Ticket de ida

Capítulo XIV

Rachel: ¿Qué harás mañana? 6:48 pm.

Era sábado por la noche y estaba sola en casa, aburrida. Antes de Connor, quedarme en mi habitación sin hacer nada era lo normal y estaba bien. No tenía con quién salir, ni siquiera en Toronto. Era más parecida a un cangrejo ermitaño que a un ser humano. Por primera vez en mucho tiempo, quedarme encerrada el fin de semana tenía un significado.

Connor: Tengo algunos pendientes. ¿Tú qué harás? 7:03 pm.

Rachel: Pendientes también. 7:04 pm.

Rachel: Me preguntaba si vamos a vernos. 7:05 pm.

Connor: Lo siento, no creo poder. Tengo ganas de verte. ¿Puede ser el miércoles? Ese día tal vez esté libre en la noche. 7:10 pm.

Me di cuenta de que también quería verlo. Los días eran más largos y aburridos cuando él no estaba. El problema era que faltaba mucho para el miércoles. Conté los días con mis dedos. Eran cuatro completos.

La única emoción fuerte que podía sacar a Connor de mi cabeza era la ansiedad que llegó el lunes. Fue arrolladora y precisa. Donohoe seguía entrometiéndose y repartiendo motivos para desear que llegara el día de su partida.

—¿Por qué? ¿No puede hacerlo? —me dijo cuando le pregunté si era realmente necesario trabajar en reportes diarios, tres veces todos los días.

—No… es eso —era un experto en intimidar a la gente a pesar de su minúscula estatura —. Hay cosas importantes que me gustaría abordar y enviarlo dos veces al día me daría más tiempo para atender otras cosas.

—¿Me está diciendo que el turno no le alcanza? Es un problema de administración de tiempo, señorita Eaton.

No cedió. Se mantuvo firme en su postura y trabajé en un cronograma para mostrarle la forma en que distribuía mi tiempo todos los días. Me quedé hasta tarde para entregarlo y cumplir con todo lo que me estaba pidiendo. Al siguiente día le entregué el documento y, de algún modo, le dio la vuelta a todo lo que le dije.

—¿Ya ve? Tuvo tiempo para trabajar en estas dos hojas.

—Sí, pero no es el punto —no pude quedarme quieta esa vez. Agité las hojas que tenía en mis manos —. Me quedé hasta las 7 pm para trabajar en esto. Me tomó dos horas. Lo mismo que tardo trabajando en sus reportes.

—¿Yo le pedí esto?

—No, quería mostrarle lo que está pasando.

—Entonces no lo haga. Pierde su tiempo y yo pierdo el mío.

Ahogar un grito de frustración contra la almohada no bastó. Tuve un terrible dolor de cabeza que me acompañó toda la noche y el miércoles quería morirme. Pero era miércoles, al menos vería a Connor, ¿cierto? Pues no fue así.

Connor: Rachel, vas a odiarme. Perdóname, de verdad. 2:28 pm.

Connor: Pasó algo y no podré salir contigo en la noche. 2:29 pm.

Rachel: Está bien, no te preocupes. Podremos vernos otro día. 2:40 pm.

Connor: El viernes estaré libre. Lo lamento, pero te voy a compensar. Lo digo en serio.

Por si fuera poco, olvidé mi cartera y no tenía comida. Vaya día.

Mi madre otra vez fue cortante cuando la llamé al volver del trabajo. Estaba afuera, había ruido de carros y gente platicando, incluso música, pero ella me juró que no había salido en toda la semana.

Estaba preparando un plato grande de carpaccio ibérico cuando alguien tocó la puerta. Corrí ingenua para abrir pensando que detrás podría estar Connor. Para mi sorpresa, era Kiera quien llegó de visita. Estaba sosteniendo una botella de vino con un moño.

—Hola, qué sorpresa.

—Hola, Rachel —dijo y levantó un poco la botella —. Espero no interrumpir. Pasé para darte esto.

—Muchas gracias, Kiera —recibí su obsequio y revisé la etiqueta como si supiera de vinos. Lo único que vi fue el “16% de alcohol” que venía en el envase —. No debiste.

—De hecho sí debía. Me terminé la tuya.

—Te ayudé un poco, ¿recuerdas? —tal vez no era su intención, pero volteó a ver hacia adentro —. ¿Quieres pasar? Hay carpaccio y creo que va a combinar muy bien con este vino.

—No, no te preocupes. Ya fue suficiente con venir sin avisar.

—Vamos, hice más de lo que podría comer yo sola —vi la mesa y desde lejos el plato se miraba aún más grande.

Kiera aceptó y entró detrás de mí. Me preguntó sobre mi proceso migratorio y esquivé el tema antes de tener que explicarle cómo estaba trabajando ilegalmente en su país. Platicar un poco acerca de problemas de adulto con alguien más que la pared era catártico. Bocado a bocado, el plato quedó vacío y vomité todas las frustraciones que hubiera querido contarle a Connor.

—Le hablé al plomero. Puede venir el siguiente domingo por la tarde— señaló el baño con su dedo pulgar.

—¿De verdad? Qué bueno. Yo había olvidado eso —era más fácil ignorar el problema que afrontarlo. ¿De dónde iba a conocer a un plomero en Galway? —. Gracias.

—Lo supuse —había ratos, cuando nos quedábamos sin temas de conversación, en que se miraba triste. Ella exploraba tímidamente la casa. Quería ver todo y a la vez, desviaba la atención hacia otro lado —. Prefiero saber que todo está bien por aquí.

Algo se estaba moviendo dentro de ella. Mantuvo la cabeza abajo y guardó el silencio aunque por ratos abría la boca queriendo decir algo que se le quedaba trabado en la garganta. Se estaba atragantando con sus propias palabras.

—¿Kiera? ¿Estás bien? —no sabía si era mejor preguntar o no hacerlo. No habían pasado ni cinco segundos cuando ella empezó a llorar. ¿Qué tan malo había estado ese carpaccio?

—Sí —dijo en medio de un chillido. Alcanzó una servilleta y se secó los ojos. Los tenía muy rojos —. Perdón, otra vez no he podido controlarlo.

—Está bien. Tengo más servilletas en la alacena —sentí ternura al verla intentando reírse cuando en realidad no podía dejar de llorar. El delineador ya estaba llegando a su barbilla.

—Tengo tantos recuerdos en esta casa —dijo con dificultad —. Pensé que venir otra vez haría que fuera más fácil, pero no es así.

—¿Quieres hablar de eso? —le pregunté y negó rotundamente con la cabeza.




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