macarena me miró con desprecio, pero sobre todo con desdén.

—¿Eso es lo que te ha dicho, esta cualquiera?

—Estás en mi casa. No toleraré que me insultes en mi casa, ¡Reinona de mierda!

—Avery ocupó mi corazón desde que tuvimos trece años, y eso es algo que no tiene competencia contigo —Chris se mostraba más diligente—. Pero si sigues insistiendo en tus absurdas acusaciones, me veré en la obligación de provocar un conflicto internacional.

¿De qué conflicto internacional estaba hablando Chris? No le entendí.

—No eres tan egoísta, Evan Osborne, y lo sabes.

¿Macarena sí sabía de qué hablaba Chris?

Chris sacó su smartphone del bolsillo y se puso a buscar. Ivette miraba atentamente cada gesto de su padre y cada movimiento en la pantalla. Chris se llevó el teléfono a la cara y se oyó un leve tono de llamada.

Ivette intentó articular palabras en silencio, mientras me miraba cómplice.

Macarena se mostraba levemente reticente, pero siguió sin perder la compostura.

—Espero no importunar ninguna reunión importante, Guillermo —comentó Chris al teléfono.

—¿En serio has llamado a mi padre?

Esa pregunta por parte de Macarena me valió oro.

Evan chistó a Macarena para que se callara. Ivette rio levemente, para que no se escuchara al otro lado del teléfono.

—¡Ah, bueno! Si es por eso, te diré que la tengo delante —Chris sonrió con suficiencia y victoria—. ¿Quieres que te la pase, o prefieres que ponga el altavoz?

—¡Altavoz no, altavoz no! —susurraba Macarena, suplicándole.

Chris puso el altavoz.

—¡Macarena, ven a Seúl, inmediatamente! —exigía el embajador español en Corea del Sur, desde el otro lado del teléfono.

—¡Pero aún no he terminado lo que había venido a hacer, papá!

—¡Te he dicho mil veces que dejes de perseguir unicornios que no quieren ser cazados!

Ivette y yo nos miramos. Entendimos perfectamente aquella frase. Chris era un unicornio. ¡Qué irónico, qué sutil, qué perfecto símil!

—Guillermo, tú me conoces —se asomó Chris a la conversación—. Sabes que a este unicornio le cazaron con trece años —estaba hablando de mí, incomodándome—. Y tú la conoces.

Chris me miró y afirmó, pidiéndome paso en la conversación.

—Buenas, don Guillermo Gracia Soto-Herrán —había hecho mis deberes.

—¡La bella mujer de verde esmeralda que te acompañaba! —¡Qué grata sorpresa que me reconociera!— ¡Me alegra saber que encontraste a tu compañera en una persona tan bella por dentro como por fuera!

—¡Papá! —se quejó Macarena.

—¿Y tú? —don Guillermo estaba irritado—. ¡Ven a la embajada de Seúl de inmediato o le diré a tus patrocinadores de Instagram lo que has ido a hacer a España en realidad! ¿Entendido?

—Sí, papá.

Macarena desdeñó a Chris con la mirada. Seguro que ya no le parecía tan amable, gentil y bueno como ella pensaba. Y se fue escaleras abajo con paso firme para poder seguir influenciando desde sus redes sociales, pero en la embajada de Seúl.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.