Thrice

Capítulo 72: ¿Encerrona, en serio?

La ruleta de colores que era mi cara paró en la incomodidad.

—Íbamos a secretaría —corté.

Nora se quedó desconcertada un momento, pero no tardó en darse cuenta por mi cara de lo que me pasaba.

—Nosotros nos vamos.

Afirmé en silencio y nos fuimos a la puerta principal. Esperaríamos a que dejaran de pasar niños de distintas edades y después iríamos a inscribirle como padre de Ivette, con sorpresa de por medio.

No nos dejaban pasar hasta que fueran las 09:15 h.

Chris me miraba con una mezcla de cariño incondicional por un lado y con expectación curiosa por el otro. Una mezcla habitual en él, la verdad.

Cuando pudimos pasar, nos dirigimos a secretaría. Sé que con un correo electrónico con los datos de Chris hubiera bastado, pero mi guerrera interior quería pedirle explicaciones, y aún no se lo había perdonado.

¿Qué sentía por él atracción? Eso era innegable y fuera de toda duda. Pero la adulta que hay en mí me imploraba pedirle explicaciones, en contra de la adolescente histérica que quería desvestirle sin miramientos.

Llegó la hora y pasamos a secretaría. Lo cierto es que se pensaron que acudimos para otro trámite, pero de todas formas, iba a servir a mi favor.

—Es referente a la alumna de tercero de preescolar llamada Ivette Barnaby.

—¿En qué clase está? —la jefa de estudios cuestionó los datos.

—La clase de los leones —¿con eso le valdría?

—León, cinco años —se puso a revisar las carpetas que tenía en el mueble de metal, como si fueran folios en blanco.

Tomó una de tantas hojas y nos la pasó:

—¿Es esta niña?

¡Qué arte tenía la mujer, parecía Eugenio, caray!

—La foto no le hace justicia, Avery —comentó Chris al tomar el papel.

—Es de hace dos años. Intenta mantenerla quieta más de dos segundos cuando solo quería toquetear todo —contesté.

Chris puso su nombre y apellidos, con el número de su tarjeta de identidad.

Nos despacharon muy rápido y en dos minutos volvimos a pisar la calle. Yo desesperé:

—¡Mierda!

—¿Avery?

Había perdido el control, y si no encauzaba el asunto, cabía la posibilidad de que Chris se cerrara en banda.

—¿Qué me querías comentar en la oficina?

—Tengo cosas que enseñarte. Es mejor que lo veas por ti misma.

Ahora la intrigada era yo. ¿Qué podría enseñarme que no me lo pudiera decir ahora?

El trayecto se hizo corto. Llegamos a la oficina y entramos. Allí nos esperaban todos nuestros compañeros, y mi instinto me advirtió de una encerrona.

—No quiero parecer paranoica, pero algo me dice que no me has traído para darme el nuevo planning de la próxima semana de octubre. ¿Podemos hablar un momentito en privado?

Si le hacía caso a mi instinto, ahora tocaba que me fuera a hacer una pregunta que no pensaba responder hasta que no me aclarara lo de la prueba de paternidad.

Disparé:

—¿De qué era la prueba?

Lo dejé prácticamente sin habla.

—¿De qué prueba hablas? —masculló entre dientes con más miedo que sorpresa.

—Te lo voy a poner impoluto —como si fuera un objeto—. ¿Por qué tuviste que hacerte una prueba de ADN con Ivette?

Su oscura piel parecía un cadáver. El brillo de sus ojos se había vuelto de cristal. Tardó en contestar, pero cuando lo hizo me devastó a mí:

—No suelo ser descortés... —entonó con la voz quebrada.

Sé perfectamente qué palabras iban a continuación.

—... pero si te he molestado... —dijimos al unísono.

—... soy yo quien te pide disculpas —mis propias palabras.

—¿Y si la Avery ante mí y la Avery de aquella noche eran diferentes mujeres?

Lo mismo que me había comentado José por teléfono.

—¿No dudabas de mi lealtad hacia Christopher? —me encontraba desconcertada.

—Siempre dudé de mí mismo. Solamente dudé de mí.

—¿Y no se te ocurrió preguntarme directamente?

Se derrumbó en la silla de escritorio, y con las manos tapándole la cara, me miró de reojo.

—En absoluto.

Me acerqué lentamente a él. Quería abrazarle y consolarle, como la primera vez que nos encontramos en aquel pub. Pero en cambio me puse de rodillas ante él y le tomé las manos con las mías para verle a la cara.

—Te enamoraste de mí, como yo de ti, a los trece años —procuré ser lo más conciliadora posible.

—Por el sencillo hecho de compartir un libro.

—Supongo que te habrá pasado como a mí: que al haberte encontrado, dejé de buscarte.

—¿Cómo? —ahora el desconcertado era él.

—No sabíamos cuánto íbamos a tardar en volver a vernos, pero lo hicimos.

Elevé mis manos para besarle las suyas. Esperaba explicarme como solo él entendía.

—Ivette —acertó Chris a decir.

—Y entonces, un estúpido malentendido nos alejó.

—Estúpido sí que era, pero malentendido no —respiró profundamente—. Porque no quería que salieras huyendo si te proponía dar un paso más en nuestra relación.

—Y ahora te ha pasado exactamente lo mismo —le regañé cariñosamente—. Si hubieras preguntado en vez de acobardarte, estaríamos juntos desde hace seis años.

Le besé.

—¿Y ahora con qué cara salgo yo al hall? —bromeó.

—Con la cara de un hombre que sabe lo que quiere, y que, de una vez por todas, ya no duda ni de sí mismo.

—Eres fuerte y brillante, como un diamante, Avery Barnaby Murphy —sonrió—. Aunque no quieras admitirlo.

—Pues igual que tú siempre serás mi príncipe —entrecerré los ojos y me vino una idea nueva—, Príncipe unicornio.

Reímos juntos, con una complicidad extraña. Desde la aceptación de las inseguridades que el otro quería ocultar.

—No dudes, Chris, ni de mí ni de ti.

Le volví a besar, con gusto, con deseo, con amor.

Porque ahora sí estaba dispuesta a responder a la pregunta que me esperaba tras la puerta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.