Tiemkush "Reino De Las Catacumbas"

La Advertencia

El cerco de los entes y las criaturas del pantano era total. La niebla escupía sombras y el aire vibraba con la amenaza inminente de un ataque que parecía inevitable. El príncipe Arkigum empuñó su arma, preparándose para ordenar la carga desesperada en medio de la ciénaga.

​Pero antes de que la sangre corriera, un lúgubre tañido sacudió la atmósfera. El eco metálico de una campana lejana resonó con una autoridad insólita sobre el terreno anegado.

​Al instante, el comportamiento de las criaturas cambió. Los zumbidos cesaron y los entes comenzaron a dispersarse hacia los matorrales, fundiéndose de nuevo con el vapor del pantano. Con la misma presteza, la espesa bruma se abrió como un velo teatral, revelando una imponente figura montada en un corcel de guerra fuertemente enjaezado.

​El general Fenodium dio un paso al frente, haciendo un esfuerzo por mantener la firmeza en su voz ante la abrumadora presencia del jinete.

​—¿Hablas nuestro idioma? —preguntó el veterano, ajustando la empuñadura de su espada.

​El caballero lo evaluó con una mirada fría, de acero templado, antes de responder con absoluta claridad:

​—Entiendo perfectamente lo que dices. ¿Cuál es el motivo de su presencia en nuestros territorios? ¿De dónde vienen?

​—Venimos del sur —respondió Fenodium, marcando la procedencia con orgullo—. Somos enviados del rey Kullum, soberano del reino de las catacumbas. Buscamos descubrir qué hay más allá de nuestras tierras, y aquí estamos.

​El jinete descendió de su montura con una elegancia marcial, haciendo sonar sus placas de armadura contra el barro.

​—Mi nombre es Kratus —se presentó con voz solemne—. Soy líder de los legionarios, bajo el mando de nuestro soberano, el rey Polorius.

​Dio unos pasos hacia adelante, clavando los ojos en el príncipe Arkigum, que observaba la escena con la rigidez de un estratega evaluando a un enemigo superior.

​—Les dejo una advertencia —continuó Kratus, elevando el tono para que cada soldado de Tiemkush lo oyera con claridad—. Vuelvan tras sus pasos. Retornen a su territorio. Abandonen el reino de Palasor. Es una advertencia. Desistan de sus intenciones.

​Dichas estas palabras lapidarias, el líder de los legionarios montó de nuevo en su corcel y, con la misma rapidez con la que había aparecido, se desvaneció en la bruma del pantano, dejándolos solos con el eco de sus palabras.

​Consternados por la magnitud de la advertencia, el poder oculto de aquellas tierras y la certeza de que no estaban preparados para desafiar a un ejército de esa magnitud en campo abierto, el príncipe Arkigum miró a su general, luego a los límites brumosos del norte, y finalmente dio la orden que pesaba como una losa:

​—Retornamos a Tiemkush.




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