Llegué al aeropuerto después de casi siete horas en el avión. El dolor de cuello era terrible y sentía espinas en los ojos, pero al bajarme me sentí increíble. Estiré mis brazos y piernas antes de dejarme deslumbrar por estar de visita en un lugar nuevo. Nunca antes había estado fuera de Canadá, por lo que me sentí como una niña entre tanta fascinación.
Pasé revisando cada detalle. El aeropuerto no era tan emocionante, pero era diferente al que había en casa y eso era especial. Me detuve a comprar un bagel que comí a medias porque no tardé en recibir mi equipaje.
Quien lo entregó fue amable y me indicó cómo podría llegar a mi hotel. Salí caminando pensando que estaría cerca, pero la persona que hizo la reserva tuvo la brillante idea de hacerme cargar mi equipaje un par de kilómetros para ir a dormir.
Llegar hasta allá fue un verdadero problema. Ni siquiera pude disfrutar del paseo nocturno como hubiera querido. De no ser por el internet, seguiría perdida en alguna calle por allá. Quería salir a explorar Dublín y a hacer mil cosas; probar la comida, ver los castillos y otras estructuras medievales. Sin embargo, cuando llegué a la habitación que me dieron lo único que pude hacer fue saltar hacia la cama y dormir unas pocas horas.
Enrique me envió un mensaje en la madrugada y no lo vi hasta que desperté. Tenía que estar en la estación de buses en menos de hora y media. Si llegar hasta el hotel fue una pesadilla, ir hasta la estación fue una tortura.
Mi maleta seguía tan pesada como el día anterior y corría en contra del tiempo. Ingresé al bus correcto y ocupé mi asiento en el momento preciso, pues pronto se puso en marcha y no estaban dispuestos a esperar.
Estaba junto a la ventana. Mi nariz estuvo casi todo el tiempo pegada al vidrio. Deseaba dormirme, pero fue mayor la curiosidad que me mantuvo despierta hasta llegar a la estación en Galway. Los árboles ya se estaban tornando amarillos y rojos en esos días. Un paisaje como ese fue la mejor primera impresión que pude tener estando allí.
Bajé del bus y revisé mi celular. Lo peor que podía pasar, pasó: estaba apagado y sin batería. No puede ser, pensé. ¿Cómo pude olvidarme de enchufarlo cuando llegué al hotel? Caminé buscando a alguien que pudiera ayudarme y vi a un hombre con un rostro muy amigable sentado en una banca.
—Hola, buenos días —le dije. Fue difícil reconocerme a mí misma en una situación tan incómoda, mi voz sonó tímida y frágil. El señor se me quedó viendo atento —. Estoy buscando el camino hacia Vidrios Templados Aurora.
—Aurora está hacia el norte —me dijo y me preocupé al verlo frunciendo el ceño —. A unos cinco kilómetros quizás.
—¿Eso es mucho caminando? —vio mi maleta y la señaló con un dedo.
—Si va caminando con eso, sí. Puede ir en taxi —allí estaba yo, parada frente a un extraño riéndome, con la mano en la frente porque no se me ocurrió algo tan simple como eso.
—Menos mal lo dijo —recuerdo pensar que decirlo en voz alta lo haría menos vergonzoso. Por supuesto, no funcionó —. Le agradezco.
Él fue cordial al despedirse y fui a cambiar un poco de dinero para poder pagarle al taxista con euros. Le indiqué hacia dónde iba y él me llevó hasta mi destino. Casi me muerdo la lengua para no gritar cuando vi la hora en el tablero del vehículo. Eran casi las 10:00 am y yo seguía en el taxi.
El hombre me ayudó a bajar mi maleta y entré al edificio. No era para nada similar a lo que teníamos en Canadá: se trataba de un edificio antiguo acondicionado y remodelado en el interior. A pesar de eso, era acogedor y tenía un aire rústico que me dejó encantada. La recepcionista me dejó meter mi equipaje a un cuarto de limpieza para mientras y luego me guió a la oficina de Russell.
—Tú debes ser Rachel Eaton —me dijo tan pronto me vio. Al principio pensé que estaba enfermo, pero su voz era siempre muy nasal. También se me acercó para apretar mi mano. Ni siquiera se detuvo un segundo para ver el reloj a pesar de mi retraso—. Soy Rowney Russell.
—Mucho gusto, señor —le di una sonrisa similar a la que él me ofreció.
—Llámame Rowney, no seas tan formal —sonaba relajado. Era mucho más joven que la mayoría de los encargados, incluso más joven que mis jefes en Toronto —. Me recuerdo de ti. Estuviste en la feria de Toronto —él sacudió su dedo mientras apuntaba hacia el techo.
—Sí, estuve allí.
—Qué bien. Te recomendaron mucho, así que voy a confiar en que tengo a la persona correcta aquí —ese comentario hizo crecer la presión de las expectativas que los demás tenían en mí. Todo lo que sabía lo aprendí del señor Morgan y a partir de ese momento yo tendría que ser el señor Morgan de otros.
Me dio un tour por el edificio. Me enseñó en dónde estaban las oficinas del departamento de ventas y me presentó con el equipo. No hizo ninguna reunión ni nada por el estilo, solo pasamos por los cubículos de los vendedores y me dijo sus nombres.
—Ella es Evie —me dijo detrás de la única chica del equipo. Estaba hablando por teléfono, así que no quiso interrumpirla de inmediato. Ella solo se dio la vuelta para vernos. Sonrió sin dejar de conversar con el cliente y meneó la mano para saludarnos. Los demás no se molestaron en mostrar sus dientes —. Entró hace unos cinco meses solamente, así que está aprendiendo un poco de todo todavía.
—Mucho gusto —le dije en voz baja. Ella quitó rápido la vista del frente para ver algo en su computadora y casi tira el agua que tenía al lado. Pudo sostener el vaso, pero estuvo a punto de arrancar los audífonos de su cabeza a cambio. Rowney subió los hombros. Él le ayudó con el agua y la movió más atrás.
—Será mejor que la dejemos sola —me habló al oído. Por un momento, Evie me recordó un poco a mí cuando era más joven.
Después fuimos a ver el lugar en donde se ensamblaban los pedidos y donde se templaba el vidrio. Era distinto a cómo se hacía en Canadá, pues allá habían muchas instalaciones repartidas por la ciudad.