Abrí las cortinas de la ventana en mi habitación con mucho entusiasmo. Quería imitar esas escenas de películas románticas en donde entra la luz y el día afuera es hermoso. Estaba nublado.
Aun así bajé las escaleras sonriendo. Me puse mi blusa favorita y mis jeans más nuevos junto con un par de zapatos que claramente serían una mala idea con el clima. Hasta me eché más perfume del que debía y me arrepentí cuando recordé cuánto pagué por él.
Connor: Hola, Rachel. ¿Cómo estás? 9:26 am.
Rachel: ¡Hola, Connor! 9:29 am.
Rachel: Muy bien y emocionada por lo de hoy. ¿Tú cómo estás? 9:30 am.
Connor: También estoy emocionado. Ya quiero que veas lo que quiero mostrarte. Ojalá te haga tanta gracia como a mí. 9:35 am.
Rachel: ¿Vas a decirme qué es? 9:36 am.
Connor: Ni hablar, no tendría el mismo impacto. 9:37 am.
Me cepillé los dientes después de desayunar y salí a la calle con el abrigo enorme que acababa de conseguir. Tuve que volver adentro para dejarlo en el sofá. En contra del pronóstico que yo misma inventé, afuera estaba cálido.
Connor: Iré por ti si no te molesta. ¿En dónde vives? 11:48 am.
No leí el mensaje hasta después del mediodía cuando Sam me había dejado cerca del centro de la ciudad. Había mucha gente por todos lados y no reconocía las calles. Había pasado varias semanas en Irlanda y todavía no conocía mucho más allá de mi ruta de todos los días.
Me detuve un instante antes de responder su mensaje. Ni siquiera el día que subí al avión para llegar a Dublín me provocó ese malestar estomacal que sentía. Y eso que sí había desayunado un poco de cereal con leche deslactosada.
Rachel: No vi esto hasta ahora. Estoy en la ciudad frente al supermercado. 12:32 pm.
Connor: ¿Crees poder llegar al puerto? 12:35 pm.
Connor: ¿O te pierdes fácilmente? 12:35 pm.
¿Qué me quería decir con eso? Sí, parecía que no se llevó la mejor impresión de mí después del accidente de las latas en el supermercado.
Rachel: Lo tengo, no te preocupes. Puedo caminar. 12:36 pm.
Connor: Bien, entonces te veré allá. Será más fácil encontrarte en ese lugar que frente a uno de los cinco supermercados que tengo en mente. 12:38 pm.
Mis manos estaban empezando a sudar cuando estaba caminando hacia el puerto. Las saqué de mis bolsillos y las dejé moverse con libertad. Demasiada libertad, creo. Un par de personas se me quedaron viendo raro y tuve que dejar de balancear tanto los brazos.
En el puerto había todavía más gente. No entendía cómo podíamos ser tantos seres humanos ocupando el mismo espacio al mismo tiempo. Me perdí entre la multitud y empecé a buscar a Connor por todos lados.
Le toqué la espalda a un extraño pensando que era él. Se me borró la sonrisa incómoda de inmediato al darme cuenta de que era otra persona. Me habló en irlandés y no entendí una sola palabra de lo que dijo.
Decidí dejar de buscarlo cuando estuve más cerca de la orilla. Un gran barco estaba estacionado, o como se le diga, justo al frente y estaban bajando grandes cajas entre tres hombres. Uno de ellos resbaló y apenas se salvó de caerse por la baranda de la rampa.
Rachel: Estoy frente al barco rojo. Nunca había visto un barco tan cerca. 12: 50 pm.
—¡Hey! —me dijo Connor asomando desde atrás y tocándome la espalda. Él no se equivocó de persona —. ¿Estuviste esperando mucho tiempo? —tenía que hablar muy alto, casi gritando.
—Hola —le dije dándome la vuelta. Ya no pude ver cómo terminaron de descargar el barco —. Sí, llevo como medio día aquí. ¿Te perdiste? —si era necesario decir tonterías para ver esa sonrisa, lo haría seguido.
—Un poco —remató antes de señalarme el camino. No fue fácil, había mucha gente y no tenía espacio para estirar el dedo —. ¿Qué tal si vamos para allá?
Asentí y lo seguí. No perderlo de vista fue un reto, pero él estuvo volteando para estar seguro de que no me estaba quedando atrás.
La música empezó a escucharse en cada cuadra y él me decía cosas que no escuchaba. Solo me quedaba reírme y decir “sí” cada vez que escuchaba su voz. El misterio del Triángulo de las Bermudas se quedó corto cuando intenté descifrar lo que él quería decirme.
—¿Entonces vamos? —preguntó y al fin escuché. No tenía ni la más mínima idea de qué estaba preguntando. En lugar de responder me quedé con la boca medio abierta viendo lo bien que le quedaba esa chaqueta verde sobre la playera negra.
—¿A dónde? —él se volvió a reír. Pensándolo bien, no era tan difícil sacarle una sonrisa.
—El campeonato. Empezará en unos minutos —giró la cabeza a un lado —. Luego podemos comer algo si tienes hambre. Tengo el lugar perfecto en mente.
—Sí, vamos —lo dije con toda la seguridad. En realidad no sabía de qué era ese campamento del que hablaba. ¿O había dicho campeonato?
Por un momento se me olvidó cómo sostener una conversación porque cada pregunta que me hacía, la respondía con monosílabas. Bueno, él tampoco decía mucho.
Continuamos hasta llegar a algo parecido a una carpa de circo blanca. Al fondo había altavoces y una mesa llena de bandejas cubiertas con cientos, sino miles de ostras. Nunca había visto tantas de esas cosas en un solo espacio. Detrás de ello, muy alineados, unos hombres y mujeres con delantales y sombreros de chef.