Dejé a mi madre en su casa. Me había deseado la mejor de las suertes para mi futuro con Chris. Yo a ella también, por el paso que daba en su relación con Manolo.
Ahora me tocaba hablar con Cassidy, pero antes, le pedí a Isabel que recogiera a Ivette del colegio.
Llamé a mi hermana y había acudido al Templo de Debod, para supervisar los gastos de un videoclip conjunto o algo así.
Allí acudí, y tardé en encontrarla. Vi antes a David Bisbal que a mi hermana. Ya la vale.
Cuando al final pude dar con ella, estaba hablando con Melody, cosa que me chocó bastante, pues sé que estaba en otra discográfica. Esperé mi turno y me acerqué.
—Cassy, te veo ocupada. ¿Esa era Melody?
—Sí. Al parecer, es una colaboración con su discográfica y la de Melani para recaudar fondos benéficos contra los incendios de este verano.
—¿Bisbal también? —me giré para mirar, pero el hombre ya se había ido.
—Creo que ese está en otra producción, aunque me extraña —Cassidy me volvió a dar un repaso—. ¿Avery, a qué has venido?
—¡Cierto! —le di una tarjeta igual que la que le di a nuestra madre—. ¿Está Tony?
—No, está en México. Regresa el viernes.
—Os quiero ver allí el sábado, ¿vale?
Cassidy leyó la tarjeta y se le iluminó la cara.
—¿VeryAvery?
—¡No sabes tú cuánto! —le respondí y me di la vuelta, en dirección a mi casa—. ¡Bye, Sis!
Ahí la dejé. Sé que se alegró por mí. Lo cierto es que quería preguntarle si ya había arreglado el malentendido con su marido, pero no era plan si el otro estaba en México y ella estaba trabajando.
Quedaban mis mejores amigas, y nuestros hijos.
Llegué justo a tiempo para encontrarme con Isabel, que entraba en su portal con Ivette y su hijo David.
—Avery, ¿has comido?
—Pues ahora que lo dices, no.
—Tengo ensalada de pasta, de la que le gusta a David. Sube, y así comes.
Acepté.
Cuando subimos, nos encontramos a una persona que creíamos lejos de nuestras vidas.
—¿Rocío?
Lo cierto es que yo era la única de las cuatro personas que la reconocía.
—Avery, ¿me puedes presentar?
—Desapareciste de la vida de Dolores y Manuel sin más. No te creas con ese derecho —le recriminé.
Isabel me miró con pavor. Ya sabía quién era. Con el móvil en la mano, se lo dio a Ivette, porque no quería poner la atención en David.
—Ivy, llama a tu abuela. Seguro que estará encantada de saber que Rocío ha vuelto.
Mi hija miró a su tía Isabel con desconcierto, pero obedeció sin problema por el miedo que le vio en la cara.
La mirada de Rocío buscaba a David, pese a que las adultas le habíamos cubierto con nuestro cuerpo como en un penalti.
—¡Qué grande estás, hijo mío!
David se abrió paso entre Isabel y yo.
—¡No soy tu hijo, y nunca lo seré! —su respuesta inmediata fue darle la mano a mi hija.
—Eso es discutible. Llevas mis genes —la cara de superioridad de Rocío daba asco.
—¡Mi mamá es Lola, tu hermana! —David tenía muy claro el rol de cada persona en su vida—. ¡Tú nunca estabas en casa, y en cambio, ella y el abuelo siempre me han cuidado!
—Ya veo que te inculcaron bien sus ideas. Al menos tu padre sí que está contigo.
Aquella daga con forma de frase iba hacia David. Y, sin embargo, Isabel y yo supimos enseguida a lo que se refería.
El niño estaba un poco contrariado, porque él siempre fue educado con dos mamás y un abuelo. Pero la frase demoledora que Rocío había soltado por su pútrida boca indicaba que el padre biológico de David era el ex de Lola.
—Yo soy la pareja legal de Lola. Llevamos casadas más de cinco años —Isabel dio un paso al frente.
—¿Mi hermana ahora es tortillera? —desdeñó a Isabel de un simple vistazo.
—Ese comentario ha sido muy xenófobo —puntualicé.
—La abuela dice que ya viene para acá porque quiere saludarla —comentó Ivette al colgar.
Apenas nos dijimos nada, pues la tensión se podía cortar con cuchillo. Y en menos de tres minutos estaban subiendo por las escaleras del edificio Manolo y Nora.
—¡Papá! —exclamó Rocío al mirar a Manolo—. ¿No te alegras de ver a tu hija pródiga?
—Obviamente, no —Manolo fue tajante.
Mi madre se agachó y le hizo un gesto a Ivette para que se acercara a ella. Y mi hija se fue con su abuela.
—¡Lárgate! —gritaron al unísono David, Isabel y Manolo.
—¡David es mi hijo!
—¡No lo soy!
El carácter egoísta de Rocío no lo recordaba tan exigente. Era excesivamente independiente. Supongo que habrá empeorado con los años.
Dos minutos más tarde, Fran apareció por las escaleras. Aquel descansillo parecía el camarote de los hermanos Marx.
—¿Qué hace aquí la demandada por mi cliente? —abogado desde el segundo uno.
—¿Disculpa? —Rocío se ofendió—. ¡Es mi hijo!
—No —Fran se interpuso entre Rocío y David—. Dejó de serlo al momento que usted entregó la custodia completa a su hermana en el juicio de hace cinco años.
Rocío se dio la vuelta y se marchó de la misma manera a como lo había hecho Macarena en mi rellano ocho horas antes.
—Déjà vu, ¡caray!
Ivette me miró desde los brazos de su abuela y sonrió. Ella sí sabía las referencias de mi comentario.
Antes de comentar nada, saqué las tarjetitas de mi bolsillo y se las entregué a Isabel y a Fran.
—Solo quería entregaros esto. Pero si queréis, mejor comentamos lo que acaba de pasar.