No sabía nada de él y aun así, no podía sacarlo de mi mente. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué un completo desconocido estaba entrando tan profundo cuando apenas podía recordar el color de sus ojos?
Estar lejos de mi madre y rodeada de desconocidos hizo cosas raras en mi mente. De algún modo, él se sentía como el único pedacito de Toronto en Galway.
—¿Rachel? —preguntó mi mamá de pronto a medio bostezo. Yo me estaba peinando y por algún motivo tenía un gran nudo en la cabeza. Y no precisamente por el cabello.
—¿Sí? Perdón, es que algo le pasa a mi cabello —no me hizo gracia, pero a ella sí. Al menos alguien se estaba riendo mientras yo buscaba la forma de arreglar el desastre que tenía en la cabeza.
—El tomate tiene que estar maduro. Déjalo afuera de la nevera —una sugerencia muy acertada. El problema era que afuera ya se sentía como una nevera gigante en la que vivía. Debía haber algún modo de ajustar la calefacción, pero no estaba en el manual imaginario que me dieron cuando me mudé.
—Lo haré. Gracias —le dije cuando vi el reloj. Faltaban solo dos minutos para las 7:30 am y conociendo a Sam sabía que estaba por llegar —. Se me hace tarde —como siempre—, así que tendré que colgar pronto. Intenta dormir un poco al menos.
—Veré el canal de recetas. Eso siempre me hace dormir.
—No, mamá, solo te dará más hambre —le dije mientras sacaba los tomates del refrigerador. El teléfono casi se me resbala y tuve que sacrificar los tomates. Cayeron casi en cámara lenta.
Mi madre me deseó un buen día y me puse a recoger lo que estaba en el suelo. Para el momento en que terminé y subí al taxi, ya era tarde otra vez.
Fue un martes más estresante de lo que hubiera deseado. Solo en la mañana tuvimos una reunión virtual con un cliente de Levi, que estaba dispuesto a renegociar un contrato que nunca se cumplió.
Rowney tomó la iniciativa y yo fui solo una observadora. La forma en que él actuaba con tanta serenidad era sorprendente. Tenía las respuestas en la punta de la lengua. Era la clase de persona que podría vender una roca a un precio exorbitante.
Carson tenía una reunión presencial con un potencial cliente menor. Russell no quiso ir y me mandó a hacerle compañía como si no tuviera otras siete cosas que hacer.
El cliente era demasiado risueño y por alguna razón mostraba mucho las encías. Me preguntaba si era normal reír tanto al negociar contratos. Yo personalmente firmaba papeles todo el tiempo en Canadá y nunca le vi el chiste. Terminé con un calambre en la quijada al final de la junta.
Rowney se estaba tronando los dedos cuando volví a la oficina. Se me quedó viendo unos segundos y volvió a su pantalla.
—¿Ocurre algo? —le pregunté como si no hubiera sido obvio que algo estaba pasando.
—Llegaron los resultados de la auditoría —apretó los dientes y chasqueó los dedos con una mueca falsa en su rostro. Era como si la piel de las mejillas se le estuviera derritiendo.
—¿Qué auditoría? —me acerqué a él despacio, con precaución.
—De funciones y desempeño —Rowney se acomodó la corbata y sopló el aire que guardó en sus mejillas —. Estuvieron evaluando los resultados del año y el desempeño en las últimas dos semanas.
—¿Por qué lo dice como si las cosas hubieran salido mal? —fue una pregunta honesta, pero en realidad no quería saber más acerca de cosas que no estaban saliendo bien. Su sonrisa forzada me lo dijo todo antes de que abriera la boca para decir algo.
—Hay un poco de todo. Te entregaré un resumen para que te hagas cargo de esto en lo que resta del día. Yo te cubro con lo demás —fue cuando pensé “oh, diablos” y no pude hacer más que abrir los ojos como si se me fueran a salir de las cuencas. No importaba si Rowney estaba allí, él se iría pronto y la verdadera responsable sería yo.
—Está bien —le dije con una voz más chillona de lo usual. Él no dejó de verme hasta que me senté a su lado. De pronto se rió entredientes.
—Tengo el presentimiento de que te llevarás muy bien con el equipo de auditorías. Son todos muy comprensivos —sabía que era sarcasmo, pero no sabía qué tan malo sería hasta que leí el resumen.
Las ventas habían caído en un veinte por ciento contra el promedio de los cinco años anteriores. Evie estaba en números rojos desde que se unió al equipo de ventas y había muchas quejas internas de procedimientos que no se estaban alineando con las políticas de Aurora.
No quise decirle nada. Leí varias veces el resumen pensando en formas para abordar la situación y no pude pensar en otras cosas que no fueran reclamos de arriba y de abajo. Mi mente maquinó unos quince escenarios en donde todo se iba al diablo.
Parpadeé y volví a la realidad cuando a Rowney se le cayó su celular. Estaba de pie, apenas sosteniéndose y tan pálido que pensé que se iba a desmayar. Me levanté a toda prisa para ir por él. No tenía la fuerza para cargar la despensa, mucho menos para darle apoyo, así que jalé su silla de cuero para que se sentara.
Mantuvo la cabeza agachada por varios minutos, con los ojos cerrados y respirando muy profundo. Le ofrecí agua y solo negó con la cabeza. Le pregunté si debía llamar a alguien o si había algo que necesitaba y de nuevo negó.