Curiosamente, Chris cruzó primero. Se ubicó entre José y Pablo, con Louie y Erika también de pie.
Esa pregunta se iba aclarando en mi mente paso a paso hacia él.
—Lo tenía previsto desde hace dos días.
Aún no había llegado a él.
—¿El qué?
Miró a José, que detrás tenía a Louie. Miró a Pablo, con Erika detrás. Les sonreía a todos cuando yo llegué a sus brazos.
Deseé en secreto que no se arrodillara. Me moriría de vergüenza si así lo hiciera.
—¿Te quieres venir a vivir conmigo?
¿Un disco de vinilo acababa de rallarse por haber saltado de su pista, o me lo había parecido a mí?
Me mentalicé en lo que me acababa de preguntar. Era más importante que la que yo esperaba. No la vi venir. Desde luego, este hombre conseguía sorprenderme.
¿Quería vivir con él?
—¡Por supuesto!
Todos aplaudieron. No sé si era por la felicidad de que me unía aún más a la familia de la empresa o si porque se alegraban realmente de la felicidad de Chris. Supongo que ambas cosas, pues no son incompatibles.
—¿No tendrás más cosas que preguntar, verdad? —dije con tono picarón, pero con las manos a la espalda, me acariciaba el dedo anular con el pulgar, como si fuera Jennifer López.
Su respuesta fue un beso, intenso, apasionado.
Cerré los ojos, dejándome llevar. Me pareció oír a los demás marcharse, pero no prestaba atención.
Sus manos recorrieron mis brazos hasta las manos, de una manera tan sensual que no reaccionaba a abrazarle del cuello como pedía aquel beso.
Entrelazó sus manos con las mías y algo me colocó en el dedo anular de la mano izquierda.
Tardé una eternidad en responder a esa acción. Cuando ya lo hice, di tal salto, que choqué la frente con él.
—¿Pero por qué cada vez que consigo besarte con entusiasmo, acabo recibiendo algún golpe?
—¿Debería saberlo? —ironicé—. Como yo no recibo el golpe...
—¿Y a esta proposición qué me contestas?
Esta era la pregunta que esperaba, pero juraría que no la había formulado.
—Kekkon shite kudasai? —Entonó Chris con ilusión.
Sonreí, pude intuirlo, pero me pareció divertido.
—¿Qué es lo que me estás preguntando en japonés?
—Veux-tu m'épouser? —siguió con el francés.
—Demande-moi encore une fois. —yo quería jugar.
—Will you marry me? —en inglés sonaba hasta divertido.
—May I correct you for the third time? —ahora sí que esperaba esa pregunta.
—¿Me vas a responder? —Chris le dio la vuelta.
—Hai. Oui. Yes. Sí. —seguí jugando: solo tenía que hacerme la pregunta en español.
Se separó un poco, y con la picardía en su faz, tomó un segundo anillo de su bolsillo y se lo puso.
—¿Eso no se supone que lo tendría que hacer yo? —me piqué.
—¿Desde cuándo hemos sido tú y yo una pareja al uso?
—Touché. —le callé con un beso—. Pero yo quería la propuesta en español. ¿Podías no ser tan original, solo de vez en cuando?
El juego se apoderó de Chris, como si ya formara parte de nuestra rutina.
—Señorita Avery Barnaby Murphy, ¿me aceptarías esta reliquia como promesa de un futuro juntos, hasta que la muerte nos separe? —se inclinó como en Japón, pero moviendo los brazos como si fuera una reverencia—. A tu más humilde servidor: Christopher Evan Osborne.
Afirmé entre risas. Ya no podía aguantarme. La parte juguetona del coqueteo había ganado terreno al romanticismo.
Chris respondió acompañando con su risa.
Me senté en su regazo. Se me había ocurrido una manera, muy a la americana, de hacerlo público:
—¿Quieres que honremos a tu madre y a la mía a la vez?
—Suena bien. ¿Qué propones?
—Una fiesta de compromiso, en tu casa. Invitamos a los chicos y a Erika, a mi familia y a mis amigas... ¿Y ya?
—Es una idea fantástica. ¿Para cuándo lo propones?
—Estamos a miércoles. Si quiero tener en cuenta a mi círculo, sería este fin de semana, o ya en quince días.
—Pues este sábado.
Con su peso y el mío, sus pies fueron capaces de mover la silla hasta el cajón de la parte baja de la estantería. Cogió una pequeña caja y me la dio:
—Tarjetas con la dirección de mi casa y mi nombre completo. No las había usado hasta ahora —se sinceró—. Son perfectas para usarlas en esto, ¿verdad?
¡Qué regalo más oportuno!
Puse con mi mejor caligrafía mi nombre completo bajo el suyo. Fiesta de compromiso, y una fecha. Todo con letras pequeñas, para caber en la tarjeta.
Preparé unas cuantas, e incluso enumeré a las personas en voz alta, hasta que caí en alguien. Una persona que se añadió a la familia recientemente: Nía.
—¿Vas a invitar a tu prima?
Le pillé por sorpresa. No había caído en que había que invitar a alguien que vive en París.
—Se lo diré, pero no sé si podría venir.
Tomó una tarjeta y la observó. Supuse que tomaría los datos que yo había escrito.
—Me comentó algo extraño. Quizás sí que se venga.
—¿Extraño? —captó toda mi atención—. ¿Le pasa algo a Nía?
—Tiene que ver con el trabajo. Al parecer la han llamado, creo que “insuficiente”. Así que puede que la despidan.
—¡Vaya marrón! —pero yo ahora me volví reticente—. ¿No parecería muy hipócrita contarle nuestra buena noticia, si ella lo está pasando mal?
—Hablé con ella y es muy buena chica —Chris me abrazó por la cintura, con cariño—. Como nunca entendió a su familia del todo, entendía que mi padre decidiera desvincularse de la familia y le imitó a su modo.
—Suena bien. Su carácter me gusta.
—Si por alguna razón la despiden, la quiero invitar a que se quede a vivir con nosotros. Aquí, en Madrid. ¿Te parece bien?
—Por mí no hay problema. ¿Tú te apañarías bien, pasando de vivir completamente solo a convivir con tu mujer, tu hija y tu prima?
—Me arriesgaré por ti. Es lo que siempre quise.