Macarena se fue por las escaleras. Supongo que prefirió eso a tener que esperar el ascensor. Vivo en un sexto piso, llegará relajada a la calle, sí, señor.
Invité a Chris a pasar. Me tenía que explicar algunas cosas; pero no delante de Ivette, no delante de nuestra hija.
Me acerqué a la ventana. Yo aún no había acabado con ese terciopelo urticante. Me asomé a la terraza y esperé a que saliera del portal.
—¡Macarena! —la llamé.
Ella se giró algo molesta, pero yo pretendía asquearla, para que no volviera.
—¿Qué haces? —preguntó Chris desde el salón.
Le hice un gesto para que me dejara hablar y proseguí con la otra:
—Se me olvidaba decirte que no soy sustituta de nadie, porque aquella noche... ¡La pasó conmigo! —le mostré mi mejor cara de superioridad, la cara veryAvery que tanto le gusta a mi hermana.
Evan se había acercado a mí sin que yo me diera cuenta, con Ivette en brazos. Él sonreía con seguridad y la niña le sacó la lengua.
Macarena dio un zapatazo al suelo y prosiguió su camino. Iba tan enfadada, que un chaval con un patinete eléctrico casi le pisa sus zapatos caros. Pero al fin desapareció.
—¿Unicornio, en serio? —curioseé divertida.
—¡Eh! Es el apodo cariñoso que Guillermo me puso desde un principio —frunció un poco el ceño, con picardía—. Tú me llamaste príncipe cuando aún no sabías ninguno de mis nombres. Además, yo no reniego de un mote así, si se hace desde la sinceridad del corazón.
—¿Y lo de dios de ébano?
—Ante ese mote, yo no respondo. Es ella la que me llama así. ¡No podría importarme menos! —rió.
—¿Qué opinas del mote?
—¿De cuál?
—De todos.
—Son muchos, pero bueno, da igual.
—Suena divertido —intervino Ivette.
Casi me dejaba llevar otra vez por la atracción que siento por este hombre. Y me tiene que explicar él lo de la prueba.
—Lo de que te llamen cariño, cielo, cosas similares varias, es tan común que ni lo notas, ¿cierto? —probé.
Miró a Ivette, aún en sus brazos, creó una complicidad momentánea y se giró hacia mí.
—Solo quisiera que tú fueras la única persona que me llamara así.
¡Avery, que te distraes con su coqueteo! ¡Se tiene que explicar!
Miré el reloj. Las ocho de la mañana. ¿Qué? ¡El desayuno!
—¿Has desayunado?
—No, vine corriendo en cuanto me llamaste.
—¿Quieres una tostada francesa?
—¿Sabes hacerlas?
—¿Lo dudas?
¿Esto se estaba transformando en un duelo de preguntas?
—Pan de molde, mantequilla, et voilà! —comenté mientras las servía.
—Yo quiero fresa, mamá.
—Ya lo sé, pero nada de echar gelatina a la tostada. La echas a perder.
Con ese comentario, Chris casi se atraganta. Empezó a toser y le tuve que palmear en la espalda:
—¡San Blas, San Blas!
—¿Qué haces? —tosía y reía a la vez.
Ivette estaba disfrutando del choque cultural. Dejó la tostada en el plato para dar cuatro pequeños aplausitos.
—Cómete la tostada o llegarás tarde a clase —ordené a Ivette.
—¿Queréis que os lleve yo? —se ofreció Chris.
—¡Que papá nos lleve al cole, eso me gusta!
Ambos me pusieron su carita suplicante, aun sin saber si estaba de acuerdo o no. Les quise seguir el juego.
—No sé yo si papá puede tener libre tanto tiempo.
Padre e hija se miraron. Su risotada era pura ternura.
—Mamá, ¿por favor?
Su súplica era poco convincente. Me había pillado.
—Está bien.
—Luego vamos a la oficina. Hay una cosa que quiero comentarte —Chris se ensombreció por un momento y volvió a sonreír—. ¡Pero antes vayamos al colegio!
Con la vajilla en el fregadero, mi bolso colgado al hombro, y los dos en el rellano, eché un vistazo a los tres asientos de la cocina de estilo americano en la que habíamos desayunado.
La sensación de que faltaba alguien en una silla vacía se había esfumado por completo.
Esa sensación no la quería perder. Pero el futuro es incierto, y yo misma podría estropearlo.
Al cerrar la puerta, tuve una sensación de asomarme al abismo. Como si de ahora en adelante no se pudiera prever nada. Pero la línea ya la había cruzado cuando me dejé acompañar por un niño desconocido; la volví a cruzar cuando tuve sexo con un atractivo ejecutivo hacía seis años; crucé por tercera vez la línea cuando decidí involucrarme con mi jefe.
Ninguna de las tres me llenó esa sensación de advertencia. ¿Por qué ahora sí?
Llegamos al coche. Conduciría Chris. Ivette estuvo hablando todo el recorrido y enseguida estábamos en la puerta del colegio.
—Vamos a darle un buen uso —comenté con misterio.
—¿De qué hablas?
—De lo que no puedo decir delante de la niña —no quise decir más.
A Ivette se la notaba intrigada, pero la manera en que había dicho yo aquello le hizo contenerse.
Chris, por su parte, debía de intuir algo, pues apenas me miraba. Aunque sonreía, eso sí.
Ivette entró en cuanto abrieron la puerta de la zona de preescolar.
Chris me miró, y yo, con suficiencia, le señalé la zona de secretaría del colegio. Se iba a inscribir como familiar de la niña. A ver hasta dónde aguantaba.
Nos cruzamos con mi madre y Manolo, que habían ido a dejar a David.
—¡Avery! —reaccionó como si la hubiera pillado yo a ella.
Yo me sentía como si me hubiera pillado ella a mí. Pero ya, de perdidos, al río.
—¡Mamá, mira! —tomé exageradamente a Chris del brazo—. Este es Christopher Evan Osborne, el padre de Ivette.
Mi madre extendió el brazo hacia Chris. Pero él, en vez de cogerle la mano, la atrajo y la abrazó.
—¡Mucho gusto en conocerte, suegra!
Por mi cara pasó todo el maldito arcoíris. Y es que no me esperaba esa reacción de Chris. Yo le quería pillar en un renuncio, y él actuaba como si yo le estuviera dando lo que él siempre quiso.