Las catacumbas de Tiemkush quedaron atrás, tragadas por la imponente muralla de roca milenaria. Fuera del laberinto, el aire cambió de golpe: dejó de ser la brisa seca y mineral del subsuelo para convertirse en un vaho espeso, cargado de humedad, podredumbre y una pesadez que parecía aplastar los pulmones. Para un pueblo habituado a la penumbra de la piedra, la frontera norte se presentaba como un abismo invisible.
Solo había una opción: avanzar.
Al frente de la columna marchaba el príncipe Arkigum, con la mirada fija en la densa niebla que abrazaba el territorio. A su lado, el general Fenodium evaluaba el terreno con la experiencia de los veteranos que saben leer los peligros antes de que se materialicen. Sabían que las ciénagas y pantanos del norte eran tierras vírgenes y hostiles, pero la orden de la corona exigía respuestas.
A medida que se adentraban, el suelo firme bajo las botas se fue transformando en un lodazal traicionero que amenazaba con tragar a hombres y bestias por igual. La luz del día —si es que lograba filtrarse a través del espeso dosel vegetal y la bruma perpetua— apenas era una mancha grisácea y deslucida que en nada se parecía a los cielos despejados que otros reinos daban por sentados.
Pero el verdadero peligro no yacía en el barro, sino en los habitantes de la ciénaga.
El territorio estaba plagado de alimañas colosales y criaturas deformes adaptadas a la muerte en la humedad. Entre los matorrales y el agua estancada comenzaron a oírse crujidos siniestros. La tensión en la tropa escaló al instante; las espadas se aferraron con más fuerza a las empuñaduras y las ballestas se tensaron al unísono.
Entre la espesa bruma, un silencio sepulcral se adueñó de pronto del ambiente, advirtiendo que un peligro mayúsculo estaba al acecho. De la nada, un zumbido agudo seguido de un aullido espectral heló la sangre de los exploradores.
En cuestión de segundos, comenzaron a ser rodeados por siluetas que se fundían con la niebla. Eran entes y demonios de las ciénagas, sombras con garras y colmillos que los tenían atrapados en su propio terreno. La trampa del norte se había cerrado, y la expedición de Tiemkush estaba a punto de enfrentar su prueba más letal.