Tiemkush "Reino De Las Catacumbas"

El Dominio Oculto

Las antorchas de aceite quemaban con una llama lánguida y azulada, proyectando sombras alargadas sobre los muros de piedra viva que nunca habían conocido el roce del viento ni el calor de un rayo de sol. En las entrañas de Tiemkush, el tiempo no se medía por el curso del astro rey en el firmamento —una leyenda que los más ancianos contaban casi como un mito infantil—, sino por el goteo constante del agua filtrada desde la superficie y el pulso solemne de la roca madre, más antigua que las propias cadenas montañosas del continente.

​Aquel vasto laberinto subterráneo, situado en el suroeste, respiraba en la penumbra. Por encima de sus techos abovedados se extendía el mundo de los recursos: un tapiz hostil de mar, desiertos y pantanos impenetrables que obligaba a los habitantes a subir periódicamente para subsistir. Pero bajo tierra, la vida transcurría con las mismas dinámicas, tensiones y jerarquías que en cualquier reino de la superficie. Las calles de piedra pulida, los mercados subterráneos y los puestos de guardia se disponían en torno al corazón del imperio: la gran Plaza de Armas.

​Cruzando aquella planicie de roca, más allá del bullicio de los artesanos y las milicias, se alzaban las instalaciones de la realeza.

​Allí, en el salón del trono, el aire era espeso, impregnado de una ideología de índole oscura y sombría que dictaba cada decisión de la corona. El rey Kullum y la reina Krisbel ocupaban sus sitiales tallados en basalto, observando en silencio el mapa desplegado frente a ellos. A su lado, el heredero al trono, el príncipe Varmum, guardaba una postura rígida, mientras que el Gran Maestre Tierus —figura de máxima autoridad intelectual y consejero supremo— analizaba cada detalle con la fría precisión de quien lee los hilos invisibles del poder.

​Pero la quietud del dominio subterráneo se vio quebrada cuando dio un paso al frente el príncipe Arkigum, hermano de la reina Krisbel, estratega implacable y líder indiscutido del ejército de Tiemkush.

​—No podemos seguir ignorando lo que respira más allá de nuestra frontera septentrional —sentenció Arkigum, su voz resonando con firmeza contra las paredes de la cámara real—. Las ciénagas del norte son un territorio virgen, ignorado y temido por los nuestros, pero allí yacen los recursos y las respuestas que este reino necesita si ha de perdurar en la penumbra.

​El rey Kullum evaluó el peso de sus palabras. La cosmovisión sombría de Tiemkush siempre había mirado lo desconocido con recelo, pero la visión de Arkigum exigía romper los límites del laberinto.

​—Si el norte aguarda, la espada debe hablar antes que el miedo —respondió el monarca, concediendo la autorización.

​Con la venia de la corona y la aprobación silenciosa del Gran Maestre Tierus, el destino quedó sellado. El estratega Arkigum prepararía sus hombres. Las catacumbas estaban a punto de dejar atrás su aislamiento; la expedición hacia lo ignoto estaba en marcha.




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