Prólogo
Las antorchas de aceite quemaban con una llama lánguida y azulada, proyectando sombras alargadas sobre los muros de basalto que nunca habían conocido el roce del viento ni el calor de un rayo de sol.
En el corazón de Tiemkush, el tiempo no se medía por el curso del astro rey en el firmamento —una leyenda que los más ancianos no lo contaban como algo al pasar—, sino como el goteo constante del agua filtrada desde la superficie y el pulso solemne de la roca madre, más antigua que las propias cadenas montañosas del continente.
Por encima de sus techos abovedados se extendía el mundo de los recursos: un tapiz hostil de mar, desiertos y pantanos impenetrables que obligaba a los habitantes a subir periódicamente para subsistir.
Pero bajo tierra, la vida transcurría con las mismas dinámicas, tensiones y jerarquías que en cualquier reino de la superficie.
En el salón del trono, flanqueado por la reina Krisbel y el príncipe heredero Varmum, el rey Kullum gobernaba con la certeza de que el aislamiento era la mejor armadura.
Sin embargo, en un reino donde el poder se ejerce con mano firme y lealtades a prueba de sombras, la quietud estaba a punto de romperse.
La necesidad de avanzar hacia lo desconocido ya había germinado en la mente de su mejor estratega, y las puertas del laberinto se preparaban para enfrentar al mundo exterior.