El jueves cité a todos para reunirnos en la sala de juntas. Donohoe no estaba en la lista de invitados, así que me tocó vigilarlo hasta que finalmente se fue a la parte de atrás del edificio.
Ya no tenía a Rowney y había muchas cosas por hacer. No existía un respaldo ni nadie que me cubriera las espaldas. Si quería quedarme en Aurora y no morir por una sobredosis de cortisol, necesitaba que las cosas cambiaran.
—Hola a todos. Gracias por venir —en mi mente, todo era mejor y más fluido —. Ya saben que las reuniones no son mi fuerte, pero es mejor que todos estemos en la misma hoja. O, mejor dicho, en la misma página.
Explicarles quién era Donohoe sin hacerlo ver como un tipo intratable no era la opción. Era mi jefe y tenía que reservarme los comentarios más ponzoñosos. Así que fui honesta con ellos y no solo acerca de él. Fue una estrategia simple, pero decir la verdad es más molesto que no decirla.
Declarar en voz alta que mi liderazgo estaba en desarrollo fue ceder ante la presión constante que Myles ejercía sobre mí. Fue expresar mis debilidades ante un grupo de personas que no me dejaban de ver. Por lo menos sabía que estaba bien peinada.
—Por eso necesito su apoyo —y aquí fue cuando todo fue más incómodo. Decir que necesitaba ayuda no era una de mis frases célebres. Bueno, ninguna de mis frases lo era —. No hay nada que quiera más que mostrarle a Donohoe que tenemos lo necesario aquí. Que podemos hacer las cosas y superar sus expectativas. Los he visto estas semanas, sé que se puede hacer.
—Yo estoy con usted, jefa —dijo Zac muy relajado sobre su silla y guiñó un ojo —. Somos muy buenos, aún sin Rowney.
—Si él ordenó todos esos cambios tontos, ¿cómo podemos hacer que las cosas vuelvan a la normalidad? ¿Con quién podemos hablar? —preguntó Carson apoyando sus brazos sobre la mesa.
—Nada volverá a ser como antes, Carson —dijo Myles con los brazos cruzados.
—Debemos desarrollar propuestas, ese es el punto y la via de comunicación —sugerí —. Enviarlas e insistir. No hay garantías, pero al menos hay que intentarlo.
—Hay que lograr que este señor se aburra de nosotros —propuso Zac y Corey lo secundó asintiendo fuertemente.
—Tú eres especialista en eso, Zac —dijo Levi al fondo de la habitación —. Como sea, yo sí quiero que las cosas mejoren antes de volverme loco. Si ese es su plan, Rachel, hágalo. Cuente conmigo.
—Gracias, Levi —Evie no dijo nada, pero no fue necesario. Sabía que estaba de mi lado. Centré mi mirada en Carson y Myles —. ¿Qué hay de ustedes?
—No tengo nada que decir —dijo Myles —. Mi trabajo es vender. Seguiré vendiendo.
—Pienso lo mismo. Si necesitan algo más, por el equipo, puedo ayudar —dijo Carson.
—Les agradezco. A todos —fue lo último que escucharon de mí.
Las cosas no habían salido perfectas como imaginé, pero pudieron salir mucho peor. El plan que había trabajado con Rowney seguía en pie y dejó de ser algo corporativo para convertirse en un trabajo de grupo.
El siguiente día se lo dediqué a Evie. Ella estaba mejorando a paso lento. Elegía mejores palabras y usaba un tono menos mecánico. A Donohoe casi se le cae el poco pelo que le quedaba cuando llegó en la tarde y el reporte del mediodía todavía no estaba en su bandeja de entrada.
Myles cambió su actitud y estuvo abierto a revisar los procesos regulares y estandarizados. De hecho ayudó a Zac a revisar un caso cuando estuve con Evie y no pude dejarla sola.
Aunque no fue el día más feliz de mi vida, ni mi mejor día en Galway, fue el primero en el que sentí que las cosas podrían cambiar. Además, Connor llegó a recogerme a la puerta de la oficina en la tarde y me llevó a un pub.
—¿Qué es un pub? —le pregunté antes de entrar.
—¿De verdad no sabes lo que es un pub? —me vio de reojo —. Me ofendes.
—El chico con el que estoy saliendo no me ha invitado a uno.
Era un lugar pequeño y muy acogedor. Había una banda de acordeones tocando en vivo y las personas que estaban adentro nos recibieron como si nos conocieran de toda la vida. Aunque a Connor sí lo conocían.
—¡Hermano! —le gritó uno antes de darle un fuerte abrazo —. Ya no habías venido. Qué feo que nos abandones así.
—No pude, Cirián —me abrazó de la cintura y me acercó a él. No fue para tanto, solo me encantó que lo hiciera —. Mi mente ha estado en otro lado.
—Una señorita. Buenas noches —inclinó la cabeza como si estuviéramos en la época medieval —. Soy Cirián.
—Un gusto. Soy Rachel.
—Eaton —dijo Connor serio —. ¿En dónde está Sophia?
—Aquí atrás —ella apareció justo detrás de nosotros. Tenía una cola alta y aun así su cabello llegaba abajo de su cadera —. ¿Quién es la afortunada? —le dijo cuando me vio rodeada por su brazo.
—¡Hey! —levantó la frente al decirlo —. Ella es Rachel. Vino a Galway hace unas semanas.
—¿Ah, sí? ¿De dónde eres? —preguntó Sophia. Tenía un tarro de cerveza en cada mano y Cirián le quitó uno casi a la fuerza.
—De Toronto.
—Creí que dirías Dublín —le dio un golpe con el codo a Connor —. ¡Qué genial! Un día quiero ir allá. Connor me habla mucho de ese lugar. ¿Se conocieron allá?
—No. ¿O sí? —me volteó a ver confundido —. Es una historia extraña, de hecho —él contó la historia con mucho entusiasmo. Escucharlo hablar así sobre nosotros me hizo sonreír todo el tiempo.
—Entonces brindemos —dijo Cirián, alzando su tarro por lo alto y derramando un poco de cerveza sobre sí mismo —. Por las historias inusuales.
—¡Salud! —gritó Sophia. El choque de los tarros fue estridente y la reunión apenas estaba comenzando.
—Gracias, qué amables son —dijo Connor después de dar un gran trago a su vaso —. Ojalá fueran así siempre.
—Rachel, ¿qué le viste a este loco? —preguntó Cirián. Empezó a bailar de una forma muy extraña. La danza no era su talento oculto.
—Ah, bueno… es una buena pregunta.
—Ya sé, fue su sonrisa. Va seguido al dentista —Sophia respondió por mí en cierta medida. Connor se tocó los dientes y los hizo rechinar.