Pasé la noche entera revisando mi teléfono cada cinco minutos. A veces no aguantaba la tentación y lo hacía solo un minuto después. Ya no me sentía tan ridícula al hacerlo ya que al menos conocía su nombre.
Decidí cortarle a mi madre más rápido de lo usual para despejar mi teléfono. Sin embargo, me sentí más triste de lo que quisiera admitir cuando llegó la medianoche y no recibí nada de él.
En la mañana fue un poco más de lo mismo. Salí de mi casa a las 7:38 am y Sam me estaba esperando afuera. Otra vez llevó una boina, pero ese día lo combinó con un lindo chaleco de rombos que le sentaba bien.
—Qué formal se ve hoy, Sam —no me aguanté las ganas de hacerle el cumplido. Me vio de reojo por el retrovisor y se mantuvo en silencio. Me hubiera arrepentido de hacer ese comentario de no ser porque vi que sonrió.
Rowney se encontraba mucho mejor que la última vez que lo vi. Cuando lo saludé, sentí el fuerte olor del cigarro que acababa de fumar muy impregnado en su ropa. El olor me parecía desagradable, pero era cada vez más familiar.
—¿Quieres una dona? —me dijo cuando estaba poniéndome cómoda.
—¿Lo dice en serio? —subí la mirada para buscar sobre el escritorio. Allí estaba la pequeña caja rosada con blanco con mi presunta dona.
—Sí. Compré dos: una para ti y la otra para mí. No es la gran cosa, pero agradezco los buenos gestos con comida —abrió la caja y me la acercó mientras decía su discurso —. La mía es la de chocolate, no la vayas a tocar —bromeó.
Solo verlas alborotó mis glándulas salivales. Le di un mordisco al postre y él me siguió de inmediato. Siendo honesta, habría preferido la de chocolate, pero no quería dañar el momento.
—No era necesario, pero muchas gracias —le dije con la boca medio llena y revisando mi celular por enésima vez.
Y así fue mi mañana. Justo cuando mi celular vibró, estaba sentada al lado de Rowney revisando un par de documentos. Quería brincar y correr a recogerlo, pero no pude más que verlo al otro lado de la mesa.
—Y por último este —dijo pasando a la siguiente pantalla —. No te va a gustar esta parte —no podía ser tan grave, ¿o sí? —. Es una llamada de atención para Evie.
—¿Por qué? —intenté sonar neutral, pero no pude hacerlo. Alargué ese “qué” más de lo necesario y mi preocupación debió notarse.
—Ha estado muy lejos de los objetivos de ventas. No hubieran presionado con esto de no ser por la auditoría —me volteó a ver mientras yo estaba enfocada leyendo el papel.
—¿Es un ultimátum? —no estaba explícitamente en el documento, aunque se leía entre líneas y la respiración profunda de Rowney lo dijo todo.
—Algo así —sacudió las manos —. ¿Qué piensas hacer con esto?
—¿Hacer con eso? ¿A qué se refiere?
—No hablo de la llamada de atención. Esa la debes firmar, ver que ella también la firme y regresarla al equipo de Talento. Hablo de Evie. ¿Qué vas a hacer con ella?
—Yo… —mi hámster estaba corriendo con todas las fuerzas, pero no era tan veloz —. ¿Qué debería hacer?
—Puedes abordarla o dejarla ir —eso fue duro de escuchar. A él no pareció afectarle en nada decirlo —. Tenemos a los mejores vendedores aquí. Myles y Carson serán tus cartas fuertes. Trabaja con los demás cuando veas la oportunidad y deja ir a Evie si quieres dejar de complicarte mucho la vida.
—¿Puedo enseñarle a vender?
—Claro que puedes, pero va a llevar tiempo. Me la dieron porque no sabían en dónde ponerla. Yo prefiero trabajar con gente experimentada. Si quieres el consejo de alguien que sabe de lo que habla, déjala ir. Te ahorrará tiempo, frustraciones y preocupaciones.
—No sé si pueda hacerlo —de todas las cosas que tenía que hacer como encargada, no pensé jamás en esta parte. Tal vez empecé a sobrepensar demasiado, pero lo cierto es que quería hacer algo por ella. Al menos hacer el intento. ¿Cómo podía Rowney actuar con tanta frialdad?
—Por eso te lo digo. Es tu decisión. Por ahora, imprime la hoja y dásela. Ya tendrás tiempo para pensar en ello luego.
Lo tomó muy a la ligera. Yo no pude. Fui a la impresora para recoger la hoja y mis ojos saltaban a Evie todo el tiempo. Ella estaba en su computadora, moviendo las manos muy deprisa. Sentí un peso muy extraño en mi abdomen.
Regresé a la oficina y recogí mi celular. Había hasta olvidado ver por qué estuvo vibrando antes:
Connor: ¡Hola! - 9:43 am.
Connor: Siento escribir hasta ahora. Me quedé dormido cuando llegué a casa anoche. - 9:44 am.
Connor: Te habla Connor, por si tienes la duda. 9:49 am.
Mis emociones estaban por los suelos. Leer los mensajes fue reconfortante por apenas unos pocos segundos. Bloqueé mi celular porque no me sentía con ánimo de responder.
Volví a mi escritorio y empecé a auditar personalmente a Evie. Revisé sus contratos, escuché sus conversaciones e hice una pequeña lista de áreas que debía mejorar, fortalezas y opciones para ser una vendedora más capaz.
Cuando llegó la hora del almuerzo decidí comprar algo fácil de comer y me quedé sentada frente a la computadora preparando todo lo que necesitaba. Tenía reportes que enviar, clientes a los cuales dar seguimiento y tenía el tema de Evie, que acaparó más del setenta por ciento de mi energía del día.