Ticket de ida

Capítulo IV

En la mañana el café decidió caer sobre mí. Era mi primer día libre en Irlanda y fue así como comenzó. Me di cuenta de la pila de ropa sucia que se había acumulado.

Tenía una larga lista de cosas que quería hacer, afuera y adentro. Los únicos pequeños —más bien grandes—obstáculos fueron todas las excusas que yo misma me puse con tal de quedarme descansando. No me había sentido tan agotada en muchos años.

El clima afuera estaba poniéndose más helado con los días y el abrigo que llevé dejó de hacer bien su trabajo. Tenía cada vez más motivos para salir. No solo por el abrigo o compras pendientes, sino por él…

Una llamada breve me permitió saber cómo estaba mi mamá y después le hablé a Sam para preguntarle si podría llevarme al centro de la ciudad. Refunfuñó al principio, pero accedió.

Ese día ocultó sus canas debajo de una boina roja muy elegante. Si hubiera tenido más confianza entonces, le habría hecho un comentario al respecto.

Pasé vagando por la ciudad para conseguir lo que necesitaba. El sol del mediodía estuvo cálido por un par de horas. Los carros transitaban por el lado contrario y tuve que esquivar algunos vehículos por mi falta de costumbre.

Caminé frente a una tienda de autos y pensé que conseguir uno tal vez no sería mala idea. Luego recordé que no sabía conducir y solo continué con mi recorrido planificado para no perderme.

En la tarde tuve la mejor idea que tuve ese día: ir a la cafetería de la noche anterior. Me repetí a mí misma que iba por el pan con pollo y queso amarillo, pero no pude engañarme.

Pedí algo diferente esta vez: focaccia con pesto y queso mozzarella. Ni idea de que era la focaccia, pero debía ser buena. Para el frío elegí mi primer café irlandés y vaya que fue una decisión inteligente.

Estuve sentada en el pequeño sofá más tiempo del necesario y constantemente levantaba la mirada si la puerta se abría. Si alguien se parecía a él, rascaba la tela del sillón y enderezaba mi espalda para ver mejor.

Nunca llegó. Era sábado, podría tener otros planes. Quizás yo estaba loca por pensar que podría encontrarlo allí otra vez. Regresé a la calle y llegué a casa cuando el sol ya se había escondido

Fui al área de lavandería con mi ropa sucia y quise abrir la puerta, pero estaba atascada. Empujé y no se abrió, así que tiré la ropa para usar mis dos manos. La perilla giraba de un lado a otro y cuando usé más fuerza al fin se abrió. La inercia me hizo caer hacia adelante, justo detrás de la puerta.

Los electrodomésticos funcionaban bien, pero había algo detrás de ellos, escondido. Puse mi ropa en su lugar, con jabón, y el aparato hizo el resto. Mientras tanto, no pude quitarme la curiosidad de lo que había detrás. Era pesado y estaba cubierto con una sábana vieja.

Moví algunas cosas como si tuviera toda la energía del mundo y lo jalé hacia afuera para descubrirlo. Era un hermoso espejo con marco de madera tallado a mano y acabados muy finos. ¿Por qué alguien ocultaría algo como eso?

En la parte de atrás había una inscripción que incluía el nombre de quien lo talló y debajo decía “Kiera y Ted Aiken”. Vi mi reflejo, con mi cabello revuelto por el viento, antes de cubrirlo y devolverlo a su lugar.

Le marqué al señor Morgan para conseguir la información de contacto de los dueños de la casa, y así preguntarles si iban a llevárselo, y me reprendió por llamarlo un sábado. Prometió enviarme el dato cuando lo tuviera.

Acomodé las cosas que compré: algunas especias y café; cosas que debí poner antes en la nevera; por último la ropa y mi abrigo nuevo. Aseé un poco todo y me recosté un rato. Quitarme los zapatos se sintió como la gloria.

—Hola, mamá —le dije cuando respondió el celular al fin tras varios intentos.

—Hola, mi amor —no sonó normal. Había algo raro en su voz.

—¿Cómo estás?

—Estoy bien, cariño —siempre me mentía con eso. La conocía tan bien que no podría engañarme —. ¿Tú cómo estás? ¿Qué hiciste en tu primer día de descanso?

No fui muy explícita al contar todos los detalles. Omití por completo la parte de la cafetería. Es más, quise olvidar lo que hice porque me sentí un poco ridícula al recordarlo.

—¿Tú qué estás haciendo? —le pregunté cuando terminé de hablar de mi día. Me mordí los labios y mis cejas se fueron hacia abajo cuando quise preguntar si estaba llorando.

—Nada en especial. Hice un guisado antes de que llamaras —el olor a cebolla y tomates fritos de algún modo llegó a mi nariz cuando dijo eso.

—Daría lo que fuera por probarlo —le dije. Si ella supiera cuántas cosas más querría decirle y no pude.

—Tendría que darte la mitad de mi plato —fue una broma ligera, pero me sacó una sonrisa y al hacerlo, salió una lágrima que limpié rápido.

—Mamá, prométeme que estás bien. Puedo volver, lo digo en serio —por ella y, aunque me doliera admitirlo, por mí. Cada día pesaba más que el anterior, por una u otra razón.

—¿Cómo crees? Yo estoy bien. Solo necesito adaptarme a tener este lugar para mí sola.

Insistió, como siempre. La depresión la fue abandonando con el tiempo luego de la muerte de mi padre, pero no podría protegerla de una recaída si estaba tan lejos. Cuando colgué el teléfono, no hice más que ponerme a llorar. No recomendaría la vida adulta después de esa llamada. Cero estrellas.




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