Ticket de ida

Capítulo VII

No dormir bien se estaba convirtiendo en parte de mi rutina. El día anterior había sido una sopa emocional y todavía no podía terminar de tragarla. Olvidé llamar a mi madre porque desperté cuando Sam tocó la bocina.

Con los ojos casi pegados, entré en la ducha y salí sin pensar en que el piso se estaba mojando. Me puse lo primero que encontré, pasé recogiendo una rebanada de pan sándwich y subí al taxi más tarde que nunca. Me abstuve de hacerme la chistosa con Sam.

Él condujo más rápido que otros días para llevarme a tiempo a Aurora… otra vez. Hablando de rutina, llegar tarde también se estaba volviendo un hábito. Bueno, no era nada nuevo. Me pasaba seguido en Toronto. La diferencia era que tenía que demostrar más que nunca que podía ser puntual en la mañana.

Rowney no me vio con muy buena cara. Puso su dedo en el reloj tan pronto entré a la oficina y tal vez fue idea mía, pero sentí que todos me estaban viendo cuando llegué al edificio.

—Rachel…

—Lo sé, Rowney, lo siento. Sé que no es excusa, pero me quedé dormida. Ni siquiera me di cuenta cuando apagué la alarma y-

—Tienes que resolver eso —subió la voz más de lo usual. Si hubiera estado 1 grado más frío, me habría dado un escalofrío —. Morgan me dijo sobre tus problemas de puntualidad.

—¿Qué le dijo? —tenía los brazos bien pegados al cuerpo como hacía cuando mi mamá me llamaba por mi nombre completo —. Digo, sí, lo haré.

—Por favor. Dejarás de rendirme cuentas al final de la siguiente semana y será mejor que no andes llegando tarde a todos lados.

—¿La siguiente semana? ¿Ya se va a ir? —de pronto la conversación dejó de ser un regaño y se convirtió en un recordatorio de la realidad. Sí que golpeó fuerte.

—Sí, a fin de mes.

—No puede ser —lo dije en voz alta, pero no era lo que quería hacer.

—Era cuestión de tiempo.

—¿Qué pasa si no estoy lista? —empecé a caminar por la habitación con una mano en mi cabeza. No sabría decir por qué lo hice, no fue algo que me calmara ni mucho menos.

—Estás lista. Podría irme hoy mismo y sabrías qué hacer.

—Sí, claro. Terminaría con una embolia en el cerebro antes de que termine el día —no era un chiste de mal gusto. Era casi una premonición. Rowney se rió mucho.

—¿Sabes qué es lo que necesitas? —dijo haciendo su silla hacia atrás. Yo negué con la cabeza sin dejar de mover mis pies de izquierda a derecha —. Necesitas respirar. Aprendiste la mayoría de cosas. Solo debes aprender a gestionar tu tiempo y a apoyarte en los muchachos. Es todo.

—Lo dice como si fuera tan fácil.

—No, en lo absoluto. Es la parte más difícil, pero solo lo aprendes cuando lo empiezas a hacer. No antes. Así que siéntate y trabaja en el reporte de ayer —revisó su reloj. Era una manía que tenía que solo me ponía más nerviosa —. Tienes cuarenta minutos para enviarlo.

Di un suspiro profundo. Mis fosas nasales debieron verse enormes cuando volví a inhalar. Él tenía razón, solo debía hacer lo que ya estaba haciendo, ¿cierto? Nada podría salir mal, ¿o sí?

Trabajé en el reporte y lo envié a tiempo. Hasta me sobraron diez minutos para ir por café y comerme la rebanada de pan que había tomado en casa. Fue un desayuno de campeones.

Iba de regreso a mi lugar cuando pasé al lado de Myles y él ni siquiera me volteó a ver. Tampoco hice el esfuerzo más grande por abordarlo, pero ciertamente quería ser amable.

A la hora del almuerzo pasó algo parecido. Myles no era mi favorito y trabajar con él se estaba haciendo difícil. Tampoco tenía opción.

Estuve muy ocupada el resto de la tarde. Aunque Rowney me guió en algunos procesos y me ayudó, la mayor parte del trabajo la hice yo. Era emocionante ver las cosas terminadas y saber que habían salido de mí.

Poco antes de irme noté que Corey estaba todavía en su lugar. Él siempre salía a la hora exacta porque debía ir por sus hijas a la escuela. Sin embargo, algo no andaba bien con él.

—¿Cómo va todo por aquí? —me vio con entusiasmo cuando me acerqué a él. Su suéter estaba lleno de pelo de gato. Algo me dice que le daban alergia porque siempre cargaba una caja de pañuelos.

—Um… bien, supongo —me preguntó —. ¿Ya te vas?

—Prefiero hacerlo cuando termines lo tuyo. ¿Necesitas ayuda?

—Sí, necesito ayuda. El modelo no le gustó al cliente y no aceptó la negociación.

Le avisé a Sam que tendría que esperarme un poco y empezamos a revisar su caso. Viendo su monitor buscamos la forma de ajustar el modelo que el cliente deseaba sin esquivar las normas y él envió el correo electrónico antes de apagar la computadora.

En la noche le marqué a mi mamá. No había hablado con ella en todo el día y me sentía culpable por no haberla llamado más temprano.

—Ay, mi vida, no te preocupes. Estuve un poco ocupada de todos modos —sonaba sospechosamente contenta. Fue un alivio al principio, pero siempre estaba así antes de una recaída y tuve miedo.

—¿De verdad? —pregunté con desconfianza.

—Sí. Hay —como lo digo— un nuevo vecino en el edificio de enfrente y me invitó a conocer su apartamento.




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