Tiempo de Cosecha

Capítulo 1

Donde Crece la Caña

Eran finales de mayo.

La caña de azúcar se alzaba alta, densa y salvaje, en su máximo esplendor. Sus hojas verdes se mecían con el viento caliente de Quisqueya. Crecía hermosa, abundante, orgullosa, alimentada a costa del sudor, el sufrimiento y la sangre de los negros esclavizados en la plantación.

Bajo el sol inclemente, los machetes no descansaban. El aire olía a tierra húmeda, melaza y cansancio. Al caer la tarde o en mitad de la noche, cuando el campo se volvía una sombra interminable y los grillos callaban de repente uno o dos trabajadores desaparecían sin dejar rastro.

Anui, tenía diez años y conocía el peso del trabajo, el hambre y el miedo. Era un niño esclavo que trabajaba junto a su madre entre las interminables filas de caña, con manos pequeñas llenas de cortaduras y la espalda marcada por el esfuerzo. No decía mucho, pero observaba todo.

Noto que algo en la plantación no estaba bien al darse cuenta de que cada vez eran menos.

Porque la plantación de caña parecía tragarse a la gente.

O al menos eso le había dicho Abul, el brujo.

Un hombre viejo, de espalda encorvada, ojos blancos y opacos que parecían mirar más allá del mundo de los vivos. Vivía apartado de todos, en una choza de madera podrida al borde de la plantación, donde colgaban huesos de animales, hierbas secas y pequeñas bolsas de tela negra que nadie se atrevía a tocar.

Los capataces lo despreciaban, los esclavos le temían… pero también lo buscaban cuando la fiebre no cedía, cuando un parto se complicaba o cuando las pesadillas empezaban a parecer demasiado reales.

Anui lo había visto una sola vez, cuando su madre lo llevó a escondidas porque no dejaba de toser sangre.

Abul lo miraba en silencio con una expresión tan extraña que le heló el pecho. Luego, acercó una mano huesuda a su rostro y le rozó la frente con los dedos.

—No andes pasada las diez cerca de los campos de caña o serás tragado —murmuró con voz ronca, como si hablara desde la tumba.

La madre de Anui se persignó de inmediato, temblando.

Sus palabras se le clavaron en lo profundo del corazón como algo que no olvidaría jamás en la vida.

Desde entonces, cada vez que el cielo se teñía de rojo al atardecer y la noche empezaba a tragarse el horizonte, Anui sentía un nudo en el estómago. Miraba los campos de lejos y tenía la extraña sensación de que algo se movía entre las filas de caña, aunque no hubiera viento.

Como si alguien caminara ahí dentro.

O esperará.

Una noche, mientras todos dormían hacinados en el barracón, Anui despertó sobresaltado.

No sabía qué lo había sacado del sueño.

No había gritos.

No había golpes.

No había tormenta.

Solo un sonido.

Un roce seco.

Como si cientos de hojas se acariciaran unas contra otras.

Shhhhhh… shhhhhh…

Anui se incorporó lentamente sobre su jergón de paja. La oscuridad dentro del barracón era espesa, apenas rota por la tenue luz de la luna que se colaba entre las rendijas de la madera. A su lado, su madre dormía profundamente, agotada, con el rostro sudoroso y los dedos aún cerrados como si incluso en sueños siguiera aferrada al machete del trabajo.

Entonces oyó una voz más cerca, más clara, baja, arrastrada e imposible.

—Anui…

Sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que iba a delatarlo. Abrió los ojos de par en par.

La voz venía de los campos.

—Anui… ven…

Su respiración se cortó.

No lo podía creer.

Por un instante pensó que seguía soñando, atrapado en una pesadilla demasiado real. Se dio cuenta de que no había sido el único que lo había escuchado.

Al otro lado del barracón, entre los cuerpos dormidos y el olor a sudor, tierra y encierro, Roul lo estaba mirando.

Roul era su amigo. Tenía casi su misma edad y trabajaban juntos desde que podían sostener un machete sin dejarlo caer. Siempre había sido callado, pero aquella noche…

No era él mismo.

Sus ojos, que normalmente eran oscuros y cansados, brillaban con un rojo húmedo, como brasas recién sopladas. Lo observaban fijos, sin parpadear, hundidos en una expresión que no parecía humana. Y en su rostro… había una sonrisa.

No una sonrisa de niño.

No una sonrisa de amigo.

Era una mueca torcida, demasiado amplia, demasiado quieta. Como si alguien hubiese estirado su boca con hilos invisibles hasta convertirla en algo grotesco. Una risa muda, enferma y perturbadora.

Anui quiso moverse.

Quiso llamar a su madre.

Quiso gritar.

Pero su cuerpo quedó inmóvil.

Ni un dedo.



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En el texto hay: misterio, thriller, cosechas

Editado: 27.04.2026

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