Ticket de ida

Capítulo XII

Mi cama se llenó de la ropa que me puse y decidí quitarme al instante. Me probé todas las combinaciones posibles y todavía no había encontrado algo que dijera “para comer un helado”. El espejo no mentía. O era muy casual, o muy formal.

Connor: Lo digo en serio. Déjame ir por ti hoy. Estaré encantado. 11:17 am.

Rachel: ¿Estás seguro? Pensé que estaba lejos de tu casa. 11:20 am.

Connor: Es una ciudad pequeña. Nada está realmente lejos. 11:22 am.

Connor: Mándame tu ubicación. 11:22 am.

Seguir huyendo de eso era imposible. Le compartí mi ubicación y dijo que llegaría en quince minutos. Eso quería decir que tenía solo quince minutos para elegir mi atuendo. Abrí la ventana para comprobar la temperatura. No sirvió mucho. Cerré los ojos y elegí algo al azar.

Pantalón azul y blusa blanca. No estaba mal. Combinaba bien con mis zapatos cómodos y el abrigo que acababa de comprar. Era un poco extraño ir a comer un helado cuando la temperatura estaba bajando. La lluvia copiosa me hacía creer que era una auténtica locura.

Connor llegó justo a tiempo. Bajó para tocar el timbre en lugar de usar el claxon. Me sorprendió bastante pues la lluvia estaba tomando fuerza.

—¡Hey! —el cabello le había crecido y cubría una buena parte de su frente. Se miraba tan bien así. Levanté mi mano para saludarlo con una gran sonrisa —. ¿Vienes? Me estoy mojando un poco —entonces era eso. No se peinó así.

—Sí, vamos.

—Corre o te mojarás.

El suelo estaba resbaloso, pero me las arreglé para mantenerme de pie hasta subir al vehículo. Él olvidó que tenía llave puesta y cuando subí ya me había mojado bastante.

No había mucho más que hacer que reírnos y quitarnos un poco de agua con lo que estuviera seco de nuestros abrigos.

—Buen día para un helado, ¿no? —por condiciones como esa prefería no usar anteojos.

—No podría ser mejor.

La lluvia se detuvo cuando el carro se puso en marcha, pero no vimos el sol en todo el día. Por lo menos tuvimos la oportunidad de pasear por el centro y ver el puerto sin tanta gente. El asfalto estaba totalmente mojado y había charcos por todos lados. Lo recuerdo bien porque metí un pie en uno y se me mojó hasta el tobillo.

—¿Qué tal es esta sopa? —le pregunté señalando el platillo en el menú. Decía abulón y pensé que podría ser algún tipo de vegetal irlandés. Resulta que no era así.

—Si le pones limón, te va a encantar. Si no, me la puedes regalar.

No me gustaba probar cosas nuevas. Mientras más conocido, mejor, pero decidí pedir esa sopa. Me arrepentí después del primer sorbo. Connor se la terminó y me dejó tomar su sopa de papa.

—Es increíble que no te gustara el abulón. Este debería ser el mejor amigo del hombre —dijo tras acabarse la comida —. Sublime.

Después de almorzar fuimos por el helado, pero ninguno de los dos tenía espacio para eso y caminamos de regreso al puerto. Las nubes grises cubrían cada pedacito del cielo y la niebla se acercaba por el horizonte.

Puse mis brazos sobre la baranda del muelle y vi hacia abajo para ver el agua del río. El viento lo hacía ver más turbulento de lo que usualmente era y revolvía las olas.

—Ah, rayos —susurró Connor. Me enderecé para verlo y estaba revisando su celular con las cejas encontrándose en el centro.

—¿Todo en orden?

—Sí, pero necesito hacer una llamada. ¿Me das un minuto o dos?

—Claro, tómate tu tiempo —yo estaba bien viendo hacia abajo. Mi mamá solía llevarme al Lago Ontario cuando teníamos descanso y ver tanta agua me transportaba a ese lugar.

Connor se hizo a un lado y su llamada se prolongó un poco más de lo esperado. Al terminar me dijo que lo siguiera y lo hice. El pavimento estaba secándose y había gaviotas volando por doquier. Una llevaba en el pico un emparedado que seguramente acababa de robar.

La tarde se hizo corta con la conversación que se extendió. El helado tampoco alcanzó. Tuve que pedir una segunda ronda. Intenté no sentirme culpable porque tenía veintinueve años sin hacer ejercicio. Menos mal Connor pidió otra paleta también y alivió la culpa.

Llevar una blusa blanca no fue una buena idea. El cono del segundo helado se quebró y la cubierta de chocolate se retrató en la tela. Él me ayudó a limpiarme con su servilleta. Solo terminó embarrado en todo mi abdomen después de eso. Bendito sea ese abrigo que me cubrió.

—Usualmente trabajo temprano. De 5 am y termino a las 2 pm —me contó.

—Despertar tan temprano debería ser ilegal.

—Sí, debería serlo. Ahora me siento mal por mis contratistas.

Volvimos al carro y estaba muy frío adentro. Connor puso la calefacción deprisa y yo estaba frotándome las manos cual mosca. Aunque ya no estaba lloviendo, todo se sentía húmedo. En Toronto debería haber una sensación de frío seco, pero Galway era muy diferente.

—Ya empezará a calentar —dijo cuando me vio casi temblando.

—Está bien —tuve un gran control sobre mi cuerpo que deseaba empezar a agitarse para entrar en calor —. ¿Recuerdas cómo llegar?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.