Ticket de ida

Capítulo II

Llegué al aeropuerto después de casi siete horas en el avión. El dolor de cuello era terrible y sentía espinas en los ojos.

Abajo estiré mis brazos y piernas antes de dejarme deslumbrar por estar de visita en un lugar nuevo. Nunca antes había estado fuera de Canadá, por lo que me sentí como una niña entre tanta fascinación.

El aeropuerto no era tan emocionante, mas era diferente al que había en casa y eso era especial. Miraba los rótulos y letreros; escuché los acentos inusuales de las personas; incluso la ropa que usaba el personal me llamó la atención. Me detuve a comprar un bagel que comí a medias porque no tardé en recibir mi equipaje.

Un joven muy delgado me entregó mis cosas y me indicó cómo podría llegar a mi hotel. Salí caminando pensando que estaría cerca, pero la persona que hizo la reservación tuvo la brillante idea de hacerme cargar mi equipaje un par de kilómetros para ir a dormir.

Llegar hasta allá fue un verdadero problema. De no ser por el internet, seguiría perdida en alguna calle por allá. No fue el mejor primer día en Irlanda.

En la habitación solo pude saltar hacia la cama y dormir unas pocas horas. Enrique me envió un mensaje en la madrugada y no lo vi hasta que desperté. Tenía que estar en la estación de buses en menos de hora y media. Si llegar hasta el hotel fue una pesadilla, ir hasta la estación fue una tortura.

Mi maleta seguía tan pesada como el día anterior y corría en contra del tiempo. Ingresé al bus correcto y ocupé mi asiento en el momento preciso, pues pronto se puso en marcha y no estaban dispuestos a esperar.

Estaba junto a la ventana. Mi nariz estuvo casi todo el tiempo pegada al vidrio. Deseaba dormirme, pero fue mayor la curiosidad que me mantuvo despierta hasta llegar a la estación en Galway. Los árboles ya se estaban tornando amarillos y rojos en esos días. Un paisaje como ese fue la mejor primera impresión que pude tener estando allí.

Bajé del bus y revisé mi celular. Lo peor que podía pasar, pasó: estaba apagado y sin batería. —No puede ser — , pensé. ¿Cómo pude olvidarme de enchufarlo cuando llegué al hotel? Caminé buscando a alguien que pudiera ayudarme y vi a un hombre con un rostro muy amigable sentado en una banca.

—Hola, buenos días —le dije y mi voz sonó frágil. El señor me vio atento —. Estoy buscando el camino hacia Vidrios Templados Aurora.

—Aurora está hacia el norte —me dijo y me preocupé al verlo frunciendo el ceño —. A unos cinco kilómetros quizás.

—¿Eso es mucho caminando? —vio mi maleta y la señaló con un dedo.

—Si va caminando con eso, sí. Puede ir en taxi —allí estaba yo, parada frente a un extraño riéndome, con la mano en la frente porque no se me ocurrió algo tan simple como eso.

—Menos mal lo dijo —recuerdo pensar que decirlo en voz alta lo haría menos vergonzoso. Por supuesto, no funcionó —. Le agradezco.

Él fue cordial al despedirse y fui a cambiar un poco de dinero para poder pagarle al taxista con euros. Le indiqué hacia dónde iba y él me llevó hasta mi destino. Casi me muerdo la lengua para no gritar cuando vi la hora en el tablero del vehículo. Eran casi las 10:00 am y yo seguía en el taxi.

El hombre me ayudó a bajar mi maleta y entré al edificio. No era similar a lo que teníamos en Canadá: se trataba de un edificio antiguo acondicionado y remodelado en el interior. A pesar de eso, era acogedor y tenía un aire rústico que me dejó encantada.

La recepcionista me dejó meter mi equipaje a un cuarto de limpieza para mientras y luego me guió a la oficina de Russell.

—Tú debes ser Rachel Eaton —al principio pensé que estaba resfriado, pero su voz era muy nasal. Me apretó la mano y no se detuvo un segundo para ver el reloj a pesar de mi retraso—. Soy Rowney Russell.

—Mucho gusto, señor —le di una sonrisa similar a la que él me ofreció.

—Llámame Rowney, no seas tan formal —sonaba relajado. Era mucho más joven que la mayoría de los encargados, incluso más joven que mis jefes en Toronto —. Te recuerdo. Estuviste en la feria de Toronto —él sacudió su dedo mientras apuntaba hacia el techo.

—Sí, estuve allí.

—Qué bien. Te recomendaron mucho, así que voy a confiar en que tengo a la persona correcta aquí —ese comentario hizo crecer la presión de las expectativas que los demás tenían en mí. Todo lo que sabía lo aprendí del señor Morgan y, muy pronto, yo tendría que ser el señor Morgan de otros.

Me dio un tour por el edificio. Me enseñó en dónde estaban las oficinas del departamento de ventas y me presentó con el equipo. No hizo ninguna reunión ni nada por el estilo, solo pasamos por los cubículos de los vendedores y me dijo sus nombres.

—Ella es Evie —me dijo detrás de la única chica del equipo, quien hablaba por teléfono y movía rápido sus manos de un lado a otro. Nos dio una sonrisa sin dejar de conversar con el cliente y meneó la mano para saludarnos. Los demás no se molestaron en mostrar sus dientes.

—Mucho gusto —le dije en voz baja. Ella quitó rápido la vista del frente para ver algo en su computadora y casi tira el agua que tenía al lado al hacerlo. Pudo sostener el vaso, pero estuvo a punto de arrancar los audífonos de su cabeza a cambio.

—¿Continuamos? —me dijo Rowney casi al oído subiendo los hombros. Por un momento, Evie me recordó un poco a mí cuando era más joven.




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