No podría olvidar ese día ni estando ebria. Me descubrieron jugando al Solitario solo unos minutos antes de que me ofrecieran mudarme a Irlanda.
Me encontraba en mi cubículo sin preocupaciones, pues los reportes de ventas que debía entregar estaban listos. Reuní al menos tres clientes más durante la mañana y me había tomado una buena taza de café. Recuerdo haber dado un brinco cuando sentí que mi jefe tocó mi espalda y tosió para llamar mi atención. De inmediato cerré el programa y comencé a buscar las palabras para dar lugar a una conversación en un intento por distraerlo y evitar un regaño.
—Señor Morgan, buenos días —balbuceé mientras buscaba su mirada detrás de mí. Su gruesa ceja estaba tan levantada que casi le tocaba el cuero cabelludo. Claro, vio la pantalla todo el tiempo, cualquiera la hubiera visto.
—Te necesito en mi oficina ahora, Rachel —dijo con un tono demasiado serio —. Y, por favor, trae los reportes —señaló los sobres que estaban en mi escritorio.
No puedo imaginar la cara que puse en ese momento. Solo sé que me miraba más pálida que nunca. La oficina del señor Morgan era similar a un agujero negro. Si alguien llegaba allí era despedido. Solo sus favoritos recibían buenas noticias y yo nunca fui de esas.
Tomé el sobre que decía “Reporte de ventas / Agosto” y lo estuve leyendo un par de minutos como si fuera el mejor libro de mi vida. Estaba a punto de levantarme, sin ánimo, por cierto, cuando mi compañero Leo se empujó hacia atrás con su silla con rodos.
—¿Qué pasó? —preguntó. Su mirada cargaba curiosidad y yo me quedé sentada viendo al vacío antes de poder responderle.
—Parece que mis días aquí están por terminar —dije antes de tragar saliva.
—¿Cómo crees? Entrenaste a la mitad de la gente aquí —puso una mueca graciosa y se llevó a la boca un trozo de apio que escondió entre su saco. Nunca entendí su afición por comer apio en la oficina. No le ayudaba a verse saludable.
—Eso no es garantía —continué viendo al frente un instante más hasta que reaccioné. Sacudí mi cabeza y tuve la necesidad de llevar mi mano libre a mi cabeza —. ¿Qué voy a hacer si pierdo este trabajo?
—¿Buscar otro? —dijo él. Mi mirada fue suficiente para hacerlo sonreír nervioso —Digo, es la opción lógica, ¿no crees?
—Leo, no necesito esto ahora —le dije como si en serio estuviera molesta. Lo cierto es que no quería su sarcasmo en un momento así.
—Oye, relájate. Nada de eso va a pasar —llevó sus manos a la parte posterior de su cabeza y respiró con calma —. Te estás preocupando de más. Imagina lo que el señor Morgan haría sin ti. Se le terminaría de caer el pelo.
—No es que falte mucho para eso —se me escaparon las palabras. Realmente no quería decir eso. El señor Morgan es una de las pocas personas a la que he respetado mucho. Leo se rió y yo no pude evitarlo —. ¿Sabes? Tienes razón —me levanté.
—Buena suerte, Ray —fue lo último que dijo. Allí iba yo, de camino al despacho del jefe más exigente que había tenido en mi vida. Hubo miradas sobre mí. La mitad del piso sabía que fui llamada a la oficina para entonces. Lo peor de todo fue cuando se me torció el tobillo como si no supiera andar en tacones desde los quince años.
Pasé entre los cubículos y los murmullos iban acompañados de mi nombre. Finalmente me detuve frente al despacho y llamé a la puerta. Él me invitó a pasar, así que abrí lentamente para asomar la cabeza. El resto de mi cuerpo se rehusaba a entrar.
—Pasa, siéntate. Y cierra la puerta, ¿quieres? —me pidió amablemente. O eso fue lo que pensé porque su voz nunca sonaba amable en realidad.
Él estaba leyendo unos papeles y por ratos miraba a su monitor. Sus anteojos iban casi a la mitad de su nariz y no se los ajustaba. Solo estiró la mano y yo le di el sobre con los reportes. En ese momento levantó la mirada para verme y revisar lo que le entregué; luego lo puso a un lado y no se molestó en abrirlo ni le prestó atención.
—Gracias —dijo. Era difícil saber si estaba enojado porque la corbata siempre le apretaba el cuello. A veces pensaba que se estaba asfixiando —. Eres la única que lo tiene listo. Extrañaré tu puntualidad.
—¿Extrañar? Lo dice como si fuera a despedirme —lo dije como si fuera una broma, pero estaba empezando a sudar frío.
—¿Por qué te despediría? —preguntó y de nuevo se puso a ver hacia su computadora —Lo cierto es que ya no nos veremos mucho, o eso espero —entonces dejó lo que estaba haciendo y puso sus grandes manos sobre el escritorio con los dedos entrelazados —. Te necesitan en otra sede.
—¿A mí? —no hubo alivio realmente. Después de todo, un traslado a un país desconocido no estaba en mis propósitos de año nuevo —. ¿En dónde?
—En Irlanda —lo dijo con desaire, pero al menos se esforzó por verse un poco entusiasmado y hablar menos serio —. Russell ha tenido problemas de salud y presentó su carta de renuncia esta semana. Están buscando un reemplazo y creemos que eres la mejor opción para el puesto.
—No sé qué decir —era en serio. Me quedé sin palabras unos segundos —. ¿Tienen a alguien allá? O tal vez en Nueva York. Yo-
—Vamos, Rachel, ¿podrías al menos pensarlo? —no me dejó terminar la frase —. No fue solo cosa mía. Jacobs fue quien te propuso y su jefe piensa que es una buena idea. A Russell le pareció perfecto; quiere enseñarte cómo se hace todo allá. Hemos visto cómo trabajas y lo dedicada que eres.
—Muchas gracias, señor —mis manos se juntaron al hablar —. En serio le agradezco la confianza, pero no puedo aceptar —la respuesta fue espontánea —. Ya sabe lo que pasó con mi madre. Lo último que quiero es dejarla sola.
—Sabía que dirías algo como eso. Y está bien, lo puedo entender —bajó la cabeza y negó —. ¿Mencioné el generoso aumento y los beneficios que tendrás allá si aceptas?
—No, no lo mencionó —me reí y él también —. Lo siento, señor Morgan. En otras circunstancias, lo habría aceptado sin dudar —era mentira, hubiera dudado mil veces.