Thrice

Capítulo 77: I hate that I love you

Me pareció oírle una sonrisa de satisfacción a través del teléfono a Chris.

—Y ha tenido que intervenir Fran, el ex de Isabel, que es abogado; que ya les ayudó con el papeleo de la custodia cuando yo aún estaba embarazada de Ivette.

—Fran es un buen tipo.

Me salió una sonrisa. ¿Opinaría lo mismo si supiera que yo le gusto?

—También he de decir que es su trabajo.

—Pero de todas formas, si necesitáis mi ayuda, contad conmigo.

—No creo que haga falta, pero se lo diré de todas formas.

—Me gustaría estar contigo ahora mismo —comentó Chris.

—¡Vaya manera de cambiar de conversación!

—Te juro que va sin segundas intenciones, pero es que te echo de menos.

—Pues vente.

—Okay.

Me colgó. ¿De verdad iba a venir? ¡Iba a venir!

¿Por qué me está poniendo nerviosa? ¿Pero me estaba poniendo nerviosa de verdad?

Estiré la cama. Atusé los cojines. En el baño me revisé los dientes, me acomodé las ondas, y me coloqué el camisón. Ese camisón que Chris ya me había visto.

No había razón alguna para ponerme nerviosa y, en cambio, yo parecía una chica en su primera cita.

Sonó el timbre y cuando lo abrí, la inercia del proceso que había seguido me instó a besarle con algo más que no era coqueteo.

Lo cierto es que llevaba seis años esperándole. Y antes que él, poco hice, la verdad. Mi cuerpo solo reacciona ante él, y eso no tenía discusión.

—No me esperaba este recibimiento —comentó Chris entre respiraciones.

—Llevo mucho tiempo esperando y ni yo sabía lo que tenía escondido.

Rió, reí. Le llevé a la cama. Pasamos por delante de la puerta de la habitación de Ivette y ahí justo hice el gesto de silencio con el dedo cruzado en vertical sobre los labios. Él estuvo de acuerdo.

Al llegar a la cama, ya no pude parar. Le quité la camisa con soltura. Cayó sobre la silla donde yo dejo la ropa al cambiarme, muy acertada.

Cuando empezó a besarme el cuello, reparé en mi nombre. Lo tenía escrito en la zona de la clavícula, y ya estaba gris, por lo que no era reciente. Con una tipografía de risa, le pregunté:

—Nunca me consideré un hombre común —respondió—. Tengo gustos extraños y ese tipo de letra es uno de ellos.

—¿Cuándo te tatuaste Avery con Comic Sans en la clavícula derecha?

—Al día siguiente.

—¿Cuándo me pediste que fuéramos amigos? —solté una carcajada—. ¡No tiene sentido!

—¡Tsk, la niña!

Tenía razón. Me acerqué al oído y, según seguía agitando mi cuerpo sobre el suyo, le dije:

—I hate that I love you so.

—Me too.

Nos dejamos llevar. Nuestros cuerpos tenían ansia por fundirse en uno. Se habían echado mucho de menos.

Mis manos echaban de menos acariciar su torso. Su pelvis echaba en falta el ritmo de mis caderas. Nuestra piel se añoraba.

De repente, sentí como si no hubiera pasado el tiempo. Como si nunca nos hubiéramos alejado. Como si estos seis años no hubieran pasado.

¿Acaso podría ser posible, ahora que mi vida era plena?

¿Y por qué estaba pensando yo así, ahora?

Miré a Chris y lo supe. Un atisbo de su manera de pensar se había filtrado a mi subconsciente. Supuse que mi ironía referencial también se asomaría en él. Parecía divertido.

Él profundizó en mis entrañas como si le fuese la vida en ello y me hizo gemir, en silencio, hasta que se desbordó dentro de mí.

Seguramente mostraba cara de bobalicona cuando me deslicé de su montura. Me miraba con cara de satisfacción y se abalanzó para cubrirme.

—Este será mi estado favorito —dijo hundiendo su nariz en mi cuello.

Frené una risa que iba a salir por mi boca, y a cambio me hice la curiosa.

—¿De qué hablas?

—Durmiendo junto a ella —me miró a los ojos, a menos de cinco centímetros de mí—. Con "ella" en mayúsculas, para que todos sepan que solo soy feliz contigo.

Le planté la mano en toda la cara. Me provocaba risa la situación y aún más su comentario.

—¡Cursi! —le acusé.

Se movió un poco para acomodarse a la forma de mi cuerpo desde la posición que tenía. Llegó a poner su oreja en mi esternón, como si el latido de mi corazón le apaciguara, y se quedó dormido.

No le culpo. Él a mí también.

Me despertó una pesadez en las piernas más habitual de notar sobre el torso. Y es que Ivette se había venido a mi cama y se había encontrado con su padre abrazado a mí.

Me incorporé levemente y le di un par de toquecitos a Chris en el hombro.

—Chris, Ivette.

—¿Mmmm?

—¡Chris, Ivette!

—¿Avery?

—Chris, mira a Ivette, ¡la tenemos encima, literalmente!

Alzó la cabeza y vio a nuestra hija.

—Oh, ¿llevará mucho así?

—Suele despertar en mitad de la noche para ir al baño, pero suele ir a su cama directamente; excepto en contadas ocasiones.

—Como que su papá se haya quedado a dormir —entonó Chris el final de la frase.

—Ivette —la llamé.

La niña se desperezó un poco, nada más.

—Hola, coronita.

Nosotras nos miramos, atónitas. Le miramos a él y yo pregunté:

—¿Corona?

—Teniendo en cuenta que Avery es un diamante —extendió la mano hacia mí—, y que Christopher Evan es un príncipe —se puso la mano en el pecho—, lo que tenemos juntos sería una corona, ¿no creéis?

La felicidad de Ivette rebosaba de sí misma:

—¡Me gusta ser la corona de papá y mamá, mucho! —nos abrazó con energía.

Utilizar ‹corona› como adjetivo cariñoso puede resultar un poco chocante, pero proveniente de Chris, era perfecto: corona Ivette.




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