Thrice

Capítulo 80: ドキドキ

Guardamos su equipaje en el maletero. Por llenar, habíamos llenado incluso el coche de personas.

Louie observaba de vez en cuando la cara de Nía por el retrovisor.

—¿Te cuesta entender que he encontrado una prima? —le recriminó molesto Chris.

—Lúi, ¿tú también solo español? —preguntó Nía.

—Sí, señora —tenía miedo hasta en los huesos.

—¡Louie, por favor, que no te va a morder! —ya me estaba hartando.

—Se parecen tanto que parecen una fotocopia.

—¡Tampoco es para tanto! —resopló Chris—. ¡Y haz el favor de mirar a la carretera, ya!

El viaje hasta su casa fue tenso, como si no se pudiera mirar a Nía a la cara. Al menos Louie.

Cuando llegamos a casa de Chris y todos menos Louie nos bajamos, Nía se acercó a la ventanilla del conductor y saludó con un par de besos al chófer.

—Conductor divertido. Yo soy Nía Osborne, prima de Christopher Evan Osborne.

Louie sonrió con condescendencia, subió la luna lateral y se fue de vuelta a la empresa.

—Don't think you intimidated him by flirting with him. He was uncomfortable because you and Chris look alike —información y cotilleo, dos en uno—. Because your cousin's driver and secretary are a couple.

—Good to know, although I was just having a little fun.

—Do you like Spanish omelette?

Nía se encogió de hombros. Cenaríamos tortilla de patata. Menos mal que Chris tiene cocinera. Porque eran casi las diez de la noche, y era un poco tarde para ponerse a cocinar. Aunque esta vez la cena ya estaba hecha.

Cenamos, recogimos, y el anfitrión nos fue repartiendo las habitaciones de la casa. Obviamente, yo entré con él.

Caí rendida, y Chris se acurrucó en mi regazo. Otro día más vencido.

En plena noche me despiertan unos tirones del brazo:

—¡Mamá, no sé dónde está el baño!

—¡Ostras, pues yo tampoco! —me incorporé como pude, evitando despertar a Chris. Aunque le miré detenidamente—. ¿Despertamos a papá o investigamos por nuestra cuenta?

Se subió a la cama, le dio un tierno beso a Chris en la frente y me respondió:

—¡Aventura!

Fuimos recorriendo la casa, puerta por puerta, y a la vuelta de la cocina, enfrente de la habitación donde había dormido Ivette, encontramos el baño.

Ivette quiso dormir con sus padres, y ya que la cama era tan grande...

—¡Solo por esta noche!

—¡Prometido!

Y nos volvimos a dormir.

La inercia del horario nos despertó a las siete y media de la mañana. Pero alguien ya estaba levantado.

—Mi reina y mi princesa, ¿quieren recibir el desayuno en la cama?

Ivette y yo nos miramos. Nos entró la risa floja. Después de la emergencia en plena noche, que él estuviera tan impoluto y entero nos parecía una broma.

—Yo prefiero desayunar sentada a una mesa —comenté bostezando.

—Yo hago lo que haga mamá —y hasta bostezó como yo.

—Para la fiesta he contratado un catering. No creo que tarde mucho en llegar.

—¿Por qué lo dices, qué hora es?

Me desperecé y miré el reloj. ¡Arg, las diez menos cuarto! ¿Cómo había mirado yo el reloj hace un momento?

A las once estarían todos aquí y yo me había quedado dormida. ¡Qué caos!

¡Que no cunda el pánico! Solo me doy una ducha rápida y dejo que se me seque el pelo al aire. Sí, de un secador, ¡ya me vale!

—Hi, cousin!

Oh, claro, Nía. Ya se había puesto el vestido de la fiesta. ¡Genial! Y yo, que soy la protagonista, me acabo de levantar de la cama. ¡Qué irónico!

Ivette y yo fuimos a la cocina a desayunar mientras empezamos a escuchar el timbre.

Uno a uno fueron apareciendo. Chris les fue presentando como pudo. Y recordando lo que me pareció ver que llevaba puesto, me puse lo más elegante que pude con la ropa informal que traía. La camiseta de punto marinero que llevé a París, junto con un pantalón oscuro, largo, ligero y sedoso, eran la equipación ideal.

El maquillaje de siempre y ya estaba lista.

Los compañeros de la empresa fueron los primeros en llegar. A mi madre y su pareja los tuve que presentar. Mis amigas y su hijo no se llegaron a sentar porque mi hermana y mi cuñado acababan de llamar.

Justo cuando creíamos que estábamos todos, el timbre sonó por enésima vez. Era Fran, que acudía con urgencia.

—¡Qué sorpresa, Fran, pasa!

—No te molestaré, Avery. ¿Están Isabel y Lola?

—Sí, Fran, pero pasa y no te quedes en la puerta.

Mis amigas recibieron una noticia extraordinaria: Rocío había sido extraditada por sus delitos de estafa en EE. UU.

—Solo quería que descansaran tranquilas de una vez por todas.

Al cúmulo de gente acudió el anfitrión, con su prima. Chris observó la mano de Fran, con los papeles en la mano, y supo de inmediato que era el abogado.

—Pasa y tómate algo, Francisco. Es una celebración.

—Muchas gracias, de verdad, pero no quiero molestar.

—¡No es molestia ninguna, hombre! ¡Te puedo presentar a futuros clientes!

La situación era divertida y surrealista. Pero claro, solo a mi vista.

Chris fue presentando a mis compañeros de trabajo uno a uno, y después a Nía.

Fran se enderezó, parpadeó, entreabrió la boca como si fuera a decir algo y se sonrojó.

Nía había estado distraída con la sombrilla de su copa y levantó la vista para cruzar la mirada con Fran.

La situación me resultaba familiar. La había visto y sentido varias veces: en Izzy y Lola, en mi madre y Manolo, incluso en mí y Chris hace seis años.

Me acerqué a Chris, le abracé por los hombros y le dije al oído:

—Nuestra novela ya está escrita. Dejemos que ellos escriban la suya.

Le miré a los ojos y le besé. Nuestra historia ya había acabado, no por tener un final, sino por habernos reunido tras tantos baches en el camino.

Y tampoco era un final al uso, porque tras un final de cuento, siempre habrá un «‹<continuará>›».




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